jueves, 22 de marzo de 2018

Basura electrónica, el problema que gana peso con la cultura del descarte



Cada argentino produce 7 kilos de residuos electrónicos por año, la tercera peor cifra de la región. Un proyecto de ley pasaría a los productores la gestión de los desechos.
Cuando se tira mucho, la frazada suele quedar corta en otra parte. Algo así pasa con la tecnología: mientras la humanidad goza los premios de sus inéditas y permanentes conquistas, en las orillas, en los basurales, aparatos, pedazos de aparatos y aparatitos se apilan en lo que ya son auténticas montañas de chatarra que para las autoridades resultan ingobernables.
En Argentina, los residuos de aparatos eléctricos y electrónicos (RAEE) representan 300.000 toneladas por año: son 7 kilos por habitante, tan malo como el promedio mundial, que suma más de 40 millones de toneladas. Somos los terceros que peor estamos en América Latina, luego de Brasil y México. Para ver la magnitud, un auto pesa una tonelada y un cachito.
¿Por qué estos residuos ganan ahora más atención? Expertos del Programa de las Naciones Unidas para el Medio ambiente compartieron un informe de 2015, donde aclaran que, al lado de otro tipo de desechos, los RAEE son “de los pocos flujos de residuos que, en términos per cápita, están en constante aumento”.
Quizás nada sería tan terrible si tuviéramos un norte: si hoy, en un caluroso día del siglo XXI, supiéramos qué hacer con la bolsita que dejaremos silenciosamente tirada junto a algún contenedor de basura. Tiene la tostadora vieja y un mouse roto. Como si ese fuera su lugar en el mundo.
Destino parecido le toca a los monitores de computadora o televisores tipo “cajón” que agonizan en los descansos de escalera de los edificios.


O tantos objetos que se ven en los rellenos sanitarios: agendas electrónicas, pagers, las fugacespalm, videocaseteras, cámaras de video y de fotografía con rollo de película. Algunos de estos artículos volverán reivindicando un protagonismo “vintage”.
Por cierto, sería cómico tener un censo de los argentinos que un día desecharon su preciada bandeja giradiscos y hoy son los grandes arrepentidos del mes.
Entonces empieza la distribución de culpas: cada vez se fabrican artículos electrónicos más berretas y por eso hay que tirarlos seguido. O, cada vez la gente es más consumista y quiere todo último modelo.
“Ni una cosa ni la otra; están las dos”, aclara Rodrigo Ramele, docente de la carrera de Ingeniería Informática del Instituto Tecnológico de Buenos Aires (ITBA) y experto en celulares y enobsolescencia programada. El último es un concepto clave:se refiere a la planificación (deliberada, desde ya) del fabricante sobre la vida útil que tendrá su producto.
Claro que, para disminuir la montaña de chatarra en los basurales, nada es tan simple como añorar las viejas heladeras Siam.
“Siempre hay una probabilidad de que cierto producto tenga una falla destructiva, es una curva exponencial negativa. A medida que pasa el tiempo, la probabilidad de que el producto falle es igual a ‘uno’, o sea que inevitablemente va a ocurrir”, describe Ramele.
El tema es que “los productos electrónicos tradicionales estaban hechos con materiales de muy buena calidad, por lo que esa curva de probabilidad alta era lejana en el tiempo. De hecho, para ciertos productos necesitás que la probabilidad de falla baje mucho; entonces apelás a la ‘redundancia’, o sea, tener dos o tres elementos iguales, contemplando que uno sin dudas va a fallar. En la industria aérea es clarísimo por el riesgo, pero obviamente no vas a tener dos licuadoras en tu cocina”.
“En cierto momento (sigue Ramele) hubo un radical cambio de paradigma: la llegada de lo digital, con el componente del software, que cambió por completo las reglas del juego”.
“Más allá de la calidad del material, ahora necesitás productos que hablen el mismo idioma, con un protocolo compartido. Y como el mejoramiento permanente es esencial a lo digital, surge la necesidad de tener todo actualizado. Esto puede implicar que el hardware, el soporte, deje de ser compatible con la actualización de software. Y si no podés actualizarlo, el producto queda afuera de ese lenguaje común, se deteriora la experiencia del usuario y vienen los problemas de seguridad”, apunta.
¿Pero por qué es esencial ese mejoramiento constante? ¿No puede frenarse? Suele decirse que “la tecnología avanza”, como si anduviera sola. Así está planteado en la llamada “ley de Moore”. Lejos de la popular “ley de Murphy”, que suele enunciarse con una sensibildad popular casi esotérica, la de Moore expresa un pronóstico certero y comprobable.
Es fácil. En los años 60, Gordon Moore percibió un patrón incipiente y afirmó que cada dos años se duplicaría el número de transistores en los microprocesadores. Pero Ramele aclara algo clave: “A Moore se le atribuye el éxito del avance de la tecnología… lo que no es tan popular es que, más allá de lo que él percibió, su afirmación fue una pauta de desarrollo para los fabricantes, funcionó como un plan, y se volvió una profecía autocumplida”. Entonces, como nadie supera el ritmo de la duplicación bianual, no se pierde el lenguaje común entre los desarrolladores.
Puesto así parece inevitable que la tecnología demande recambios de productos. Viviana Ambrosi, directora de Medio Ambiente de la Universidad Nacional de La Plata y del programa E-Basura, del Laboratorio de Investigación en Nuevas Tecnologías Informáticas (LINTI) propone “reflexionar sobre el hecho de queestamos inmersos en una sociedad de consumo. Podría fabricarse para toda la vida, pero no se hace porque a las empresas no les resulta rentable, los gobiernos no controlan, los ciudadanos no exigen y no se educa como se debiera". "Pero además, cabe preguntarse: si yo tuviera algo que va a durar toda la vida, ¿lo mantendría o lo desecharía?”
Como el programa que dirige recibe equipos informáticos que reciclan y donan a otras personas, Ambrosi separa ‘residuo’, es decir “todo lo que podemos reaprovechar”, de ‘basura’, “lo que ya no sirve para nada”. Remarca que el concepto “vida útil se refiere al producto, pero también un artículo electrónico puede dejar de ser funcional para su dueño y, sin embargo, volverse útil para otra persona”.
Para Alejandro Anderlic, director de Asuntos Coporativos, Externos y Legales de Microsoft Argentina, “en este momento de la historia, la tecnología sólo nos trae buenas noticias”. En su opinión, “si bien es un hecho que el consumismo hace que las cosas se vuelvan obsoletas antes de tiempo y se descarten, hay muchas iniciativas de reciclaje de hardware de parte de las empresas”.
La estrella, sin embargo, es la nube, se entusiasma Anderlic: “Una pyme que usa la nube puede reducir sus emisiones de carbono en un 90%. Ese porcentaje baja en una compañía más grande, pero igual es importante. Desde 2012 nosotros somos neutros en emisiones de carbono, y para 2018 tenemos la meta de reducir un 50% la energía no renovable que usamos, a nivel global”.
En esa línea se expresaron desde Whirlpool: cuentan con programas centrados en el ahorro de recursos y en la reducción de gases de efecto invernadero. “Entre 2015 y 2016 se reutilizaron 165.000 metros cúbicos de energía, lo que equivale al consumo diario de un millón de habitantes”.
Tirso Gómez Brumana, director de Asuntos Corporativos de BGH subraya que “hoy la tecnología avanza tan rápido que es ese propio desarrollo el que impulsa el recambio en el consumidor”.
Para él, “hace 50 años era muy costoso acceder a un producto nuevo; quizás era más económico repararlo. Hoy ya no. Ante la necesidad de recambio, el consumidor prefiere invertir un poco más para contar con mayor tecnología. Es que ahí encuentra un ahorro energético”.
Ya está en marcha el borrador de un proyecto de ley que pondrá la gestión de los RAEE en la espalda de los fabricantes e importadores. Las empresas consultadas no se muestran refractarias. “Habrá que ver qué se propone”, resume su posición. Y aseguran un firme compromiso ambiental.
El tema es repartir la llamada “mochila ecológica”: el costo ambiental que conlleva la producción, el uso y el posterior desecho de cualquier producto. Todo parece mejor que el ninguneo del problema. Como dicen los expertos, es un inmenso iceberg.

Irene Hartmann
Diario Clarín
Domingo, 18 de febrero de 2018



En el Ártico, un hotel de Snøhetta que produce su propia energía


Ubicado al pie de un glaciar, el hotel impulsará el turismo sustentable, con una mínima huella ambiental.  
Autor de edificios tan relevantes como la Biblioteca de Alejandría, la Ópera de Oslo y el Pabellón del Memorial del 11 de Septiembre en Manhattan, el estudio noruego Snøhettava por más. Acaba de anunciar la construcción de un hotel sustentable en el Círculo Polar Ártico, que no sólo reduce su consumo de energía en un 85 % en comparación con un hotel moderno, sino que además, producirá su propia energía.
El hotel, llamado Svart, fue desarrollado para la empresa de turismo Arctic Adventure, con la colaboración de Asplan Viak ySkanska, y estará ubicado al borde de un fiordo, al pie delglaciar Svartisen. El nombre "Svart" (negro y también azul, en noruego antiguo) es un homenaje al hielo profundo del glaciar.
Snøhetta afirma que Svart Hotel está diseñado según el estándar de construcción "Powerhouse", un sistema desarrollado por Snøhetta y un grupo de colaboradores que se utiliza para describir los edificios de "energía positiva", productores de energía que, en el transcurso de 60 años, generarán más energía renovable que la cantidad total de energía que se requeriría para mantener su funcionamiento diario, y para construir, producir materiales y demoler el edificio.
"Construir en un ambiente tan valioso supone algunas obligaciones claras en términos de preservar la belleza natural y la fauna y flora del sitio. Para nosotros fue importante diseñar un edificio sostenible, que dejara una huella ambiental mínima. La construcción de un hotel de energía positiva y de bajo impacto es un factor esencial para crear un destino turístico sostenible que respete las características únicas del sitio; las raras especies de plantas, las aguas limpias y el hielo azul del glaciar Svartisen", afirma el socio fundador de Snøhetta, Kjetil Trædal Thorsen.
El volumen circular de Svart se extiende desde la costa, al pie de la montaña Almlifjellet y hacia las aguas cristalinas del fiordoHolandsfjorden. La forma circular proporciona una vista panorámica del fiordo y potencia la experiencia de convivencia con la naturaleza.
La construcción está inspirada en la arquitectura local, ya que remeda el "fiskehjell" (estructura de madera en forma de A para el secado de pescado) y el "rorbue" (un tipo tradicional de casa de temporada utilizada por los pescadores). La referencia del "rorbue" se traduce en la estructura de soporte del hotel, construida a partir de postes de madera resistentes a la intemperie que se extienden varios metros debajo de la superficie del fiordo. Los postes aseguran la mínima huella sobre el sitio y le dan al edificio una apariencia casi transparente.
Los postes del hotel funcionan como un malecón de madera para que los visitantes paseen en el verano. En el invierno, el paseo marítimo se puede utilizar para guardar barcos y kayaks, lo que reduce la necesidad de garajes y depósitos. La altura de la estructura también permite que los remeros circulen bajo la estructura del hotel.
Para optimizar la cosecha de energía, los arquitectos han llevado a cabo un mapeo exhaustivo de cómo se comporta la radiación solar en relación con el contexto montañoso durante todo el año. El resultado del estudio ha sido una premisa de importancia para el diseño circular del hotel, y tanto las habitaciones como los restaurantes y las terrazas están ubicados estratégicamente para explotar la energía del sol. El techo del hotel está revestido conpaneles solares producidos con energía hidroeléctrica limpia que reduce aún más la huella de carbono.
Las terrazas aisladas ofrecen una sombra en la fachada del hotel a la vez que garantizan la privacidad. Las fachadas protegen contra la insolación en el verano cuando el sol está alto en el cielo, eliminando la necesidad de enfriamiento artificial. Durante los meses de invierno, cuando el sol está bajo, los grandes ventanalespermiten un máximo de insolación para explotar la energía térmica natural.
Único en su tipo debido a su ubicación, la inauguración del Svart hotel está prevista para 2021.

Diario Clarín

Jueves, 15 de febrero de 2018 

El señor de los árboles de Parque Avellaneda: con troncos muertos, crea obras de arte



Es José Desseno, quien arrancó en los años 70. Ahora trabaja en la escultura "Equidad", en la Plaza Olivera del barrio.
Cada atardecer, José Desseno (Buenos Aires, 1940) va a trabajar a la Plaza Domingo Olivera, de Parque Avellaneda, sobre eltronco de un árbol muerto.
Es que allí crea Equidad, una escultura que donará a ese espacio del barrio de toda su vida.
"Pasaron unos dos años desde que ese árbol murió hasta que comencé la obra, en 2017", cuenta Desseno a Clarín. "Espero que para fin de mes esté terminada, aunque nunca me pongo plazos", agrega.


No es la primera vez que Desseno, quien es además ingeniero industrial, recupera un árbol de esta manera. Ya esculpió decenas. Les dio una vida nueva, como una pieza de arte. Una vida, afirma, "perdurable".
-Empecé en 1974 en el Parque Avellaneda. La primera escultura que hice se llama Despertar (Eucaliptus colorado) y fue expuesta en el Museo Nacional de Bellas Artes.
-¿Qué lo impulsa?
-​En general, el destino de esos árboles es ser relleno de terrenos. Sin embargo, se pueden transformar en mucho más. Por eso, cuando encuentro algún "árbol víctima", trato de restablecer cierta continuidad con la naturaleza. Mis obras siempre tienen un motivo que se ajusta a la exaltación de la vida.
-¿Algo más lo inspira?
-Todo lo que observo y nada en particular. Es decir, la inspiración surge repentinamente. Por ejemplo, para hacer Ágape, que está también en la Plaza Olivera, estuve cuatro años observando el árbol con el que trabajé.
Ágape fue creada con un cedro del Himalaya. Había sido arrancado por una tormenta en 2010 y ahí quedó hasta 2016, cuando Desseno lo "rescató".
El escultor conoce bien el lugar. Es su cantera. Y un amor de la infancia. "Parque Avellaneda fue el parque de mi niñez. Compré una casa en el barrio en 1972, primero como taller, pero a partir de 2005 se transformó en mi vivienda definitiva", señala.
Y no sólo le regala arte a ese espacio. En 1998 creó un Concurso Nacional de Escultura en Madera. "Fue realizado por primera vez en la Ciudad por un pedido del entonces director del Parque Avellaneda, Enrique Esperanza. Me propuso hacerlo con los árboles que necesariamente iban a ser retirados". Después, Desseno también organizó otros certámenes. "Se hicieron mientras el Gobierno los auspició. Si aparece nuevamente un sponsor se pueden retomar", dice.
Hay obras de Desseno en el exterior, en colecciones privadas locales y, claro, en su casa. Ya en 1972 obtuvo una mención del Salón Nacional. Pero fue en 1989 cuando empezó a lucirse por los trabajos al aire libre, en el segundo Concurso Nacional de Escultura en Madera, en Resistencia, Chaco, donde luego expuso varias veces más.
La madera no es el único material que usa. Su obra Fuga y Misterio (1992), por ejemplo, es una talla directa en piedra Mar del Plata, donada a esa ciudad.
​Pero la madera de los troncos desechados es, sin dudas, la que mejor sintetiza la búsqueda de este "señor de los árboles". La semilla de su arte.

Judith Savloff
Diario Clarín
Miércoles, 13 de febrero de 2018






martes, 20 de marzo de 2018

Cómo será el nuevo Gran Museo que Egipto quiere sumar a sus postales


Todavía en construcción, el nuevo edificio está a dos kilómetros de las pirámides de Giza.
Un arqueólogo despliega alrededor suyo varios potes con piedras muy pequeñas. Son de cuatro colores. Al lado, una fotografía como modelo para rearmar un collar de diseño intrincado. Sin perder la sonrisa, el especialista cuenta que cada intento por reensamblar correctamente el accesorio le demora entre tres y cuatro semanas. Sin fortuna, aún no logró reproducir con fidelidad total el diseño original y ya perdió la cuenta del número de pruebas. Pero lo sigue intentando.
El collar es apenas uno de los cientos de tesoros descubiertos en la tumba de Tutankamón, en 1922, que son tratados en el Centro de Restauración del Gran Museo Egipcio, una mole en plena construcción en un predio de 50 hectáreas, a sólo dos kilómetros de las emblemáticas pirámides de Giza.
En medio de un océano de tierra y arena removida, con todos los tonos de ocre que uno pueda imaginar, 500 obreros trabajan a destajo. La intención del gobierno es que el GEM, según la sigla en inglés, se convierta en la nueva postal de El Cairo. También en un símbolo de la reconstrucción turística del país, de la búsqueda de equilibrio entre el legado del pasado y la modernidad.
La obra fue iniciada en 2002, en otra vida para el pueblo egipcio, y la entrada ya es custodiada por la legendaria estatua de Ramsés II y sus 3.200 años de pie. La pieza fue trasladada hace una década y espera la inauguración del GEM protegida con telas especiales del contacto con el aire y los microorganismos. El edificio, prometen, estará en funcionamiento a finales de este año. “Va a ser un foro donde las culturas se encuentren”, dice a Viajes el jefe del proyecto, Tarek Tawfik.
Si todo sale bien, cuando el nuevo museo abra sus puertas mostrará cerca de 1.500 piezas del tesoro de Tutankamón. Por primera vez, el 100 por ciento de los elementos hallados en su tumba será exhibido, en un espacio de 7.000 metros cuadrados. Las piezas ya se están moviendo del museo en Tahrir, en pleno centro de El Cairo, a la planicie de Giza. Hasta ahora, sólo se mostraba un tercio de la colección. El magnetismo del faraón más famoso es tal que Tawfik tiene en claro que cuando la máscara funeraria de Tutankamón, la pieza favorita de los turistas, viaje de su sala en el piso 2 del viejo museo al GEM, ya no habrá otra alternativa más que mantener el nuevo sitio abierto los siete días de la semana.
La apuesta es grande. Egipto espera 5 millones de visitantes para el primer año del Gran Museo, aunque la infraestructura está planeada para sostener hasta 8 millones. Con vista privilegiada a las pirámides de Keops y Kefrén, tendrá un hotel boutique en su parte posterior, ocho restaurantes y un centro comercial. La idea es que con apenas entrar al edificio el visitante se tope con 87 estatuas y estructuras arquitectónicas del antiguo Egipto.
A la espera de la fase 1 de la apertura, decenas de arqueólogos egipcios trabajan en la restauración de las piezas. Por pasillos zigzagueantes, entre máquinas excavadoras, los laboratorios ya están en pleno funcionamiento acondicionando desde piezas decorativas del tamaño de un dedo hasta la ropa interior del “faraón niño”, un triángulo de lino de medio metro que iba a vestir a Tutankamón en su siguiente vida. Y desde el collar de diseño elusivo hasta un carro con ruedas altas como una persona.
En la fase 2 se van a abrir otros 27 mil metros cuadrados con 54 mil piezas, en 2022, pero quizás antes. Y en una fase 3 allí se exhibirá la segunda barca solar del faraón Kheops, desenterrada hace apenas siete años. El recorrido del GEM será exhaustivo: irá desde el reino antiguo de los faraones hasta el período grecorromano.
“La mayoría de las colecciones en el mundo se concentran mayormente en el arte y la arquitectura del antiguo Egipto. Este museo va a dar una visión sobre el modo de pensar, las creencias religiosas, que tuvieron gran influencia en las piezas fantásticas. Es toda una forma nueva de descubrir Egipto”, dice Tawfik.
¿Y el viejo museo? Según el jefe del proyecto, va “a respirar de nuevo”. Sin Tutankamón, muchas de las otras piezas arqueológicas van a permanecer ahí en Tahrir, en el centro de El Cairo, donde la abundancia hoy conspira contra el modo de apreciar algunas bellezas, y van a tener más espacio.
Para Tawfik, pura ganancia en el modo de percibir el incontable tesoro arqueológico de la región: “La gente está muy excitada y curiosa. Cuando en la revolución hubo críticas a muchos proyectos en el país, nunca se pusieron en contra de este plan, a pesar de que era muy caro. Lo que muestra que está muy arraigado en los egipcios que la historia es muy importante. Y espero que sea un nuevo punto de referencia en el país”.

Guillermo Dos Santos Coelho
Diario Clarín
Martes, 27 de febrero de 2018


Rosario: viaje al interior del río Paraná


El nuevo acuario de la ciudad es una mega obra que aborda integralmente la biodiversidad del delta del río.
Un nuevo atractivo para la ciudad que “siempre estuvo cerca”. Sobre la costa norte de Rosario, llama la atención una imponente estructura de tres niveles. Es el Acuario del Paraná, que fue inaugurado el pasado 9 de febrero y es el mayor centro del país dedicado a investigar, conservar y dar a conocer la biodiversidad de uno de los ríos más caudalosos de Sudamérica.
El recorrido por el acuario incluye un parque autóctono, un centro de investigación de vanguardia y diez peceras gigantes que invitan a asomarse a la vida del río Paraná.
La obra llevó más de cinco años de trabajo, con un costo de alrededor de 200 millones de pesos. El resultado fue la puesta en marcha del Laboratorio Mixto de Biotecnología Acuática (LMBA) y las áreas específicas de investigación en planta baja, 10 grandes peceras y juegos didácticos interactivos en el primer piso, y una zona de bar con terraza en el segundo piso, desde donde se disfruta de la vista al Parque Autóctono -parte del complejo- y el río a pocos metros.
El lugar tiene como objetivo conocer y divulgar el ecosistema de uno de los deltas más grandes del mundo, un reservorio de biodiversidad que brinda alimento, refugio y sitios de reproducción a unas 240 especies de peces, de las cuales casi un centenar pueden verse en el acuario.
Además, integra en una misma propuesta el desarrollo turístico, científico, educativo y social, ya que desde el inicio se trabajó junto a pescadores artesanales que aportaron sus conocimientos y hoy cuentan con un muelle en el predio, integrándose a un trabajo colaborativo.
Vale agregar, tal como señaló el gobernador santafesino Miguel Lifschitz al inaugurar la obra, que el acuario “será muy importante en la conservación del ecosistema y de las especies, porque todo el conocimiento que aquí se produce se va a volcar en normativas y recomendaciones para todos aquellos que conviven con el río, con las islas y con todo el sistema de humedales”.
Visitas guiadas
El ingreso es únicamente con visitas guiadas para grupos de hasta 25 personas. Las visitas, que duran unas dos horas, comienzan en el Parque Autóctono y pasan luego por el Laboratorio -el más grande del país especializado en peces de agua dulce y que cuenta con equipamiento de última generación-, donde trabajan investigadores de la Universidad Nacional de Rosario y del Conicet. También hay salas dedicadas a la reproducción controlada de algunas especies.
En el primer piso está la Sala de Acuarios, el principal atractivo del complejo, que alberga casi un centenar de especies en 10 peceras gigantes, entre las que se destacan dos tubos cilíndricos con algunos de los peces más grandes. Cada una de las peceras representa un ambiente diferente: laguna, arroyo, bañado, madrejón, canal, etc. En total se pueden observar más de 90 especies, como dientudos, pacúes, sábalos, dorados, pejerreyes, armados, sietecolores o trompudos.
En esta sala también hay distintos dispositivos tecnológicos y juegos interactivos en 3D, que transforman la visita en una nueva experiencia sensorial y aportan mucha información con imágenes, videos y detalles sobre la vida en el delta.
Horarios y tarifas
El acuario abre de martes a viernes de 8.30 a 12.30 y de 15 a 19, y los sábados, domingos y feriados, de 9.30 a 13.30 y de 16 a 20 (cierra los lunes).
La entrada general cuesta $ 30, aunque es de $ 10 para menores (5 a 12 años), estudiantes y jubilados, y gratis para menores de 5 años y personas con discapacidad. Los turnos del domingo a la mañana (de 10 a 14) son gratis, y las entradas se entregan desde las 9.30, por orden de llegada y hasta cubrir la capacidad (250 visitantes). Importante: debido a la alta demanda luego de la apertura, es necesario chequear la disponibilidad de entradas con anticipación en la web o en las redes sociales: www.acuariodelrioparana.gob.ar / facebook.com/AcuariodelRioParana / twitter.com/AcuarioRParana

Diario Clarín
Lunes, 26 de febrero de 2018



Antiguos mercados porteños, con corazón de barrio


En el Mercado de San Telmo (1897) está el local donde Angelito vendió pan por casi 60 años y la vieja pérgola donde las florerías le dejaron lugar a un bar de sibaritas de café.
En el del ex Mercado del Abasto Proveedor (1893), el recuerdo del pibe Gardel gambeteando entre cajones de verduras, como contaron desde la Asociación de Amigos de la vecina Casa Museo del cantor.
Y desde 1882, cuando abrió el Mercado de San Cristóbal, el más antiguo de Capital en actividad, se pueden traer a la memoria los carros tirados por caballos y el bullicio, las charlas y los gritos de italianos, turcos, rusos que trabajaban y compraban en ésos y otros lugares similares.
Es que en los mercados no sólo se compra y se vende. Los mercados son, en el mundo, desde la antigüedad, espacios de intercambio también cultural. Y refugios de memoria. 
“Ahora se escuchaba el gran rumor (…) París mascaba los bocados para sus dos millones de habitantes. Era como un gran órgano central lanzando la sangre de la vida a todas las venas…”
​Escribió el escritor francés Émile Zola sobre el mercado de Les Halles, al que bautizó El vientre de París en el título de la novela que publicó en 1873 –y cuya estructura influenció a la del viejo Mercado del Abasto–.
En Buenos Aires o París –cada uno con sus particularidades–, los mercados pasaron de las calles y plazas a lugares cerrados en la segunda mitad del siglo XIX, a la par del crecimiento de las ciudades y el reconocimiento de la necesidad de políticas de higiene y salubridad.
“Se construyeron 36 en diferentes partes de la Ciudad entre 1856 y los primeros años del siglo XX”, dicen las arquitectas Graciela Aguilar y Mónica Sanjurjo y el historiador Leonel Contreras en el libro Mercados de Buenos Aires (Olmo Ediciones, 2014).
Fue en el marco de las oleadas de inmigrantes y del cambio de la antigua forma de venta directa del productor al comprador –que hace unos años vuelve, aggiornada y en pequeña escala– a la de intermediación comercial, explican.
Pero además operaron como “puntos referenciales a la hora de la consolidación de los diversos barrios”. De hecho, cuando el de Abasto cerró, en el ’84, dado que la Corporación del Mercado Central limitó la instalación de ese tipo de espacios a 60 km de la Ciudad, Luca Prodan escribió la canción Mañana en el Abastosobre “bares tristes y vacíos” y “tomates podridos por las calles”.
Según Mercados... cerraron más de 110 en Buenos Aires, 64 se transformaron –el de Abasto reabrió como shopping en el ’98, igual que el Spinetto–, 13 quedaron abandonados y cerca de 20 aún funcionan.
Humildes, como el de San Cristóbal, o con aires de bohemia chic y visitas de turistas, como el de San Telmo, conservan calidez de barrio –y, en general, la costumbre de cobrar en efectivo–.
Un cartel del Mercado del Progreso (1889), de Caballito, resume bien lo que ofrecen entre alimentos, ropa, objetos vintage y otros productos: la posibilidad de “un lugar de encuentro” en medio de la vorágine cotidiana.
Caballito. El Mercado del Progreso, construido por la Sociedad del Progreso de Caballito, se inauguró en 1889 para abastecer a ese barrio, Almagro y Flores. En la década de 1930 se decoró el frente con su nombre moldeado en letras Art Decó, uno de sus sellos. En 3.600 m2, arrancó con poco más de 50 puestos y llegó a tener más de 170 y 17 locales a la calle. Ya en los primeros tiempos, además de frutas y verduras, vendían carnes. "El pabellón central estaba exclusivamente reservado a la venta de carne –recuerdan allí–. Completamente libre, sin paredes que impidieran circular libremente el aire, y cerrados los puestos durante la noche por planchas de hierro, tenía una excelente ventilación directa. En una de las galerías laterales donde había anchas tablas de mármol con fuentes de aguas constantes, se vendía exclusivamente pescado que podía ser lavado y aún conservado en agua con gran comodidad". En Rivadavia al 5400.
2) Abasto.​ El viejo Mercado Proveedor fue tan importante para la zona que hasta la bautizó (el barrio es Balvanera). Abrió en 1893, fue reformado y ampliado en 1934 y en el 84 cerró. Por el hormigón de sus cinco naves abovedadas y sus aires Art Decó en 44 mil m2, fue una novedad para la época que aún impacta. En el 98 abrió el shopping Abasto. En Corrientes al 3200. En ese edificio trabajó el arquitecto esloveno Victorio Sulcic, el mismo que diseñó la Bombonera, junto con el ingeniero José Luis Delpini y su colega Raúl Bes.
Pero el antiguo mercado tuvo una sede anterior e incluso reformas previas a esta edificación. La primera, realizada entre 1890-3, con hierro de los talleres Vasena, fue el "máximo monumento a la industria argentina", para algunos investigadores. Otros subrayan los ecos del de Les Halles, de París, en su estructura, con techos a dos aguas en tres niveles.
En 1984 el antiguo mercado cerró. Y en 1998 abrió en el predio el shopping Abasto. La entrada principal es por Corrientes 3247.
A medida que Buenos Aires se expandía, a ese edificio le sumaron una "fábrica de hielo", un corralón para carros y caballos, un anexo para la venta minorista y la conexión con el ferrocarril. 
3) Boedo. El Mercado San Juan es una joyita, modestísima, casi escondida. Se cree que abrió en 1895. Y para algunos investigadores fue como “fábrica de hielo” (para conservar el frío de modo artesanal). De techos a dos aguas, como una casita, se convirtió en espacio central para vecinos. En San Juan 3266.
4) San Cristóbal. Inaugurado en 1882, fue el primero de Capital que todavía funciona. La sede actual es de 1945 y supo albergar unos 150 puestos. La diseñaron los arquitectos Santiago Sánchez Elía, Federico Peralta Ramos y Alfredo Agostini, del estudio SEPRA, con sus ya característicos tres arcos de hormigón.
Hoy es un centro comercial popular. En Entre Ríos e Independencia (formalmente Monserrat).
5) San Telmo. Diseñado por el arquitecto Juan Antonio Buschiazzo, el Mercado es de 1897. Fue ampliado y reformado. Y los puestos son atractivos pero igual mire hacia el techo: mantiene vigas y arcos decorados, vidrio para dar luz natural y una cúpula mágica. Verdulerías y carnicerías conviven con anticuarios. Es el más turístico de los antiguos mercados porteños pero los vecinos van igual. Ocupa una manzana pero la entrada principal es por Defensa 900.

Judith Savloff
Diario Clarín
Jueves, 16 de marzo de 2017



Mercado del Plata, 90 años de historia de un emblema porteño


Estaba en el predio donde se encuentra actualmente el Edificio del Plata. Fue parte fundamental de la vida comercial y social de la Ciudad hasta mediados del siglo XX.
"Edificio del Plata", el nombre de la construcción que fuera la sede del Gobierno porteño y que ayer compró el Banco Hipotecario, fue heredado de su predecesor, el Mercado del Plata que funcionó en ese lote ubicado entre las calles Sarmiento, (antes Cuyo), Teniente General Juan Domingo Perón, (antes Cangallo), Carlos Pellegrini, (antes Artes y Pasaje Carabelas) desde 1856 hasta 1947.
Fueron 90 años de historia que invitan a recordar la "tipología del mercado", un programa arquitectónico que fue uno de los escenarios principales donde se construyó gran parte la vida social y cultural de los porteños. 
El Mercado del Plata fue en sí mismo un edificio emblema que marcó el cambio de una época en una ciudad que se densificaba vertiginosamente a mediados del SXIX.
Hasta antes de 1856, año de su construcción, el abastecimiento de alimentos de la Ciudad se hacia en el Mercado del Centro(1823), ubicado en el predio ubicado en las calles Alsina, Perú, Moreno y Chacabuco donde habian estado los antiguos cuarteles que ocupaban los Granaderos. Aprovechando las construcciones existentes, el edificio resultó en un modelo tipológico válidocomo programa arquitectónico aún hoy en día. 
Con la idea de crear una red de espacios para el abastecimiento de la Ciudad, más higiénicos y organizados que los mercados al aire libre en las plazas, se aprobó la creación de un mercado en la Plaza de las Artes, que quedó a cargo de la sociedad formada y presidida por Esteban Adrogué. Se lo llamó Mercado Nuevo y en 1859 pasó a ser Mercado del Plata. El proyecto y dirección pertenecía al ingeniero Carlos Enrique Pellegrini, con Pedro Benoit como proyectista, y Enrique Hunt para la construcción. 
El terreno (el mismo del Edificio del Plata), tenía 120 metros por su calle principal y 50 metros de fondo. El edificio tenía “…..un partido compacto totalmente techado por un sistema de falsas bóvedas semicilíndricas de acero y vidrio que permitían la iluminación central…..”. En cuanto a su conformación arquitectónica el Mercado del Plata respondía a un esquema de puestos alineados por calles perpendiculares al lado mayor del lote y paralelas entre si, conectadas por una calle central.
Para medidados del siglo XIX, la Municipalidad poseía solo tres mercados:  del Centro, del Plata y de Comercio (en la plaza Dorrego). Los dos últimos construidos por empresarios particulares sobre plazas públicas y que quedaron en manos de la Municipalidad vencidos sus contratos en 1881 y 1877, respectivamente. En 1862 se estableció la prohibición de construir mercados de abasto en plazas públicas y así empezaron a crecer los mercados paticulares en diferentes barrios de la Ciudad. Desde la intendencia de Torcuato de Alvear se buscó modificar y mejorar el sistema de abastecimeinto para evitar el abuso de  los particulares. Se pensó en expropiar las iniciativas privadas pero no se logró. El del Comercio fue reemplazado por la Mercado de San Telmo.
Con el tiempo, el Mercado del Plata, empezó a tener problemas de funcionamiento. Los vecinos se quejaban de las carretas que ocupaban el espacio público trayendo mercadería. Juan Buschiazzo, en 1882, cuando el mercado pasaba a manos municipales, realiza una reforma. La memoria descriptiva está detallada en los anales de la Sociedad Científica Argentina, que explica las modificaciones a realizarse, “……hánse demolido todos los muros que impedían la circulación del aire, sustituyéndolos por vigas de fierro…..”.
En 1912 se pensó en reemplazarlo por un edificio de catorce pisos y unirlo con la red de subterráneos.  La idea no prosperó y bastantes años después, en 1947, cuando todo el entorno que acompañó al mercado había desaparecido, se procedió a su demolición. Habían pasado 90 años.
La Municipalidad impulsó la construcción de un nuevo edificio destinado a oficinas de la Municipalidad de Buenos Aires en los pisos altos y mercado en la planta baja. La obras comenzaron pero se paralizaron completamente en 1954, y luego se prolongó hasta 1961. El nuevo Mercado del Plata fue inaugurado definitivamente el 23 de diciembre de 1962, por el Intendente Alberto Prebisch. Fue tal el retaso de la obra que Mercado terminó desapareciendo al poco tiempo, como otras mercados de la Ciudad, que dejaron de existir en la segunda mitad del SXX, víctimas de un progreso que trajo nuevas formas de comercialización.

Diario Clarín
Jueves, 21 de abril de 2016