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jueves 25 de noviembre de 2010
Rosedal
Vándalos causaron destrozos en el Rosedal de Palermo
Rompieron más de cien plantas, pertenecientes a tres especies de rosas. También arrancaron árboles, pisotearon canteros y robaron los carteles identificatorios.
El Rosedal de Palermo amaneció mutilado por un hecho vándalico: desconocidos destrozaron más de cien plantas, pertenecientes a tres especies de rosas, y también arrancaron árboles y macetas. Además, se llevaron los carteles identificatorios que estaban instalados en el predio.
Según denunció YPF, empresa que desde hace quince años se encarga del mantenimiento, conservación y limpieza de ese especio verde, los vándalos destrozaron rosas de las especies Europeana (color rojo), Iceberg (color blanco) y Charles Aznavour (color rosa y blanco). Todas fueron partidas a la altura del cuello de la raíz, la gran mayoría en su lugar.
Además, en la zona de la pérgola fueron desflorados varios rosales trepadores. Y un cantero fue arrojado al agua. Además, desaparecieron todos las carteles que identificaban a las especies que embellecen el predio.
El hecho se produjo horas antes del comienzo del Concurso Internacional de Rosas, que se realiza en el lugar. No es la primera vez que el Rosedal es atacado por desconocidos: hace unos meses, vándalos arrancaron un busto de Rubén Darío y lo arrojaron a una fuente.
Clarin, 17 de Noviembre de 2010
Rompieron más de cien plantas, pertenecientes a tres especies de rosas. También arrancaron árboles, pisotearon canteros y robaron los carteles identificatorios.
El Rosedal de Palermo amaneció mutilado por un hecho vándalico: desconocidos destrozaron más de cien plantas, pertenecientes a tres especies de rosas, y también arrancaron árboles y macetas. Además, se llevaron los carteles identificatorios que estaban instalados en el predio.
Según denunció YPF, empresa que desde hace quince años se encarga del mantenimiento, conservación y limpieza de ese especio verde, los vándalos destrozaron rosas de las especies Europeana (color rojo), Iceberg (color blanco) y Charles Aznavour (color rosa y blanco). Todas fueron partidas a la altura del cuello de la raíz, la gran mayoría en su lugar.
Además, en la zona de la pérgola fueron desflorados varios rosales trepadores. Y un cantero fue arrojado al agua. Además, desaparecieron todos las carteles que identificaban a las especies que embellecen el predio.
El hecho se produjo horas antes del comienzo del Concurso Internacional de Rosas, que se realiza en el lugar. No es la primera vez que el Rosedal es atacado por desconocidos: hace unos meses, vándalos arrancaron un busto de Rubén Darío y lo arrojaron a una fuente.
Clarin, 17 de Noviembre de 2010
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Barrio de Palermo,
Parque Tres de Febrero
Suipacha: Peatonal
La nueva Suipacha favorece a peatones y complica el tránsito
Aunque buscan desalentar el auto, por ahora se sobrecarga a las otras calles.
El Gobierno porteño inauguró ayer la primera etapa de la peatonalización de la calle Suipacha , una obra que trajo beneficios para la gente de la zona, pero que complicó el tránsito sobre Maipú.
El tramo sobre el cual trabajó el Gobierno es el que va desde Avenida de Mayo hasta Corrientes . Arreglaron las veredas, colocaron cestos papeleros, iluminación y árboles y armaron una ciclovía, entre otras mejoras.
La idea es prolongar este nuevo diseño hasta Santa Fe , por etapas. Tras la apertura de ayer, el nuevo tramo, hasta Córdoba, se inaugurará a mediados de enero, y el que llegará hasta Santa Fe, que se abriría a principios de febrero.
Se trata del plan Prioridad Peatón , que consiste en reducir el espacio para los autos particulares a favor de los caminantes. En este sentido, el año pasado ya habían peatonalizado el pasaje Carabelas y todo el trazado de Reconquista, por ejemplo. “Estamos analizando continuar por Tacuarí hasta Belgrano o Independencia, y también cerrar el tránsito la cuadra de Bolívar entre Hipólito Yrigoyen y Alsina”, adelantó el ministro de Desarrollo Urbano, Daniel Chain.
Para llevar adelante el plan, el Gobierno tuvo que desviar el recorrido de las líneas de colectivos 59 y 70 , que ahora van por Cerrito. Esto, sumado al mayor espacio para caminar, dejó conforme a la gente de la zona. “Es extraordinario y deberían haberlo hecho hace años. Antes, por el ruido no podías ni hablar, y era peligroso porque la gente caminaba por la calzada y podía ser atropellada”, comentó Adolfo Vaz, de 59 años, en su panadería de Suipacha y Rivadavia. A pocos metros, Gabriela Suárez, de 25 años, agregó: “Ahora hay más espacio para caminar, es más cómodo para todos”.
Pero el haber sacado el tránsito sobre Suipacha llevó complicaciones a otras calles. Sobre Maipú (la siguiente calle que baja desde el centro al sur), el tránsito se ve afectado. “Se nota que hay más autos, sobre todo a partir de las 17”, se quejó el taxista Juan Padilla.
A su vez, Javier Pérez, que trabaja en quiosco en Maipú y Rivadavia, afirmó: “Hay más autos, y ese es el problema. Directamente deberían prohibir a los autos particulares en todas las calles del centro, dejar sólo al transporte público y la descarga de mercaderías”. Diego Martínez, un cliente que trabaja en la misma cuadra, se sumó y dijo que “ahora se arman algunos embotellamientos sobre Suipacha a la altura del corte. El problema es que hay muchos autos”.
El tema con Maipú es que se trata de una calle por donde circulan cuatro líneas de colectivos: 9, 10, 17 y 45. En el Gobierno explicaron que el plan es ir peatonalizando primero las calles que están más cerca de avenidas amplias (Suipacha y la 9 de Julio, Reconquista y Leandro N. Alem), para luego avanzar sobre las que están en el eje central del Microcentro.
Pablo Novillo
Clarin, 18 de Noviembre de 2010
Aunque buscan desalentar el auto, por ahora se sobrecarga a las otras calles.
El Gobierno porteño inauguró ayer la primera etapa de la peatonalización de la calle Suipacha , una obra que trajo beneficios para la gente de la zona, pero que complicó el tránsito sobre Maipú.
El tramo sobre el cual trabajó el Gobierno es el que va desde Avenida de Mayo hasta Corrientes . Arreglaron las veredas, colocaron cestos papeleros, iluminación y árboles y armaron una ciclovía, entre otras mejoras.
La idea es prolongar este nuevo diseño hasta Santa Fe , por etapas. Tras la apertura de ayer, el nuevo tramo, hasta Córdoba, se inaugurará a mediados de enero, y el que llegará hasta Santa Fe, que se abriría a principios de febrero.
Se trata del plan Prioridad Peatón , que consiste en reducir el espacio para los autos particulares a favor de los caminantes. En este sentido, el año pasado ya habían peatonalizado el pasaje Carabelas y todo el trazado de Reconquista, por ejemplo. “Estamos analizando continuar por Tacuarí hasta Belgrano o Independencia, y también cerrar el tránsito la cuadra de Bolívar entre Hipólito Yrigoyen y Alsina”, adelantó el ministro de Desarrollo Urbano, Daniel Chain.
Para llevar adelante el plan, el Gobierno tuvo que desviar el recorrido de las líneas de colectivos 59 y 70 , que ahora van por Cerrito. Esto, sumado al mayor espacio para caminar, dejó conforme a la gente de la zona. “Es extraordinario y deberían haberlo hecho hace años. Antes, por el ruido no podías ni hablar, y era peligroso porque la gente caminaba por la calzada y podía ser atropellada”, comentó Adolfo Vaz, de 59 años, en su panadería de Suipacha y Rivadavia. A pocos metros, Gabriela Suárez, de 25 años, agregó: “Ahora hay más espacio para caminar, es más cómodo para todos”.
Pero el haber sacado el tránsito sobre Suipacha llevó complicaciones a otras calles. Sobre Maipú (la siguiente calle que baja desde el centro al sur), el tránsito se ve afectado. “Se nota que hay más autos, sobre todo a partir de las 17”, se quejó el taxista Juan Padilla.
A su vez, Javier Pérez, que trabaja en quiosco en Maipú y Rivadavia, afirmó: “Hay más autos, y ese es el problema. Directamente deberían prohibir a los autos particulares en todas las calles del centro, dejar sólo al transporte público y la descarga de mercaderías”. Diego Martínez, un cliente que trabaja en la misma cuadra, se sumó y dijo que “ahora se arman algunos embotellamientos sobre Suipacha a la altura del corte. El problema es que hay muchos autos”.
El tema con Maipú es que se trata de una calle por donde circulan cuatro líneas de colectivos: 9, 10, 17 y 45. En el Gobierno explicaron que el plan es ir peatonalizando primero las calles que están más cerca de avenidas amplias (Suipacha y la 9 de Julio, Reconquista y Leandro N. Alem), para luego avanzar sobre las que están en el eje central del Microcentro.
Pablo Novillo
Clarin, 18 de Noviembre de 2010
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Barrio de San Nicolas,
Transporte
Plaza Houssay
Plaza Houssay, el templo donde los skaters practican su ritual
Jóvenes locales y extranjeros se reúnen a diario allí para desafiar la gravedad.
En Buenos Aires se juntan con unción tribal y cotidiana en la Plaza Houssay, entre otros sitios. Todos lo días. Se los ve a cualquier hora. Los fines de semana y de lunes a viernes. La Plaza Houssay, en Córdoba y Junín, tiene una iglesia de color ocre enclavada en el medio. La plaza es a la vez otra suerte de templo, muy diferente, en el que ritualmente los skaters practican su liturgia bamboleante y disciplinada.
La noche y el skate son compatibles. Cobija una suerte de combate placentero y solitario, que se hacer por amor al arte de moverse y nada más. Pero a la vez hay más. Hay ciertamente un desafío profundo que afrontan los skaters: luchan contra la gravedad. Existe entonces una física y una metafísica del skate. Es un juego experimental de traslaciones y un sentimiento existencial, tal vez no muy consciente, de poder frente a las fuerzas de la naturaleza, que simplemente tornan arduo un ascenso y presuntamente fácil un descenso, aunque para descender en una tabla de skate por una rampa pronunciada hay que saber.
Se hace skate por hacerlo, aunque algunos, los menos, son profesionales. Mientras alguien se traslada sobre esas tablas arqueadas y más bien diminutas, vive en estado introspectivo. Concentrado, pero inmerso en una paradoja. Se concentra en sí mismo y en sus decisiones corporales casi instantáneas para lograr deslizamientos exitosos. Y a la vez vive un proceso de integración al espacio material por el que transita.
Es una prueba perpetua de ensayo y error .
Hay sobre esa paradoja, de la introspección y la relación práctica con el espacio exterior, otra paradoja. Los skaters son solitarios arriba de sus tablas, y a la vez un conjunto de personas. Todos comparten una pasión profunda: trepar por el aire. Saltar. Esa provocación, ese subir a través de un salto a veces ínfimo está en la naturaleza profunda del deporte.
Me recuerdan al gran filósofo danés Soren Kierkegaard. Para él, la vida es precisamente un intento profundísimo por saltar desde estadíos inferiores a otros superiores. Los skaters de Plaza Houssay son kierkegardianos, pienso. Casi sin excepciones tratan de trepar por el aire.
David Gutiérrez, un colombiano de 24 años, cursa un posgrado de periodismo en Buenos Aires. Cree que el skate es lo suyo. Sobre las tablas dice adquirir su identidad más plena. Su testimonio corrobora esa necesidad de rodar, y también de volar: “Tengo ganas de saltar, de girar en el aire. Ruedo por las calles y pienso en hacer algo creativo. De repente, veo cuatro escalones y tomo impulso para saltarlos. En mi mente sólo están las escaleras, mi tabla y yo. Me concentro, veo la oportunidad y hago un ollie (salto). Cuando menos lo pienso, y en tan sólo segundos, veo la escaleras debajo de mí y siento un vacío en mi estómago. Lo logré. Sigo encima de tabla y miro hacía atrás. Y continúo buscando mi próximo reto”.
Los practicantes usan gorras con la visera al revés, jeans en general , y son muy prolijos para moverse. Hacen filas ordenadas, esperan a que cada uno concluya su trayecto. Un domingo a las siete de la tarde en Plaza Houssay, silentes y raudos, dos pibes brasileños avanzan en paralelo y uno, con una cámara, lo filma al otro. Ante la consulta del cronista adviene una respuesta asombrosa y rica. Los brasileños vienen a la Argentina a practicar skate porque aquí las piedras son distintas, más lisas, porque tienen componentes marmóreos y el mármol es el basamento ideal para el skate. Todo se vincula con la colonización portuguesa. Según los brasileños, skaters crepusculares, allí hay un lejano origen que propicia esta migración de ellos, desde su país hasta este.
En el Brasil colonizado por los portugueses, los esclavos se dedicaban, entre otros desdichados y durísimos menesteres, a moler piedra. Las veredas del Norte son veredas de piedra molida y aquí los procedimientos eran otros. Por una alquimia que conjuga tiempo, explotación, economía y pasión por el deslizamiento, la Argentina es una meca latinoamericana para el skate y Buenos Aires también. “Aquí hay mármol”, dicen los brasileños. Y el mármol es para el skater como el mar para un surfer.
Agustín, que tiene 21 años y hace skate desde hace diez, también se dedica a filmar. Estudia en el IUNA, precisamente edición de multimedios, y su máxima afición es filmar a los skaters mismos. Hacer skate es hacerlo y mirar, y filmar cómo se hace. Mientras los rodea una ciudad de tránsito difícil, los skaters de la plaza Houssay transitan porque sí en un perímetro en el que no se trata de llegar sino de viajar sobre la tabla, y ese viaje es la meta y no la llegada.
Miguel Wiñazki
Clarin, 15 de Noviembre de 2010
Jóvenes locales y extranjeros se reúnen a diario allí para desafiar la gravedad.
En Buenos Aires se juntan con unción tribal y cotidiana en la Plaza Houssay, entre otros sitios. Todos lo días. Se los ve a cualquier hora. Los fines de semana y de lunes a viernes. La Plaza Houssay, en Córdoba y Junín, tiene una iglesia de color ocre enclavada en el medio. La plaza es a la vez otra suerte de templo, muy diferente, en el que ritualmente los skaters practican su liturgia bamboleante y disciplinada.
La noche y el skate son compatibles. Cobija una suerte de combate placentero y solitario, que se hacer por amor al arte de moverse y nada más. Pero a la vez hay más. Hay ciertamente un desafío profundo que afrontan los skaters: luchan contra la gravedad. Existe entonces una física y una metafísica del skate. Es un juego experimental de traslaciones y un sentimiento existencial, tal vez no muy consciente, de poder frente a las fuerzas de la naturaleza, que simplemente tornan arduo un ascenso y presuntamente fácil un descenso, aunque para descender en una tabla de skate por una rampa pronunciada hay que saber.
Se hace skate por hacerlo, aunque algunos, los menos, son profesionales. Mientras alguien se traslada sobre esas tablas arqueadas y más bien diminutas, vive en estado introspectivo. Concentrado, pero inmerso en una paradoja. Se concentra en sí mismo y en sus decisiones corporales casi instantáneas para lograr deslizamientos exitosos. Y a la vez vive un proceso de integración al espacio material por el que transita.
Es una prueba perpetua de ensayo y error .
Hay sobre esa paradoja, de la introspección y la relación práctica con el espacio exterior, otra paradoja. Los skaters son solitarios arriba de sus tablas, y a la vez un conjunto de personas. Todos comparten una pasión profunda: trepar por el aire. Saltar. Esa provocación, ese subir a través de un salto a veces ínfimo está en la naturaleza profunda del deporte.
Me recuerdan al gran filósofo danés Soren Kierkegaard. Para él, la vida es precisamente un intento profundísimo por saltar desde estadíos inferiores a otros superiores. Los skaters de Plaza Houssay son kierkegardianos, pienso. Casi sin excepciones tratan de trepar por el aire.
David Gutiérrez, un colombiano de 24 años, cursa un posgrado de periodismo en Buenos Aires. Cree que el skate es lo suyo. Sobre las tablas dice adquirir su identidad más plena. Su testimonio corrobora esa necesidad de rodar, y también de volar: “Tengo ganas de saltar, de girar en el aire. Ruedo por las calles y pienso en hacer algo creativo. De repente, veo cuatro escalones y tomo impulso para saltarlos. En mi mente sólo están las escaleras, mi tabla y yo. Me concentro, veo la oportunidad y hago un ollie (salto). Cuando menos lo pienso, y en tan sólo segundos, veo la escaleras debajo de mí y siento un vacío en mi estómago. Lo logré. Sigo encima de tabla y miro hacía atrás. Y continúo buscando mi próximo reto”.
Los practicantes usan gorras con la visera al revés, jeans en general , y son muy prolijos para moverse. Hacen filas ordenadas, esperan a que cada uno concluya su trayecto. Un domingo a las siete de la tarde en Plaza Houssay, silentes y raudos, dos pibes brasileños avanzan en paralelo y uno, con una cámara, lo filma al otro. Ante la consulta del cronista adviene una respuesta asombrosa y rica. Los brasileños vienen a la Argentina a practicar skate porque aquí las piedras son distintas, más lisas, porque tienen componentes marmóreos y el mármol es el basamento ideal para el skate. Todo se vincula con la colonización portuguesa. Según los brasileños, skaters crepusculares, allí hay un lejano origen que propicia esta migración de ellos, desde su país hasta este.
En el Brasil colonizado por los portugueses, los esclavos se dedicaban, entre otros desdichados y durísimos menesteres, a moler piedra. Las veredas del Norte son veredas de piedra molida y aquí los procedimientos eran otros. Por una alquimia que conjuga tiempo, explotación, economía y pasión por el deslizamiento, la Argentina es una meca latinoamericana para el skate y Buenos Aires también. “Aquí hay mármol”, dicen los brasileños. Y el mármol es para el skater como el mar para un surfer.
Agustín, que tiene 21 años y hace skate desde hace diez, también se dedica a filmar. Estudia en el IUNA, precisamente edición de multimedios, y su máxima afición es filmar a los skaters mismos. Hacer skate es hacerlo y mirar, y filmar cómo se hace. Mientras los rodea una ciudad de tránsito difícil, los skaters de la plaza Houssay transitan porque sí en un perímetro en el que no se trata de llegar sino de viajar sobre la tabla, y ese viaje es la meta y no la llegada.
Miguel Wiñazki
Clarin, 15 de Noviembre de 2010
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Barrio de Recoleta,
Espacios Verdes
Casa Curutchet
La casa de película
Tres dimensiones Pocos la conocían a pesar de que está ubicada acá no más, en la ciudad de La Plata, en la Calle 53 entre 1 y 2, frente al Bosque. Sin embargo, durante las últimas semanas, más de 130.000 personas, casi sin darse cuenta, la visitaron. Se trata de la Casa Curutchet, uno de los monumentos de la arquitectura doméstica mundial creada por el genial Le Corbusier, sin dudas, el más célebre arquitecto del siglo pasado.
Esta casa, diseñada para un médico cirujano y en la que hoy funciona la sede del Colegio de Arquitectos de la Provincia de Buenos Aires, es la única obra que realizó el maestro suizo-francés en Latinoamérica. Ahora, es una de las protagonistas del exitoso film El hombre de al lado, creado por Gastón y Andrés Duprat y Mariano Cohn.
El tema, un típico conflicto entre vecinos que comparten una medianera. Víctor, un vendedor de autos usados protagonizado por Daniel Aráoz, hace un boquete en la pared para colocar una ventana intentando imponer su pretendido derecho a disfrutar del sol; el otro, Leonardo, es un diseñador super cool encarnado por Rafael Spregelburd. Reclama el suyo: mantener la privacidad de su casa y la integridad de esta joya arquitectónica. Hasta ahí, una película.
Cuentan que esta casa supervanguardista, proyectada en el año 1948, fue el resultado del cruce de dos historias. La de una revancha, la de su propietario el cirujano Pedro Domingo Curutchet, que rechazado por la comunidad académica platense emigró al pueblo de Lobería. Y luego de obtener el reconocimiento internacional por el invento de un revolucionario sistema de instrumentales quirúrgicos volvió a La Plata con la espalda ancha y los planos del arquitecto más vanguardista del momento. La otra, la de Le Corbusier, quien perseguía el sueño de plasmar su Plan para Buenos Aires y ve en la Casa Curutchet la oportunidad de usarla como cabecera de playa y demostrar con una obra sus ideas arquitectónicas y urbanísticas.
La casa de La Plata es la traducción en criollo de una nueva manera de concebir el hábitat, la estética de los edificios y, además, una lección de cómo aprovechar al máximo hasta el más mínimo terreno. La película la muestra en uso como nunca se la vio públicamente. De la planta baja semivacía surge un gran álamo y la rampa donde juega Lola, la hija, y que vincula el acceso con la vivienda y el consultorio, que en la ficción es el estudio del diseñador. En el piso superior, el estar es utilizado por su mujer para dar clases de alguna variedad de yoga. Le Corbusier lo describía como “El estar abre a doble altura del cerramiento, hacia el norte y su nivel continúa directamente con la terraza jardín o jardín suspendido concebido para crear la parte más importante de la casa, aquella donde uno se tiende, sea al sol, como a la protección del mismo y al verde.” Le Corbusier expresó aquí lo que él llamaba los cinco puntos para una nueva arquitectura, algo así como las palabras con las cuales se deben escribir los nuevos edificios. Palabras posibilitadas seguramente por las libertades que posibilitaba el reemplazo de los pesados muros de ladrillo por las estructuras de hormigón armado. Los pilotéis (columnas) permiten separar los muros (ahora solo para definir espacios) de la estructura sostén. La planta libre separa la construcción de la humedad del terreno. La fachada libre y la ventana corrida son un alegato contra las ventanas chicas. Ahora los frentes se diseñan según las necesidades de iluminación y de captar las mejores visuales. El último punto, repara los daños que hace la arquitectura sobre el ecosistema. Es la terraza jardín la que recupera el suelo perdido por la ocupación de la construcción. Pero además incorpora otros tres conceptos de su autoría: el “modular”, un sistema de proporciones que le permite diseñar los edificios a la medida del hombre; la “promenade architectural”, materializada por la rampa, que introduce el diseño de un recorrido (la cuarta dimensión cubista); y el “brise soleil”, comúnmente llamado parasol, con lo que controla el paso del sol a los ambientes.
La película agrega otros ingredientes que celebran el diseño. El sillón Placentero, diseñado por el argentino Diego Battista, las famosas sillas Tulip de Saarinen y Louis Ghost de Phillipe Starck. Y hasta se hacen un homenaje a nuestras tradiciones. Eso sí, el mate lo toman en uno creado por Ricardo Blanco, uno de los popes del diseño argentino.
Por muchos años, la Casa Curutchet fue conocida para los vecinos platenses como la “casa rara”. Hoy, casi pasa desapercibida, por su lenguaje podría haber sido
Berto González Montaner
Clarin, 10 de Noviembre de 2010
Tres dimensiones Pocos la conocían a pesar de que está ubicada acá no más, en la ciudad de La Plata, en la Calle 53 entre 1 y 2, frente al Bosque. Sin embargo, durante las últimas semanas, más de 130.000 personas, casi sin darse cuenta, la visitaron. Se trata de la Casa Curutchet, uno de los monumentos de la arquitectura doméstica mundial creada por el genial Le Corbusier, sin dudas, el más célebre arquitecto del siglo pasado.
Esta casa, diseñada para un médico cirujano y en la que hoy funciona la sede del Colegio de Arquitectos de la Provincia de Buenos Aires, es la única obra que realizó el maestro suizo-francés en Latinoamérica. Ahora, es una de las protagonistas del exitoso film El hombre de al lado, creado por Gastón y Andrés Duprat y Mariano Cohn.
El tema, un típico conflicto entre vecinos que comparten una medianera. Víctor, un vendedor de autos usados protagonizado por Daniel Aráoz, hace un boquete en la pared para colocar una ventana intentando imponer su pretendido derecho a disfrutar del sol; el otro, Leonardo, es un diseñador super cool encarnado por Rafael Spregelburd. Reclama el suyo: mantener la privacidad de su casa y la integridad de esta joya arquitectónica. Hasta ahí, una película.
Cuentan que esta casa supervanguardista, proyectada en el año 1948, fue el resultado del cruce de dos historias. La de una revancha, la de su propietario el cirujano Pedro Domingo Curutchet, que rechazado por la comunidad académica platense emigró al pueblo de Lobería. Y luego de obtener el reconocimiento internacional por el invento de un revolucionario sistema de instrumentales quirúrgicos volvió a La Plata con la espalda ancha y los planos del arquitecto más vanguardista del momento. La otra, la de Le Corbusier, quien perseguía el sueño de plasmar su Plan para Buenos Aires y ve en la Casa Curutchet la oportunidad de usarla como cabecera de playa y demostrar con una obra sus ideas arquitectónicas y urbanísticas.
La casa de La Plata es la traducción en criollo de una nueva manera de concebir el hábitat, la estética de los edificios y, además, una lección de cómo aprovechar al máximo hasta el más mínimo terreno. La película la muestra en uso como nunca se la vio públicamente. De la planta baja semivacía surge un gran álamo y la rampa donde juega Lola, la hija, y que vincula el acceso con la vivienda y el consultorio, que en la ficción es el estudio del diseñador. En el piso superior, el estar es utilizado por su mujer para dar clases de alguna variedad de yoga. Le Corbusier lo describía como “El estar abre a doble altura del cerramiento, hacia el norte y su nivel continúa directamente con la terraza jardín o jardín suspendido concebido para crear la parte más importante de la casa, aquella donde uno se tiende, sea al sol, como a la protección del mismo y al verde.” Le Corbusier expresó aquí lo que él llamaba los cinco puntos para una nueva arquitectura, algo así como las palabras con las cuales se deben escribir los nuevos edificios. Palabras posibilitadas seguramente por las libertades que posibilitaba el reemplazo de los pesados muros de ladrillo por las estructuras de hormigón armado. Los pilotéis (columnas) permiten separar los muros (ahora solo para definir espacios) de la estructura sostén. La planta libre separa la construcción de la humedad del terreno. La fachada libre y la ventana corrida son un alegato contra las ventanas chicas. Ahora los frentes se diseñan según las necesidades de iluminación y de captar las mejores visuales. El último punto, repara los daños que hace la arquitectura sobre el ecosistema. Es la terraza jardín la que recupera el suelo perdido por la ocupación de la construcción. Pero además incorpora otros tres conceptos de su autoría: el “modular”, un sistema de proporciones que le permite diseñar los edificios a la medida del hombre; la “promenade architectural”, materializada por la rampa, que introduce el diseño de un recorrido (la cuarta dimensión cubista); y el “brise soleil”, comúnmente llamado parasol, con lo que controla el paso del sol a los ambientes.
La película agrega otros ingredientes que celebran el diseño. El sillón Placentero, diseñado por el argentino Diego Battista, las famosas sillas Tulip de Saarinen y Louis Ghost de Phillipe Starck. Y hasta se hacen un homenaje a nuestras tradiciones. Eso sí, el mate lo toman en uno creado por Ricardo Blanco, uno de los popes del diseño argentino.
Por muchos años, la Casa Curutchet fue conocida para los vecinos platenses como la “casa rara”. Hoy, casi pasa desapercibida, por su lenguaje podría haber sido
Berto González Montaner
Clarin, 10 de Noviembre de 2010
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Arquitectura General,
La Plata (Prov. Buenos Aires)
Incendio en el Palmar
Un incendio quemó más de mil hectáreas en El Palmar de Colón
Hasta anoche el fuego seguía fuera de control y se expandía a campos privados.
Se inició el domingo, creen que fue intencional Más de mil hectáreas cubiertas de palmeras se incendiaba anoche en el Parque Nacional El Palmar, cerca de Colón, Entre Ríos. El fuego avanzó a su vez hacia un área forestada privada, de eucaliptus, afectando a unas 400 hectáreas más. “Llevamos dos días de trabajo y tenemos para cuatro más”, dijo a Clarín el intendente del Parque, Aristóbulo Maranta.
El fuego se inició el domingo por la tarde y, según explicó Maranta, podría haber sido intencional. “Comenzó en una zona que está cerrada al público, por lo que estimamos que puede tratarse de una fogata hecha por un cazador furtivo o, más bien, de un incendio intencional ”, apuntó Maranta. La situación se agravó ayer por las condiciones climáticas, con ráfagas de 40 km/h que avivaron las llamas y las expandieron hacia propiedades vecinas. Están trabajando dotaciones de bomberos de cinco ciudades cercanas, personal del Plan Nacional de Manejo del Fuego, Gendarmería, Policía Forestal o rural y brigadas especiales dependientes de los forestadores contiguos.
“El fuego en el Parque está circunscripto y rodeado de bomberos y brigadistas, aunque adentro del foco arde intensamente . En la forestación vecina, se sigue expandiendo ”, explicó telefónicamente a Clarín el director del Parque, mientras –según dijo– se trasladaba dentro del Palmar en un vehículo junto al Secretario de Medio Ambiente de la provincia, Fernando Raffo.
Consultado sobre cuánto afecta este incendio al Parque, respondió que “ la situación es grave, aunque no irreversible . Estamos frente a una crisis importante, pero por suerte, los palmares son pirogénicos, esto es, saben evolucionar con presencia de fuego y renovarse”. Por ello, dijo Maranta, los ejemplares dañados (serían unas cien mil palmeras, aunque es muy difícil estimarlo) se irán suplantando luego en forma natural.
“Hoy se usó por primera vez el avión hidrante con que cuenta la provincia, gracias a un convenio con el Plan Nacional de Manejo del Fuego –agregó Raffo–. Volveremos a usarlo mañana (por hoy). Y si hace falta, están comprometidos ya dos hidrantes más, de La Pampa y de Paso de los Libres”. Según informó, ya se radicó la denuncia ante la Gendarmería y la Policía y se inició un sumario investigativo.
Verónica Toller
Clarin, 09 de Noviembre de 2010
Hasta anoche el fuego seguía fuera de control y se expandía a campos privados.
Se inició el domingo, creen que fue intencional Más de mil hectáreas cubiertas de palmeras se incendiaba anoche en el Parque Nacional El Palmar, cerca de Colón, Entre Ríos. El fuego avanzó a su vez hacia un área forestada privada, de eucaliptus, afectando a unas 400 hectáreas más. “Llevamos dos días de trabajo y tenemos para cuatro más”, dijo a Clarín el intendente del Parque, Aristóbulo Maranta.
El fuego se inició el domingo por la tarde y, según explicó Maranta, podría haber sido intencional. “Comenzó en una zona que está cerrada al público, por lo que estimamos que puede tratarse de una fogata hecha por un cazador furtivo o, más bien, de un incendio intencional ”, apuntó Maranta. La situación se agravó ayer por las condiciones climáticas, con ráfagas de 40 km/h que avivaron las llamas y las expandieron hacia propiedades vecinas. Están trabajando dotaciones de bomberos de cinco ciudades cercanas, personal del Plan Nacional de Manejo del Fuego, Gendarmería, Policía Forestal o rural y brigadas especiales dependientes de los forestadores contiguos.
“El fuego en el Parque está circunscripto y rodeado de bomberos y brigadistas, aunque adentro del foco arde intensamente . En la forestación vecina, se sigue expandiendo ”, explicó telefónicamente a Clarín el director del Parque, mientras –según dijo– se trasladaba dentro del Palmar en un vehículo junto al Secretario de Medio Ambiente de la provincia, Fernando Raffo.
Consultado sobre cuánto afecta este incendio al Parque, respondió que “ la situación es grave, aunque no irreversible . Estamos frente a una crisis importante, pero por suerte, los palmares son pirogénicos, esto es, saben evolucionar con presencia de fuego y renovarse”. Por ello, dijo Maranta, los ejemplares dañados (serían unas cien mil palmeras, aunque es muy difícil estimarlo) se irán suplantando luego en forma natural.
“Hoy se usó por primera vez el avión hidrante con que cuenta la provincia, gracias a un convenio con el Plan Nacional de Manejo del Fuego –agregó Raffo–. Volveremos a usarlo mañana (por hoy). Y si hace falta, están comprometidos ya dos hidrantes más, de La Pampa y de Paso de los Libres”. Según informó, ya se radicó la denuncia ante la Gendarmería y la Policía y se inició un sumario investigativo.
Verónica Toller
Clarin, 09 de Noviembre de 2010
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Parques y Reservas Naturales,
Provincia de Entre Rios
miércoles 17 de noviembre de 2010
Arboles
Buenos Aires pintada por sus árboles
Cada porteño tiene su Buenos Aires. Está la de las largas avenidas, la del tango, la gastronómica, la de la noche y, también, la Buenos Aires de colores. Esa que quizás no todos miramos (o percibimos, que es recibir a través de los sentidos), y que presenta sus matices en cada temporada. Va pintando las calles, completa la paleta en ese devenir cíclico que mes a mes dibuja un cielo diferente a través de las copas de los árboles. Esta es una recorrida por la Buenos Aires en flor, la Buenos Aires que está dejando de ser rosa para convertirse en azul violáceo (o celeste o lila), y que en diciembre será amarilla, para volver a “sonrosarse” con el verano en pleno apogeo.
Antes de empezar el paseo habrá que decir que en su desarrollo pesa la ubicación geográfica. “En el hemisferio Sur los árboles tienen una mejor floración, a diferencia de lo que sucede al Norte, donde el entorno acompaña la foliación y los árboles desarrollan sus colores más lindos a través de las hojas, durante el otoño”, introduce la ingeniera agrónoma Graciela Barreiro, directora del Jardín Botánico. Y en ese sentido, el clima local es privilegiado (y todo por obra y gracia de la famosa humedad, que además de “matar”, el lugar común de las conversaciones, puede hacer estragos con las cabelleras femeninas). “Es que las flores no tienen frizz”, bromea la especialista. O quizás sí lo tengan (en definitiva, se trata del mismo principio activo y su consecuencia estética).
Esta es una Ciudad que fue pensada para ser arbolada, y así lo muestran los 370 mil ejemplares de alineación (los que acompañan calles, avenidas y bulevares) más los alrededor de 50 mil de los espacios verdes. “Diría que desde la época de Rosas se empezó a plantar con fuerza, y se mantuvo. Sarmiento fue un gran factor en todo esto porque trajo muchas ideas urbanísticas de Europa”, continúa Barreiro. Algo que continuaron Carlos Thays y otros paisajistas franceses de aquellos tiempos.
Arrancar directamente por las flores sería faltarle el respeto al verde clorofila de las frondosas copas que enmarcan las principales arterias de la ciudad durante (casi) todo el año. Y al marrón de los troncos añosos, que en cada grieta atesoran historia.
Cuando el naranja sol disipa los fríos del invierno aparece el rosado de los Lapachos. “La floración es entre agosto y septiembre. Están en Plaza Italia, en el Parque Tres de Febrero. Entre todos destaco el de Mariscal Castillo y Figueroa Alcorta, es un espacio privado pero a la vista de todos”, recomienda Barreiro.
En octubre explota el nacionalísimo ceibo y su flor roja rabiosa, furiosa, pura sensualidad, pasión. “En este caso no hay alineación. Se pueden ver en la Plaza Sicilia, en diagonal a la entrada del Rosedal, o en Plaza Lavalle, frente a la sinagoga, donde se ubica uno chico pero siempre lleno de flores”, apunta su colega Gabriela Benito, curadora del Botánico.
A mediados de noviembre irrumpe el lila o azulceleste del jacarandá (y cómo no cantarle a la infancia que al este y al oeste llueve lloverá). “En San Juan y Bernardo de Irigoyen, la avenida Sarmiento”, repasa Barreiro. Y el universo sensorial se trenza con la historia de una quimera. “En botánica se llama así a una transformación súbita de un color o una forma –explica ahora–. En Belgrano 940 hay un ejemplar con una rama que da flores blancas, no sé si habrá resistido la poda”.
En diciembre lloran las Tipas (“es la chicharrita de la espuma que emite una sustancia para preparar el nido, y gotea”, simplifican casi a coro). Y luego se cubren de amarillo. Una postal que bien conocen los vecinos de las avenidas Pedro Goyena y Melián, donde la arboleda funde en túnel. O los que pasan frente a Lola Mora, en Costanera Sur.
En enero se suman los Ibirá Pitá, también amarillos (el punto estratégico, en 9 de Julio y Moreno, además de la vista clásica de la residencia de Olivos). Febrero vuelve a ser rosa o blanco con el entrañable palo borracho (a modo de ejemplo, el gigante de Libertador y Sarmiento). Enemigo de las veredas, el nombre popular que alude a la barriga ¿cervecera? despierta risas entre los extranjeros. “Es que no en todos lados es así. En las selvas húmedas son estilizados y altos, nada que ver con los de acá”, ilustra Barreiro.
Einat Rozenwasser
Clarin, 09 de Noviembre de 2010
Cada porteño tiene su Buenos Aires. Está la de las largas avenidas, la del tango, la gastronómica, la de la noche y, también, la Buenos Aires de colores. Esa que quizás no todos miramos (o percibimos, que es recibir a través de los sentidos), y que presenta sus matices en cada temporada. Va pintando las calles, completa la paleta en ese devenir cíclico que mes a mes dibuja un cielo diferente a través de las copas de los árboles. Esta es una recorrida por la Buenos Aires en flor, la Buenos Aires que está dejando de ser rosa para convertirse en azul violáceo (o celeste o lila), y que en diciembre será amarilla, para volver a “sonrosarse” con el verano en pleno apogeo.
Antes de empezar el paseo habrá que decir que en su desarrollo pesa la ubicación geográfica. “En el hemisferio Sur los árboles tienen una mejor floración, a diferencia de lo que sucede al Norte, donde el entorno acompaña la foliación y los árboles desarrollan sus colores más lindos a través de las hojas, durante el otoño”, introduce la ingeniera agrónoma Graciela Barreiro, directora del Jardín Botánico. Y en ese sentido, el clima local es privilegiado (y todo por obra y gracia de la famosa humedad, que además de “matar”, el lugar común de las conversaciones, puede hacer estragos con las cabelleras femeninas). “Es que las flores no tienen frizz”, bromea la especialista. O quizás sí lo tengan (en definitiva, se trata del mismo principio activo y su consecuencia estética).
Esta es una Ciudad que fue pensada para ser arbolada, y así lo muestran los 370 mil ejemplares de alineación (los que acompañan calles, avenidas y bulevares) más los alrededor de 50 mil de los espacios verdes. “Diría que desde la época de Rosas se empezó a plantar con fuerza, y se mantuvo. Sarmiento fue un gran factor en todo esto porque trajo muchas ideas urbanísticas de Europa”, continúa Barreiro. Algo que continuaron Carlos Thays y otros paisajistas franceses de aquellos tiempos.
Arrancar directamente por las flores sería faltarle el respeto al verde clorofila de las frondosas copas que enmarcan las principales arterias de la ciudad durante (casi) todo el año. Y al marrón de los troncos añosos, que en cada grieta atesoran historia.
Cuando el naranja sol disipa los fríos del invierno aparece el rosado de los Lapachos. “La floración es entre agosto y septiembre. Están en Plaza Italia, en el Parque Tres de Febrero. Entre todos destaco el de Mariscal Castillo y Figueroa Alcorta, es un espacio privado pero a la vista de todos”, recomienda Barreiro.
En octubre explota el nacionalísimo ceibo y su flor roja rabiosa, furiosa, pura sensualidad, pasión. “En este caso no hay alineación. Se pueden ver en la Plaza Sicilia, en diagonal a la entrada del Rosedal, o en Plaza Lavalle, frente a la sinagoga, donde se ubica uno chico pero siempre lleno de flores”, apunta su colega Gabriela Benito, curadora del Botánico.
A mediados de noviembre irrumpe el lila o azulceleste del jacarandá (y cómo no cantarle a la infancia que al este y al oeste llueve lloverá). “En San Juan y Bernardo de Irigoyen, la avenida Sarmiento”, repasa Barreiro. Y el universo sensorial se trenza con la historia de una quimera. “En botánica se llama así a una transformación súbita de un color o una forma –explica ahora–. En Belgrano 940 hay un ejemplar con una rama que da flores blancas, no sé si habrá resistido la poda”.
En diciembre lloran las Tipas (“es la chicharrita de la espuma que emite una sustancia para preparar el nido, y gotea”, simplifican casi a coro). Y luego se cubren de amarillo. Una postal que bien conocen los vecinos de las avenidas Pedro Goyena y Melián, donde la arboleda funde en túnel. O los que pasan frente a Lola Mora, en Costanera Sur.
En enero se suman los Ibirá Pitá, también amarillos (el punto estratégico, en 9 de Julio y Moreno, además de la vista clásica de la residencia de Olivos). Febrero vuelve a ser rosa o blanco con el entrañable palo borracho (a modo de ejemplo, el gigante de Libertador y Sarmiento). Enemigo de las veredas, el nombre popular que alude a la barriga ¿cervecera? despierta risas entre los extranjeros. “Es que no en todos lados es así. En las selvas húmedas son estilizados y altos, nada que ver con los de acá”, ilustra Barreiro.
Einat Rozenwasser
Clarin, 09 de Noviembre de 2010
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Ecologia,
Espacios Verdes
Ajedrez
Ajedrez: un juego de todos los días en el Parque Lezama
Dicen que es “una vía de escape”. Piden que se arreglen diez tableros rotos.
Fueron simultáneas las dos escenas. En la esquina de Brasil y Martín García, dos grandotes, casi en cueros, con shorcitos nada más, le pegaban con un palo a otro que intentaba huir, pero cayó al piso, y le daban más y más. En el mismo momento, en esa exacta encrucijada entre el bien y el mal, cuatro personas, a metros de aquel horror, jugaban sumergidas sus partidas de ajedrez cotidianas en el Parque Lezama .
Ante la mirada periodística y la pregunta sobre las razones de ese hábito, los jugadores respondieron de la mejor y más elocuente manera: “Esperá que terminemos de jugar”.
Los muchachos algo bamboleantes que apaleaban al otro parecían ser cuidacoches disputándose así, a palos –en las antípodas del combate ajedrecístico– espacios de cobranza que consideran propios y no de otro como ellos. Eso comentaban algunos transeúntes que vieron la penosa trifulca.
Los ajedrecistas continuaban sus batallas mentales en silencio con total tranquilidad. Ciegos al mundo circundante que se había esfumado, inmerso en el infinito universo mental de los jugadores. ¿Cuál es el corazón de Buenos Aires, el ajedrez en los parques o la violencia que no cesa? “Buscamos una vía de escape” , dijo uno de ellos.
Las mesas son de granito, el tablero es reluciente, las cuadrículas blancas brillan como una especie de porcelana, y las “negras” son de color azul oscuro. Hay un borde en cada mesa, un perímetro de granito puro, dispuesto para ordenar las piezas que van quedado afuera del juego tras esas ínfimas o grandes victorias, en el que tras una jugada y una estrategia, alguien gana o pierde. Como escribió Jorge Luis Borges: “Torre homérica, ligero caballo, amada reina, rey postrero, oblicuo alfil y peones agresores...” Es otro mundo dentro del mundo. El ajedrez en Parque Lezama es una práctica abierta, diaria y masiva.
Los fines de semana se llenan todas las mesas ajedrez. Son 30.
Terminada su partida, se acercó al cronista Domingo Samoré. Tiene 79 años, juega allí todos los días en los que no llueve.
¿Usted se llama Samoré, como el cardenal que medió en el conflicto por el Beagle con Chile en l979? Si claro, Samoré, sí, Es que Domingo Samoré tiene algo de mediador y “luchador” por la paz, a una escala, no menor, pero profunda.
Es jubilado, viste modestamente como un clásico jubilado argentino que se ilusionó con cobrar el 82% tan deseado, pero que por decreto por ahora quedó en ilusión. Usa una gorra con visera y coloca una especie de almohadón sobre los pilotes cilíndricos y breves que sirven de bancos. Milita en una causa que considera mayor. Que es mayor.
“Una noche”, cuenta alguien, o mas de uno, “vinieron aquí con adoquines y rompieron muchas mesas de ajedrez, unas diez. Eso es pura maldad”. Sus compañeros lo asisten con gestos. Son personas de pocas palabras, gente de pueblo. Grandes, pero recuerdan que también vienen muchos muchachos a jugar, “chicos de la facultad”, por ejemplo.
Domingo comenzó a enviar cartas al Gobierno de la Ciudad y a Dios y María Santísima. Sólo pide alguien se ocupe de arreglar las mesas. “La pura maldad” de esos adoquines que rompieron las mesas enfrenta la persistencia de Domingo Samoré, que no se quiere morir sin ver los tableros relucientes como corresponde, para que todos puedan jugar. Para jugar al ajedrez y no pelear, para exorcizar los palos con los que nos pegamos duro y cada día, los unos contra los otros.
Miguel Wiñazki
Clarin, 2 de Noviembre de 2010
Dicen que es “una vía de escape”. Piden que se arreglen diez tableros rotos.
Fueron simultáneas las dos escenas. En la esquina de Brasil y Martín García, dos grandotes, casi en cueros, con shorcitos nada más, le pegaban con un palo a otro que intentaba huir, pero cayó al piso, y le daban más y más. En el mismo momento, en esa exacta encrucijada entre el bien y el mal, cuatro personas, a metros de aquel horror, jugaban sumergidas sus partidas de ajedrez cotidianas en el Parque Lezama .
Ante la mirada periodística y la pregunta sobre las razones de ese hábito, los jugadores respondieron de la mejor y más elocuente manera: “Esperá que terminemos de jugar”.
Los muchachos algo bamboleantes que apaleaban al otro parecían ser cuidacoches disputándose así, a palos –en las antípodas del combate ajedrecístico– espacios de cobranza que consideran propios y no de otro como ellos. Eso comentaban algunos transeúntes que vieron la penosa trifulca.
Los ajedrecistas continuaban sus batallas mentales en silencio con total tranquilidad. Ciegos al mundo circundante que se había esfumado, inmerso en el infinito universo mental de los jugadores. ¿Cuál es el corazón de Buenos Aires, el ajedrez en los parques o la violencia que no cesa? “Buscamos una vía de escape” , dijo uno de ellos.
Las mesas son de granito, el tablero es reluciente, las cuadrículas blancas brillan como una especie de porcelana, y las “negras” son de color azul oscuro. Hay un borde en cada mesa, un perímetro de granito puro, dispuesto para ordenar las piezas que van quedado afuera del juego tras esas ínfimas o grandes victorias, en el que tras una jugada y una estrategia, alguien gana o pierde. Como escribió Jorge Luis Borges: “Torre homérica, ligero caballo, amada reina, rey postrero, oblicuo alfil y peones agresores...” Es otro mundo dentro del mundo. El ajedrez en Parque Lezama es una práctica abierta, diaria y masiva.
Los fines de semana se llenan todas las mesas ajedrez. Son 30.
Terminada su partida, se acercó al cronista Domingo Samoré. Tiene 79 años, juega allí todos los días en los que no llueve.
¿Usted se llama Samoré, como el cardenal que medió en el conflicto por el Beagle con Chile en l979? Si claro, Samoré, sí, Es que Domingo Samoré tiene algo de mediador y “luchador” por la paz, a una escala, no menor, pero profunda.
Es jubilado, viste modestamente como un clásico jubilado argentino que se ilusionó con cobrar el 82% tan deseado, pero que por decreto por ahora quedó en ilusión. Usa una gorra con visera y coloca una especie de almohadón sobre los pilotes cilíndricos y breves que sirven de bancos. Milita en una causa que considera mayor. Que es mayor.
“Una noche”, cuenta alguien, o mas de uno, “vinieron aquí con adoquines y rompieron muchas mesas de ajedrez, unas diez. Eso es pura maldad”. Sus compañeros lo asisten con gestos. Son personas de pocas palabras, gente de pueblo. Grandes, pero recuerdan que también vienen muchos muchachos a jugar, “chicos de la facultad”, por ejemplo.
Domingo comenzó a enviar cartas al Gobierno de la Ciudad y a Dios y María Santísima. Sólo pide alguien se ocupe de arreglar las mesas. “La pura maldad” de esos adoquines que rompieron las mesas enfrenta la persistencia de Domingo Samoré, que no se quiere morir sin ver los tableros relucientes como corresponde, para que todos puedan jugar. Para jugar al ajedrez y no pelear, para exorcizar los palos con los que nos pegamos duro y cada día, los unos contra los otros.
Miguel Wiñazki
Clarin, 2 de Noviembre de 2010
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Parque Lezama
Ley de Glaciares
Los glaciares tienen su ley
A partir de la publicación en el Boletín Oficial, quedó ayer promulgada la ley nacional 26.639 de protección de glaciares, sancionada el último 20 de septiembre por el Congreso. El senador por el Frente para la Victoria Daniel Filmus se mostró satisfecho “porque la Argentina merecía contar con una ley que proteja los recursos naturales”. Además, el legislador, uno de los impulsores de la iniciativa, manifestó: “Era necesario que la Argentina contara con una ley que proteja las reservas de agua para nosotros, para nuestros hijos y para las futuras generaciones”. La ley establece una serie de presupuestos mínimos para la protección de los glaciares y del ambiente periglaciar. Además prohíbe en zonas protegidas que se realicen obras de infraestructura que destruyan los glaciares. En caso de impacto en el ambiente, la legislación habilita a las autoridades a ordenar el cese o traslado inmediato de los yacimientos. La medida considera a los glaciares como bienes de carácter público.
Pagina 12, 29 de Octubre de 2010
A partir de la publicación en el Boletín Oficial, quedó ayer promulgada la ley nacional 26.639 de protección de glaciares, sancionada el último 20 de septiembre por el Congreso. El senador por el Frente para la Victoria Daniel Filmus se mostró satisfecho “porque la Argentina merecía contar con una ley que proteja los recursos naturales”. Además, el legislador, uno de los impulsores de la iniciativa, manifestó: “Era necesario que la Argentina contara con una ley que proteja las reservas de agua para nosotros, para nuestros hijos y para las futuras generaciones”. La ley establece una serie de presupuestos mínimos para la protección de los glaciares y del ambiente periglaciar. Además prohíbe en zonas protegidas que se realicen obras de infraestructura que destruyan los glaciares. En caso de impacto en el ambiente, la legislación habilita a las autoridades a ordenar el cese o traslado inmediato de los yacimientos. La medida considera a los glaciares como bienes de carácter público.
Pagina 12, 29 de Octubre de 2010
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Legislacion
Esteros Del Ibera
Aguas brillantes
En el norte de Corrientes, casi un millón y medio de hectáreas forma el gigantesco humedal de los Esteros del Iberá: es el territorio de la vida, el hábitat de decenas de especies de aves, mamíferos y reptiles que lo convierten en auténtico santuario de la fauna litoraleña. Crónica de una inmersión, a pie, en lancha y a caballo, por la naturaleza correntina.
Un mundo de agua, tierra e islas de vegetación flotante. Un mundo donde conviven, en armónico equilibrio, yacarés, ciervos de los pantanos, lobitos de río, boas curiyús, chajás, cardenales, pirañas, carpinchos. Un mundo donde la naturaleza es reina y los hombres son sus súbditos. Así son los Esteros del Iberá, esa palabra que en la descriptiva lengua guaraní significa “aguas que brillan”. Así las vimos, siempre brillantes, de día o de noche, durante los días privilegiados del comienzo de la primavera.
Nuestro destino es Colonia Pellegrini, el pueblo de 650 habitantes a orillas de la laguna Iberá, donde se concentran los servicios turísticos para conocer los Esteros. A unos 120 kilómetros de Mercedes y 200 de Posadas, las dos ciudades de referencia para el viajero que llega desde Buenos Aires, Colonia Pellegrini surgió del loteo de una antigua estancia y hoy está formada por un puñado de manzanas donde se levantan casas de adobe a orillas de las calles de tierra. Cualquier gringo se ve a la legua, y los hay cada tanto porque Iberá es un destino muy buscado por los extranjeros en busca de avistaje de aves y safaris fotográficos. Regi, la propietaria del Iberá Lodge, un complejo sobre la orilla de la laguna, es suiza y lo confirma: más de la mitad de sus pasajeros son extranjeros que llegan sobre todo de Europa, en busca de conocer uno de los últimos rincones casi vírgenes del planeta.
Un picabuey a lomo de un carpincho: transporte fácil y natural, además de ayuda entre las especies.
AGUA DULCE Los Esteros del Iberá fueron declarados Reserva Natural Provincial en 1983; este estatuto y la presencia de guardaparques lograron frenar la depredación de especies en peligro de extinción y restablecer el equilibrio de un ecosistema tan rico como delicado. Con tanta agua alrededor, naturalmente la mejor manera de internarse en los Esteros es en lancha, con la guía de un lugareño bien conocedor: así salimos una mañana del muelle de Irupé acompañados por Marcos, el guía del lodge, a recorrer la laguna Iberá. Aunque cueste creerle a la vista, lo que nos rodea son “embalsados”, esas grandes islas de vegetación flotante que se van desplazando con el movimiento del agua y son tan sólidas que a veces alcanzan más de 1,20 metro de espesor. Con el motor apagado, la embarcación se deja llevar hacia la orilla de los embalsados, donde los yacarés aguardan inmóviles con sus vidriosos ojos entrecerrados, siempre al acecho de una presa oportuna. En cuanto acostumbramos los ojos, los descubrimos por todas partes. Sin inmutarse, acá y allá andan manadas de carpinchos, siempre gregarios, comiendo prolijamente la vegetación de los embalsados y echándose barro encima para protegerse del frío. En el lomo de algunos descansa, tranquilo, algún picabuey, ese pajarito que aprovecha al mamífero para trasladarse, y que a su vez le quita parásitos: un típico fenómeno de “comensalismo” entre dos especies que se ayudan mutuamente.
Cuenta Marcos que quien tiene los carpinchos de chiquitos puede incluso domesticarlos, y no cuesta creerle cuando, además, se los oye prácticamente ladrar al paso de los visitantes... Porque el espectáculo natural de los Esteros no es sólo visual: además de los bellos paisajes de agua, con unos atardeceres rojizos que se convierten en noches infinitamente estrelladas, la vida de la laguna se traduce en muchísimos sonidos curiosos, desde el sordo bramido del yacaré hasta el canto de decenas de pájaros y el acostumbrado aviso de los teros ante el menor movimiento inesperado. Con el motor apagado y en medio del agua, de día o en las excursiones nocturnas, la naturaleza suena maravillosamente bien, mostrando la armonía perfecta de todos sus instrumentos.
Sin timidez, un ciervo de los pantanos observa el paso de las lanchas sobre la laguna Iberá.
CENTRO DE INTERPRETACION También navegando llegamos, después de cruzar bajo un puente que divide en dos la laguna Iberá, al centro de interpretación de la Reserva. El breve trayecto depara uno de los mejores momentos del día: como si ver yacarés y carpinchos por doquier ya fuera cosa de todos los días, ahora lo que nos llama la atención es la presencia constante de cormoranes, gallitos de agua, chajás y, sobre todo, un par de ciervos de los pantanos que no se toman siquiera la molestia de ocultarse entre le vegetación. Así es que nos miramos con curiosidad mutua, y casi no nos sorprendería ver al ciervo sacar su cámara para fotografiar a los extraños intrusos.
Después de unos minutos, desembarcamos en el Centro de Interpretación. A pesar de que el espectáculo está afuera, vale la pena dedicarle media hora a la proyección de un video que explica algunos fenómenos propios de la región y las adaptaciones de los animales para sobrevivir en este ecosistema. Como los ciervos de los pantanos, cuyas pezuñas se abren y les permiten mayor superficie de apoyo sobre la superficie del embalsado; o la ceremonia de los chajás para intercambiar posiciones durante la incubación de sus huevos, con el fin de que nunca queden solos a merced de los predadores. También la vulnerabilidad de los yacarés a pesar de su ferocidad aparente: hasta el 80 por ciento de las crías mueren en las primeras semanas de vida; o las nidificaciones grupales de las garzas, que aumentan su éxito reproductivo. Lo cierto es que, cualquiera sea la especie animal o vegetal de que se trate, en los Esteros el agua es el elemento primordial, y tanto su exceso como su escasez resultan peligrosos para el equilibrio natural.
Desde el Centro de Interpretación parten dos senderos para recorrer a pie entre el monte. Se ingresa por un prado tapizado de verbenas, para ir internándose en un camino sombreado por altas palmeras pindó, cuyo fruto es buen alimento para los monos y las aves. Plantas epífitas y estranguladoras, como el gomero y el higuerón, se ven junto al caraguatá y las bromelias: es un universo verde lleno de vida, que florece en primavera. Un poco más tarde, ya en verano, florecen las plantas acuáticas de la laguna: hay camalotes por doquier, pero también juncos, totoras, lentejas, repollitos y acordeoncitos de agua.
En la ruta que va de Mercedes a Colonia Pellegrini se cruzan los gauchos con su ganado.
PASEO EN EL PUEBLO Colonia Pellegrini es uno de los lugares más tranquilos del mundo. Por aquí casi no andan autos; sólo pasa de vez en cuando el colectivo medio desvencijado que recorre en varias horas la ruta de 120 kilómetros de tierra que va hasta Mercedes. La ruta a Posadas no está mejor, así que estas dificultades de acceso en parte son las que protegen el aislamiento del lugar... pero también aíslan a sus pobladores. Chicos y grandes andan entonces a caballo, y alimentan esa cultura rural que es tan fuerte en Corrientes (vale la pena visitar Mercedes en ocasión de su gran fiesta anual, la Rural local, que es la segunda más grande del país después de la que se realiza en Buenos Aires). Desde el pueblo mismo se pueden hacer varias cabalgatas hasta un palmar cercano, una buena ocasión para seguir avistando aves y, si ya cae la tarde, también las vizcacheras, cuyos habitantes tienen hábitos nocturnos.
Lo que queda como recuerdo no es sólo la naturaleza en esplendor: es también la gentileza de la gente del lugar y su rica cultura, impregnada de la tradición guaraní y la presencia del agua. Una de las formas más interesantes de comprobarlo es a través de la gastronomía, donde se dan cita todos los productos del litoral: la mandioca, que se come frita como las papas; los exquisitos chipás; los cítricos en muchas más variedades de las que conocemos en Buenos Aires; el corderito y el quibebe, a base de calabaza. Claro que aprovisionarse en estos lugares es todo un desafío, por eso también bien vale incluir en la visita alguno de los almacenes o pulperías de campo que ofrecen, como antaño, todo lo necesario para la vida diaria del hombre de campo. A sólo 800 kilómetros de Buenos Aires, este rincón correntino a orillas del “agua brillante” implica así también un viaje por las costumbres del más recóndito interior argentino
Graciela Cutuli
Pagina 12, 24 de octubre de 2010
En el norte de Corrientes, casi un millón y medio de hectáreas forma el gigantesco humedal de los Esteros del Iberá: es el territorio de la vida, el hábitat de decenas de especies de aves, mamíferos y reptiles que lo convierten en auténtico santuario de la fauna litoraleña. Crónica de una inmersión, a pie, en lancha y a caballo, por la naturaleza correntina.
Un mundo de agua, tierra e islas de vegetación flotante. Un mundo donde conviven, en armónico equilibrio, yacarés, ciervos de los pantanos, lobitos de río, boas curiyús, chajás, cardenales, pirañas, carpinchos. Un mundo donde la naturaleza es reina y los hombres son sus súbditos. Así son los Esteros del Iberá, esa palabra que en la descriptiva lengua guaraní significa “aguas que brillan”. Así las vimos, siempre brillantes, de día o de noche, durante los días privilegiados del comienzo de la primavera.
Nuestro destino es Colonia Pellegrini, el pueblo de 650 habitantes a orillas de la laguna Iberá, donde se concentran los servicios turísticos para conocer los Esteros. A unos 120 kilómetros de Mercedes y 200 de Posadas, las dos ciudades de referencia para el viajero que llega desde Buenos Aires, Colonia Pellegrini surgió del loteo de una antigua estancia y hoy está formada por un puñado de manzanas donde se levantan casas de adobe a orillas de las calles de tierra. Cualquier gringo se ve a la legua, y los hay cada tanto porque Iberá es un destino muy buscado por los extranjeros en busca de avistaje de aves y safaris fotográficos. Regi, la propietaria del Iberá Lodge, un complejo sobre la orilla de la laguna, es suiza y lo confirma: más de la mitad de sus pasajeros son extranjeros que llegan sobre todo de Europa, en busca de conocer uno de los últimos rincones casi vírgenes del planeta.
Un picabuey a lomo de un carpincho: transporte fácil y natural, además de ayuda entre las especies.
AGUA DULCE Los Esteros del Iberá fueron declarados Reserva Natural Provincial en 1983; este estatuto y la presencia de guardaparques lograron frenar la depredación de especies en peligro de extinción y restablecer el equilibrio de un ecosistema tan rico como delicado. Con tanta agua alrededor, naturalmente la mejor manera de internarse en los Esteros es en lancha, con la guía de un lugareño bien conocedor: así salimos una mañana del muelle de Irupé acompañados por Marcos, el guía del lodge, a recorrer la laguna Iberá. Aunque cueste creerle a la vista, lo que nos rodea son “embalsados”, esas grandes islas de vegetación flotante que se van desplazando con el movimiento del agua y son tan sólidas que a veces alcanzan más de 1,20 metro de espesor. Con el motor apagado, la embarcación se deja llevar hacia la orilla de los embalsados, donde los yacarés aguardan inmóviles con sus vidriosos ojos entrecerrados, siempre al acecho de una presa oportuna. En cuanto acostumbramos los ojos, los descubrimos por todas partes. Sin inmutarse, acá y allá andan manadas de carpinchos, siempre gregarios, comiendo prolijamente la vegetación de los embalsados y echándose barro encima para protegerse del frío. En el lomo de algunos descansa, tranquilo, algún picabuey, ese pajarito que aprovecha al mamífero para trasladarse, y que a su vez le quita parásitos: un típico fenómeno de “comensalismo” entre dos especies que se ayudan mutuamente.
Cuenta Marcos que quien tiene los carpinchos de chiquitos puede incluso domesticarlos, y no cuesta creerle cuando, además, se los oye prácticamente ladrar al paso de los visitantes... Porque el espectáculo natural de los Esteros no es sólo visual: además de los bellos paisajes de agua, con unos atardeceres rojizos que se convierten en noches infinitamente estrelladas, la vida de la laguna se traduce en muchísimos sonidos curiosos, desde el sordo bramido del yacaré hasta el canto de decenas de pájaros y el acostumbrado aviso de los teros ante el menor movimiento inesperado. Con el motor apagado y en medio del agua, de día o en las excursiones nocturnas, la naturaleza suena maravillosamente bien, mostrando la armonía perfecta de todos sus instrumentos.
Sin timidez, un ciervo de los pantanos observa el paso de las lanchas sobre la laguna Iberá.
CENTRO DE INTERPRETACION También navegando llegamos, después de cruzar bajo un puente que divide en dos la laguna Iberá, al centro de interpretación de la Reserva. El breve trayecto depara uno de los mejores momentos del día: como si ver yacarés y carpinchos por doquier ya fuera cosa de todos los días, ahora lo que nos llama la atención es la presencia constante de cormoranes, gallitos de agua, chajás y, sobre todo, un par de ciervos de los pantanos que no se toman siquiera la molestia de ocultarse entre le vegetación. Así es que nos miramos con curiosidad mutua, y casi no nos sorprendería ver al ciervo sacar su cámara para fotografiar a los extraños intrusos.
Después de unos minutos, desembarcamos en el Centro de Interpretación. A pesar de que el espectáculo está afuera, vale la pena dedicarle media hora a la proyección de un video que explica algunos fenómenos propios de la región y las adaptaciones de los animales para sobrevivir en este ecosistema. Como los ciervos de los pantanos, cuyas pezuñas se abren y les permiten mayor superficie de apoyo sobre la superficie del embalsado; o la ceremonia de los chajás para intercambiar posiciones durante la incubación de sus huevos, con el fin de que nunca queden solos a merced de los predadores. También la vulnerabilidad de los yacarés a pesar de su ferocidad aparente: hasta el 80 por ciento de las crías mueren en las primeras semanas de vida; o las nidificaciones grupales de las garzas, que aumentan su éxito reproductivo. Lo cierto es que, cualquiera sea la especie animal o vegetal de que se trate, en los Esteros el agua es el elemento primordial, y tanto su exceso como su escasez resultan peligrosos para el equilibrio natural.
Desde el Centro de Interpretación parten dos senderos para recorrer a pie entre el monte. Se ingresa por un prado tapizado de verbenas, para ir internándose en un camino sombreado por altas palmeras pindó, cuyo fruto es buen alimento para los monos y las aves. Plantas epífitas y estranguladoras, como el gomero y el higuerón, se ven junto al caraguatá y las bromelias: es un universo verde lleno de vida, que florece en primavera. Un poco más tarde, ya en verano, florecen las plantas acuáticas de la laguna: hay camalotes por doquier, pero también juncos, totoras, lentejas, repollitos y acordeoncitos de agua.
En la ruta que va de Mercedes a Colonia Pellegrini se cruzan los gauchos con su ganado.
PASEO EN EL PUEBLO Colonia Pellegrini es uno de los lugares más tranquilos del mundo. Por aquí casi no andan autos; sólo pasa de vez en cuando el colectivo medio desvencijado que recorre en varias horas la ruta de 120 kilómetros de tierra que va hasta Mercedes. La ruta a Posadas no está mejor, así que estas dificultades de acceso en parte son las que protegen el aislamiento del lugar... pero también aíslan a sus pobladores. Chicos y grandes andan entonces a caballo, y alimentan esa cultura rural que es tan fuerte en Corrientes (vale la pena visitar Mercedes en ocasión de su gran fiesta anual, la Rural local, que es la segunda más grande del país después de la que se realiza en Buenos Aires). Desde el pueblo mismo se pueden hacer varias cabalgatas hasta un palmar cercano, una buena ocasión para seguir avistando aves y, si ya cae la tarde, también las vizcacheras, cuyos habitantes tienen hábitos nocturnos.
Lo que queda como recuerdo no es sólo la naturaleza en esplendor: es también la gentileza de la gente del lugar y su rica cultura, impregnada de la tradición guaraní y la presencia del agua. Una de las formas más interesantes de comprobarlo es a través de la gastronomía, donde se dan cita todos los productos del litoral: la mandioca, que se come frita como las papas; los exquisitos chipás; los cítricos en muchas más variedades de las que conocemos en Buenos Aires; el corderito y el quibebe, a base de calabaza. Claro que aprovisionarse en estos lugares es todo un desafío, por eso también bien vale incluir en la visita alguno de los almacenes o pulperías de campo que ofrecen, como antaño, todo lo necesario para la vida diaria del hombre de campo. A sólo 800 kilómetros de Buenos Aires, este rincón correntino a orillas del “agua brillante” implica así también un viaje por las costumbres del más recóndito interior argentino
Graciela Cutuli
Pagina 12, 24 de octubre de 2010
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Parques y Reservas Naturales,
Provincia de Corrientes
Nestor Kirchner
El Presidente que cambió el paradigma
Intendente, gobernador, presidente, su proyecto siempre fue reelecto. En el gobierno puso en discusión temas que los demás esquivaban.
El ex presidente Néstor Kirchner murió ayer, en El Calafate que tanto amaba y tanto lo sedaba, en pleno protagonismo, cuando tenía apenas sesenta años. Es difícil encontrar un parangón histórico con la desaparición de un líder de su porte, en tales circunstancias. Raúl Alfonsín falleció hace poco; el impacto y la emoción fueron grandes, tanto como el reconocimiento. Pero al líder radical todo le llegó cuando estaba en el ocaso de su carrera, cuando ya no era un protagonista de primer nivel. Tal vez el parangón más cercano sea la desaparición de Juan Domingo Perón durante su tercer mandato: una figura central, en torno del cual constelaba la política, que ordenaba (por así decir) amores, odios y alineamientos. Pero hay una diferencia sideral con esos días, que alude al legado que deja Kirchner. Sin Perón, era evidente que la Argentina se encaminaba, irremisiblemente, a una situación peor y su fuerza a una crisis fenomenal. Kirchner deja el centro de la escena en un país gobernado y gobernable. Con una economía y una situación social sustentables, con previsibilidad política. En el ’74 la política era colonizada por la violencia; en 2010 se cumplen varios años de paz social muy grande (para los parámetros argentinos) y con un rumbo mejorable (como todo) pero racional. Kirchner llegó a la Casa Rosada en un país devastado, se fue en otro, aún cargado de deudas sociales y contradicciones pero indeciblemente mejor.
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Gobernante ante todo: Fue un político hasta su última hora. La noche del martes se pasó mirando números, encuestas, datos económicos, fatigando su celular. Antes que nada, fue un hombre de gobierno: recorrió todo el escalafón de cargos ejecutivos, su lugar en el mundo. Intendente de Río Gallegos, ganando su primera vez por un pelito. Después, gobernador de Santa Cruz. Siempre fue reelecto, dato digno de mención. Llegó a la presidencia cuatro años antes de lo que indicaban su ambición y su férrea voluntad, por uno de esos raros azares felices de nuestra historia. Accedió con votos prestados, con mínima legitimidad, en una nación devastada y acomplejada que apenas empezaba a levantar cabeza. Figura dominante de este siglo, captó como nadie el significado de la catástrofe de 2001, su génesis, el arduo y escarpado modo de irla repechando. El “que se vayan todos” expresaba el descrédito de la política pero no le ofrecía salida. Sin gobierno, sin Estado, sin conducción, sin dinero en caja, con casi tantas monedas como provincias, sin poder político, nada sería posible. Una población abatida, con millones de desempleados, hogares destrozados por la falta de trabajo, falta de fe individual y colectiva lo recibían. Casi nadie lo conocía, lo que incluía a muchos que lo habían votado, por descarte.
“Que se vayan todos” era un síntoma de la imperiosidad del cambio, un rechazo al pasado cercano pero no un programa de salida. Kirchner captó ese doble mensaje: supo (o mejor, decidió) que era acuciante reparar los daños causados por la dictadura, por el entreguismo desaprensivo de los ’90, la anomia del gobierno aliancista, la sumisión a los organismos internacionales de crédito. Reconstruyó el Estado, compensó los poderes fácticos acrecentando el del gobierno popular, designó a los culpables de la caída. Los fustigó con su palabra, atropellada pero clara al designar adversarios y enemigos. Polarizó y politizó, son virtudes, quedando para la polémica las dosis o las proporciones.
Pero, además, edificó un paradigma distinto. A su modo, con vectores claros y simples, eventualmente esquemáticos. Como un maestro mayor de obras, que erige una casa sencilla, eventualmente con paredes algo chingadas, pero habitable.
Había que reparar, había que compensar a las víctimas del terrorismo de Estado y de la desolación económica. No era ése el menú de moda en la Argentina, fue el que eligió, al que apostó con pocas barajas en la mano y no tantas fichas. Lo marcó asimismo la sangre derramada en los finales de los gobiernos del radical Fernando de la Rúa y Eduardo Duhalde también: debía cesar la violencia represiva, que minimizó a niveles únicos en la historia y mantuvo permitiendo un grado de movilización altísimo, que a menudo le jugó en contra.
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Giro: Se le reprocha haber cambiado su postura respecto del terrorismo de Estado, de las políticas económicas precedentes. La supuesta incoherencia fue uno de sus mayores méritos, pues (como Alfonsín en sus primeros tramos) recorrió la parábola inversa a lo que predicaba la cartilla de los gobernantes, la que observaron el menemismo, la Alianza, el propio Frepaso. La que indujo a Carlos Reutemann a aterrarse ante la perspectiva de ganar lo que, parecía, equivaldría a reprimir, bajar salarios, endeudar al fisco. Kirchner viró a izquierda, hacia un creciente protagonismo estatal, porque comprendió que se atravesaba una nueva etapa.
Combinó lo concreto con lo simbólico, seguro que con trazos gruesos. La remoción de la Corte Suprema menemista por una de mayor calidad, la derogación de las leyes de la impunidad, la bajada del cuadro de Videla, la reapertura de la ESMA, la relación más estrecha que jamás tuvo gobierno alguno con los organismos de derechos humanos vienen en combo.
También, en otro carril, el desendeudamiento (acordado en simultáneo con el presidente brasileño Lula da Silva), la virtual ruptura con el Fondo Monetario Internacional (FMI), la decisión de poner el acelerador a fondo en la economía, la creación de puestos de trabajo, la ampliación de la masa de jubilados. Todas esas acciones enfrentaron críticas lapidarias, anuncios de catástrofes, aplazos desde academias del saber o desde grupos de interés.
Los grandes humillados del cuarto de siglo que precedió su desembarco en la Rosada fueron su centro de atención: los trabajadores, las víctimas del terrorismo de Estado, los argentinos en su conjunto privados de autoestima y de conchabo.
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Economía política: Su concepción económica, que signó la etapa, es acendradamente política y uno de sus más claros lazos de parentesco con el primer peronismo. El crecimiento a todo trapo, el acelerador siempre a fondo, la promoción del consumo y del empleo conllevan un objetivo político y democrático. Estaba compelido a conseguir consenso, en parte para su proyecto político pero, especialmente, para recuperar gobernabilidad y estabilidad. La satisfacción de necesidades primarias, la posibilidad de acceder a bienes necesarios o algo suntuarios y al trabajo fueron su camino hacia la popularidad. Seguro que faltó equilibrio con otras variables, sobre todo en los últimos años, pero mete miedo pensar qué hubiera pasado sin un gobierno valorado, sin un Estado sólido, sin reservas financieras. Se cortó la continuidad decadente que destruyó la trama social entre (por lo menos) 1987 y 2002.
Pasar del desempleo al trabajo, tener unos pesos en el bolsillo y menos miedo sobre el porvenir acrecienta la autoestima, desbaratada en décadas de desvaríos.
Contaba que siendo joven, cuando salía de noche, su padre le preguntaba si tenía dinero y le daba unos pesos más, no para gastarlos sino para estar seguro. Cifraba así su propia economía política. En pocos años la Argentina disminuyó su deuda externa a niveles manejables (que aliviará a gobiernos futuros), solidificó a la AFIP y la Anses.
La puja distributiva volvió a estar en agenda, con avances institucionales que desde otras banderías se subestiman, se niegan o se detestan. Las convenciones colectivas anuales, siempre en alza, las reformas laborales progresivas sí que insuficientes, la consolidación del sistema jubilatorio forman un haz de aportes innegables. Ahora, en el purgatorio, se debate en detalle cómo cualificar esos logros, cómo redistribuir mejor, cómo elevar el piso. Cuando se estaba en el sótano, unos cuantos discutían el rumbo.
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Las cifras, el consenso, la derecha: Las cifras que enunciaba a granel (PBI, reservas, índices de crecimiento y de empleo en especial) fueron su obsesión y su fuerza. Gobernante de una crisis a la que apodó, sin mayor exageración, “el infierno” centró en ellas su atención, su gestión y una fracción relevante de su deseo. Timonel vigoroso, derivó hacia “el Purgatorio”, en un tránsito que no fue pacífico. Una derecha sin referencias políticas lo acechó siempre. Se olvida a menudo, pero la emergencia de Juan Carlos Blumberg sucedió pocos días después del inolvidable 24 de marzo de 2004. El crecimiento general, el renacimiento de las economías regionales, los costados virtuosos del “modelo” con paridad cambiaria competitiva, creación de puestos de trabajo, obra pública y acumulación de reservas le fueron ganando, si no apoyos militantes, consensos muy extendidos. En la emergencia, casi todos se aferraron al capitán de tormentas, incluyendo a las patronales, que mayormente se la llevaron con pala. Rabiaban por el ascenso de los trabajadores, por tener que pulsear en las paritarias pero acompañaban.
De un presidente ignoto, sin caudal propio, pasó, en dos elecciones seguidas, a una mayoría holgada, propia. En ese devenir, descuidó el armado político y desnudó limitaciones para ciertas destrezas políticas: contener a los propios, acariciar a los dudosos, formar nuevos cuadros, movilizar. Así, llegó en auto a las victorias de 2005 y 2007, tras redondear la mejor presidencia habida desde la primera de Perón.
En pos de la gobernabilidad se fue arrimando al peronismo y al movimiento obrero, dejando de lado su proyecto de transversalidad, que incluía una etapa superadora del bipartidismo. En parte fue porque el ensayo encontró límites fuertes, algunos derivados de impericia, otros de falta de peso de los nuevos aliados. En cualquier caso, afrontó un dilema complejo, con soluciones imperfectas en ambos casos. Hombre de gobierno, se inclinó por la que remachaba la continuidad y la estabilidad. Siempre será polémico el saldo, nunca será redondo. En la galaxia peronista, su aliado más fiel y rendidor fue la CGT conducida por Hugo Moyano, en una relación que mejoró a ambos socios, dejando heridos y asignaturas injustamente pendientes, como el reconocimiento de la Central de Trabajadores Argentinos (CTA).
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De la desconfianza a Unasur: Patagónico, desconfiado, formateado en una provincia donde todo se hace con esfuerzo propio, la política internacional le resultaba distante y hasta la sospechaba de distractiva. Supo cambiar de parecer al internalizar la necesidad de una política regional, que diera carnadura a su relato antiimperialista, irrealizable desde un solo país. También, acierto fundante, se percató de que Brasil y Lula (el mejor colega que podía tener allí) eran aliados estratégicos de la Argentina. En la Cumbre de las Américas de Mar del Plata le tomó el gustito al juego político. La vulgata dominante narra que Argentina se “aisló del mundo”, un disparate de aquellos. Jamás comerció con tantos países, jamás se ligó a tantos mercados. Y, además, jamás jugó un rol de equilibrio y pacificación en América del Sur. Argentina y Brasil primaron con activismo y compromiso para que Evo Morales fuera presidente, para que la rosca de derecha no lo derrocara, para evitar la guerra entre Colombia y Ecuador, para intentar frenar el golpismo en Honduras y para frenarlo en Ecuador.
La mejor relación que haya existido jamás con Brasil, con Chile, con Bolivia, con Venezuela, con Paraguay. El conflicto con Uruguay fue un retroceso en ese avance global, felizmente remendado bajo la gestión de Cristina Kirchner y el presidente uruguayo José Mujica.
También hubo trato privilegiado con España y una relación sensata, sí que gratamente autónoma, con Estados Unidos.
La presidencia de Unasur es otro vacío difícil de llenar. Lograda con unanimidad expresa una verdad negada por la conjura de los necios: la valoración de Kirchner trasciende las fronteras. Para Lula, para Hugo Chávez, para Michelle Bachelet, para Evo Morales, para Correa, fue un aliado de fierro y un compañero. Los demás presidentes, de otras pertenencias, reconocieron a una figura de primer nivel, a despecho de las diferencias.
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Cambio de roles: Desde el vamos, desde cuando su revalidación parecía una quimera, predicó que no iría por la reelección. Recelaba del desgaste, de la fatiga ciudadana, hablaba de una necesidad de mayor institucionalidad y menos combate. Cristina Fernández, de cualquier forma, llegó en tono de reelección que los escasos cambios de su gabinete convalidaron. El color peronista del apoyo electoral signó esa decisión.
El mandato de la Presidenta fue mucho más tormentoso que el de su predecesor. Es en parte lógico: superada la malaria y recobradas las fuerzas, muchos actores incrementaron sus demandas. En parte hubo descuidos del Gobierno. En parte, muy sustancial, la agenda institucional fue mucho más ambiciosa y fundante que la de Kirchner.
Cristina y Néstor Kirchner siempre actuaron en tándem desde 2003. Pensaban muy parecido, acordaban en casi todo. Pero el cambio de roles le costó al ex presidente, que perdió muñeca política y capacidad de negociación. Fue más intransigente y menos dúctil frente “al campo” que contra Blumberg o que negociando con los vecinalistas entrerrianos o que en las tratativas con el FMI.
Las retenciones móviles y la derrota electoral de 2009 dieron la impresión de final de ciclo. Los vaivenes del electorado son siempre dignos de atención, máxime para una fuerza populista. La reacción de la Presidenta combinó un temple enorme con la sagacidad de ampliar la agenda propia. Siempre politizando y polarizando pero buscando apoyos externos, consagró cambios institucionales notables, ajenos a su imaginario años atrás. La Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual hasta la demasiado demorada Asignación Universal por Hijo, pasando por la reestatización del sistema previsional fueron jugadas tremendas, arriesgadas, progresistas que importan (en los hechos más que en el discurso) autocríticas y correcciones de gran nivel.
En su sube y baja, el kirchnerismo quedó con menos apoyos difusos y más consistencia ideológica. También congregó militantes, en especial jóvenes, promovió organización y se consagró más a disputar el debate mediático.
En trance de mayor debilidad, jugó doble contra sencillo. En eso está ahora, siendo por lejos la primera minoría política, la que saldría puntera en la primera vuelta electoral, la que tiene mayor capacidad de movilización y de “calle”, la que imanta más adhesiones de artistas, trabajadores de la cultura y bloggers.
Con ese patrimonio, importante y aún no suficiente para lograr la proeza de tres mandatos consecutivos, llega la muerte de Néstor Kirchner.
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Desafíos: El inventario se hace interminable, acaso por impericia del cronista pero también porque hablar de Kirchner es sumirse en todas las controversias de ayer, de los próximos meses o años. Sin agotar la enumeración, cabe consignar entre los aciertos el aumento del presupuesto educativo y el matrimonio igualitario. Y entre los errores, la erosión del Indec, tan contradictoria con la tendencia general de defensa del Estado y lo público.
Un líder como Kirchner es irreemplazable y, al unísono, no tiene reposo. No sólo porque el hombre era poco afecto a parar sino porque los grandes referentes siguen batallando después de muertos.
Su lugar vacante potencia la ambición de sus adversarios, la barbarie gorila que ya empezó aflorar, el odio de una derecha recalcitrante que esta nota prefiere apenas mentar. En ese aspecto el adiós de Kirchner parece, por ahora, más semejante al de Evita, por el odio de “los otros”, que al de Perón.
La Presidenta, en un momento cruel de su vida, afronta el enorme desafío de proseguir sin su compañero de vida y de luchas. También pierde a un político fundamental, a quien todos respetaban o temían o valoraban. A un alquimista que sabía contener, motivar y conducir a dirigentes, militantes y personas de a pie.
El tándem funcionó con dificultades pero era un bastión, que en los últimos tiempos había logrado el ascenso muy parejo de ambos (con leve supremacía de la Presidenta) en imagen positiva e intención de voto.
Sobreponerse al dolor personal y a la pérdida política, mantener la gobernabilidad, contener a la fuerza propia y sumar parecen retos gigantescos. En más de tres años la Presidenta ha combinado, más vale, aciertos y falencias, aunque siempre demostró aptitud para remontar las cuestas más adversas.
Cuando Kirchner advino al poder, lo informó Horacio Verbitsky en este diario, José Claudio Escribano le dio un ultimátum y un programa, que el entonces presidente rechazó de volea. Ayer, en La Nación comenzaron a pasarle letra a la presidenta Cristina para que desista de su proyecto. La primera vez creían lo que hacían, ahora es pura parada. Todos saben que ella sostendrá sus principios y su norte.
Cuando las corporaciones, sus adversarios políticos y algunas personas vulgares festejan, el cronista recuerda a uno de ellos, el ex presidente Eduardo Duhalde. En 2003, dos periodistas de Página/12 le preguntamos si Kirchner sería su Chirolita. Duhalde respondió “los que dicen eso no lo conocen. Y menos la conocen a Cristina”. Ahora, hay menos motivos para dudar de su templanza y su vocación de militante y dirigente.
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Dolor: Es una sandez hablar de un potencial veredicto de “la historia”. La historia es política: en la Argentina no se han saldado debates sobre Rosas o Perón, menos se llegará a la unanimidad sobre Kirchner.
Confrontativo, por vocación, por estilo y porque gobernar es definir conflictos y aún atizarlos, Kirchner fue llorado ayer y seguirá siendo llorado por muchos pero no por todos. Ayer una muchedumbre colmó la Plaza de Mayo, espontánea y sufriente, en esa Capital de la que desconfiaba y que jamás lo apoyó.
Entre los que lo lloran la mayoría son humildes, muchos son jóvenes que recuperaron la sed por militar. Lo lloran las Madres de Plaza de Mayo, las Abuelas, los integrantes de la comunidad gay, cantidad de artistas y trovadores populares.
Su nombre será bandera y todos ellos tratarán de llevarla a la victoria, a la continuidad, a la coherencia.
Se lo llora y ya se lo añora en la redacción de este diario, que clamó desde su primer día por banderas que en su gobierno se plasmaron en conquistas, leyes, procesos y condenas a genocidas.
Ya lo extraña este cronista, que lo conoció en su labor profesional, lo respetó y quiso más de lo que marca la regla de la ortodoxia del “periodismo independiente”. Lo que nunca impidió discusiones, críticas o señalamientos que forman parte de la lógica del trabajo y de la política.
A la Presidenta, a su familia, a sus compañeros y a los que lo lloran van el abrazo y el saludo en un cierre tan heterodoxo como sentido.
Mario Wainfeld
Pagina 12, 28 de octubre de 2010
Intendente, gobernador, presidente, su proyecto siempre fue reelecto. En el gobierno puso en discusión temas que los demás esquivaban.
El ex presidente Néstor Kirchner murió ayer, en El Calafate que tanto amaba y tanto lo sedaba, en pleno protagonismo, cuando tenía apenas sesenta años. Es difícil encontrar un parangón histórico con la desaparición de un líder de su porte, en tales circunstancias. Raúl Alfonsín falleció hace poco; el impacto y la emoción fueron grandes, tanto como el reconocimiento. Pero al líder radical todo le llegó cuando estaba en el ocaso de su carrera, cuando ya no era un protagonista de primer nivel. Tal vez el parangón más cercano sea la desaparición de Juan Domingo Perón durante su tercer mandato: una figura central, en torno del cual constelaba la política, que ordenaba (por así decir) amores, odios y alineamientos. Pero hay una diferencia sideral con esos días, que alude al legado que deja Kirchner. Sin Perón, era evidente que la Argentina se encaminaba, irremisiblemente, a una situación peor y su fuerza a una crisis fenomenal. Kirchner deja el centro de la escena en un país gobernado y gobernable. Con una economía y una situación social sustentables, con previsibilidad política. En el ’74 la política era colonizada por la violencia; en 2010 se cumplen varios años de paz social muy grande (para los parámetros argentinos) y con un rumbo mejorable (como todo) pero racional. Kirchner llegó a la Casa Rosada en un país devastado, se fue en otro, aún cargado de deudas sociales y contradicciones pero indeciblemente mejor.
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Gobernante ante todo: Fue un político hasta su última hora. La noche del martes se pasó mirando números, encuestas, datos económicos, fatigando su celular. Antes que nada, fue un hombre de gobierno: recorrió todo el escalafón de cargos ejecutivos, su lugar en el mundo. Intendente de Río Gallegos, ganando su primera vez por un pelito. Después, gobernador de Santa Cruz. Siempre fue reelecto, dato digno de mención. Llegó a la presidencia cuatro años antes de lo que indicaban su ambición y su férrea voluntad, por uno de esos raros azares felices de nuestra historia. Accedió con votos prestados, con mínima legitimidad, en una nación devastada y acomplejada que apenas empezaba a levantar cabeza. Figura dominante de este siglo, captó como nadie el significado de la catástrofe de 2001, su génesis, el arduo y escarpado modo de irla repechando. El “que se vayan todos” expresaba el descrédito de la política pero no le ofrecía salida. Sin gobierno, sin Estado, sin conducción, sin dinero en caja, con casi tantas monedas como provincias, sin poder político, nada sería posible. Una población abatida, con millones de desempleados, hogares destrozados por la falta de trabajo, falta de fe individual y colectiva lo recibían. Casi nadie lo conocía, lo que incluía a muchos que lo habían votado, por descarte.
“Que se vayan todos” era un síntoma de la imperiosidad del cambio, un rechazo al pasado cercano pero no un programa de salida. Kirchner captó ese doble mensaje: supo (o mejor, decidió) que era acuciante reparar los daños causados por la dictadura, por el entreguismo desaprensivo de los ’90, la anomia del gobierno aliancista, la sumisión a los organismos internacionales de crédito. Reconstruyó el Estado, compensó los poderes fácticos acrecentando el del gobierno popular, designó a los culpables de la caída. Los fustigó con su palabra, atropellada pero clara al designar adversarios y enemigos. Polarizó y politizó, son virtudes, quedando para la polémica las dosis o las proporciones.
Pero, además, edificó un paradigma distinto. A su modo, con vectores claros y simples, eventualmente esquemáticos. Como un maestro mayor de obras, que erige una casa sencilla, eventualmente con paredes algo chingadas, pero habitable.
Había que reparar, había que compensar a las víctimas del terrorismo de Estado y de la desolación económica. No era ése el menú de moda en la Argentina, fue el que eligió, al que apostó con pocas barajas en la mano y no tantas fichas. Lo marcó asimismo la sangre derramada en los finales de los gobiernos del radical Fernando de la Rúa y Eduardo Duhalde también: debía cesar la violencia represiva, que minimizó a niveles únicos en la historia y mantuvo permitiendo un grado de movilización altísimo, que a menudo le jugó en contra.
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Giro: Se le reprocha haber cambiado su postura respecto del terrorismo de Estado, de las políticas económicas precedentes. La supuesta incoherencia fue uno de sus mayores méritos, pues (como Alfonsín en sus primeros tramos) recorrió la parábola inversa a lo que predicaba la cartilla de los gobernantes, la que observaron el menemismo, la Alianza, el propio Frepaso. La que indujo a Carlos Reutemann a aterrarse ante la perspectiva de ganar lo que, parecía, equivaldría a reprimir, bajar salarios, endeudar al fisco. Kirchner viró a izquierda, hacia un creciente protagonismo estatal, porque comprendió que se atravesaba una nueva etapa.
Combinó lo concreto con lo simbólico, seguro que con trazos gruesos. La remoción de la Corte Suprema menemista por una de mayor calidad, la derogación de las leyes de la impunidad, la bajada del cuadro de Videla, la reapertura de la ESMA, la relación más estrecha que jamás tuvo gobierno alguno con los organismos de derechos humanos vienen en combo.
También, en otro carril, el desendeudamiento (acordado en simultáneo con el presidente brasileño Lula da Silva), la virtual ruptura con el Fondo Monetario Internacional (FMI), la decisión de poner el acelerador a fondo en la economía, la creación de puestos de trabajo, la ampliación de la masa de jubilados. Todas esas acciones enfrentaron críticas lapidarias, anuncios de catástrofes, aplazos desde academias del saber o desde grupos de interés.
Los grandes humillados del cuarto de siglo que precedió su desembarco en la Rosada fueron su centro de atención: los trabajadores, las víctimas del terrorismo de Estado, los argentinos en su conjunto privados de autoestima y de conchabo.
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Economía política: Su concepción económica, que signó la etapa, es acendradamente política y uno de sus más claros lazos de parentesco con el primer peronismo. El crecimiento a todo trapo, el acelerador siempre a fondo, la promoción del consumo y del empleo conllevan un objetivo político y democrático. Estaba compelido a conseguir consenso, en parte para su proyecto político pero, especialmente, para recuperar gobernabilidad y estabilidad. La satisfacción de necesidades primarias, la posibilidad de acceder a bienes necesarios o algo suntuarios y al trabajo fueron su camino hacia la popularidad. Seguro que faltó equilibrio con otras variables, sobre todo en los últimos años, pero mete miedo pensar qué hubiera pasado sin un gobierno valorado, sin un Estado sólido, sin reservas financieras. Se cortó la continuidad decadente que destruyó la trama social entre (por lo menos) 1987 y 2002.
Pasar del desempleo al trabajo, tener unos pesos en el bolsillo y menos miedo sobre el porvenir acrecienta la autoestima, desbaratada en décadas de desvaríos.
Contaba que siendo joven, cuando salía de noche, su padre le preguntaba si tenía dinero y le daba unos pesos más, no para gastarlos sino para estar seguro. Cifraba así su propia economía política. En pocos años la Argentina disminuyó su deuda externa a niveles manejables (que aliviará a gobiernos futuros), solidificó a la AFIP y la Anses.
La puja distributiva volvió a estar en agenda, con avances institucionales que desde otras banderías se subestiman, se niegan o se detestan. Las convenciones colectivas anuales, siempre en alza, las reformas laborales progresivas sí que insuficientes, la consolidación del sistema jubilatorio forman un haz de aportes innegables. Ahora, en el purgatorio, se debate en detalle cómo cualificar esos logros, cómo redistribuir mejor, cómo elevar el piso. Cuando se estaba en el sótano, unos cuantos discutían el rumbo.
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Las cifras, el consenso, la derecha: Las cifras que enunciaba a granel (PBI, reservas, índices de crecimiento y de empleo en especial) fueron su obsesión y su fuerza. Gobernante de una crisis a la que apodó, sin mayor exageración, “el infierno” centró en ellas su atención, su gestión y una fracción relevante de su deseo. Timonel vigoroso, derivó hacia “el Purgatorio”, en un tránsito que no fue pacífico. Una derecha sin referencias políticas lo acechó siempre. Se olvida a menudo, pero la emergencia de Juan Carlos Blumberg sucedió pocos días después del inolvidable 24 de marzo de 2004. El crecimiento general, el renacimiento de las economías regionales, los costados virtuosos del “modelo” con paridad cambiaria competitiva, creación de puestos de trabajo, obra pública y acumulación de reservas le fueron ganando, si no apoyos militantes, consensos muy extendidos. En la emergencia, casi todos se aferraron al capitán de tormentas, incluyendo a las patronales, que mayormente se la llevaron con pala. Rabiaban por el ascenso de los trabajadores, por tener que pulsear en las paritarias pero acompañaban.
De un presidente ignoto, sin caudal propio, pasó, en dos elecciones seguidas, a una mayoría holgada, propia. En ese devenir, descuidó el armado político y desnudó limitaciones para ciertas destrezas políticas: contener a los propios, acariciar a los dudosos, formar nuevos cuadros, movilizar. Así, llegó en auto a las victorias de 2005 y 2007, tras redondear la mejor presidencia habida desde la primera de Perón.
En pos de la gobernabilidad se fue arrimando al peronismo y al movimiento obrero, dejando de lado su proyecto de transversalidad, que incluía una etapa superadora del bipartidismo. En parte fue porque el ensayo encontró límites fuertes, algunos derivados de impericia, otros de falta de peso de los nuevos aliados. En cualquier caso, afrontó un dilema complejo, con soluciones imperfectas en ambos casos. Hombre de gobierno, se inclinó por la que remachaba la continuidad y la estabilidad. Siempre será polémico el saldo, nunca será redondo. En la galaxia peronista, su aliado más fiel y rendidor fue la CGT conducida por Hugo Moyano, en una relación que mejoró a ambos socios, dejando heridos y asignaturas injustamente pendientes, como el reconocimiento de la Central de Trabajadores Argentinos (CTA).
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De la desconfianza a Unasur: Patagónico, desconfiado, formateado en una provincia donde todo se hace con esfuerzo propio, la política internacional le resultaba distante y hasta la sospechaba de distractiva. Supo cambiar de parecer al internalizar la necesidad de una política regional, que diera carnadura a su relato antiimperialista, irrealizable desde un solo país. También, acierto fundante, se percató de que Brasil y Lula (el mejor colega que podía tener allí) eran aliados estratégicos de la Argentina. En la Cumbre de las Américas de Mar del Plata le tomó el gustito al juego político. La vulgata dominante narra que Argentina se “aisló del mundo”, un disparate de aquellos. Jamás comerció con tantos países, jamás se ligó a tantos mercados. Y, además, jamás jugó un rol de equilibrio y pacificación en América del Sur. Argentina y Brasil primaron con activismo y compromiso para que Evo Morales fuera presidente, para que la rosca de derecha no lo derrocara, para evitar la guerra entre Colombia y Ecuador, para intentar frenar el golpismo en Honduras y para frenarlo en Ecuador.
La mejor relación que haya existido jamás con Brasil, con Chile, con Bolivia, con Venezuela, con Paraguay. El conflicto con Uruguay fue un retroceso en ese avance global, felizmente remendado bajo la gestión de Cristina Kirchner y el presidente uruguayo José Mujica.
También hubo trato privilegiado con España y una relación sensata, sí que gratamente autónoma, con Estados Unidos.
La presidencia de Unasur es otro vacío difícil de llenar. Lograda con unanimidad expresa una verdad negada por la conjura de los necios: la valoración de Kirchner trasciende las fronteras. Para Lula, para Hugo Chávez, para Michelle Bachelet, para Evo Morales, para Correa, fue un aliado de fierro y un compañero. Los demás presidentes, de otras pertenencias, reconocieron a una figura de primer nivel, a despecho de las diferencias.
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Cambio de roles: Desde el vamos, desde cuando su revalidación parecía una quimera, predicó que no iría por la reelección. Recelaba del desgaste, de la fatiga ciudadana, hablaba de una necesidad de mayor institucionalidad y menos combate. Cristina Fernández, de cualquier forma, llegó en tono de reelección que los escasos cambios de su gabinete convalidaron. El color peronista del apoyo electoral signó esa decisión.
El mandato de la Presidenta fue mucho más tormentoso que el de su predecesor. Es en parte lógico: superada la malaria y recobradas las fuerzas, muchos actores incrementaron sus demandas. En parte hubo descuidos del Gobierno. En parte, muy sustancial, la agenda institucional fue mucho más ambiciosa y fundante que la de Kirchner.
Cristina y Néstor Kirchner siempre actuaron en tándem desde 2003. Pensaban muy parecido, acordaban en casi todo. Pero el cambio de roles le costó al ex presidente, que perdió muñeca política y capacidad de negociación. Fue más intransigente y menos dúctil frente “al campo” que contra Blumberg o que negociando con los vecinalistas entrerrianos o que en las tratativas con el FMI.
Las retenciones móviles y la derrota electoral de 2009 dieron la impresión de final de ciclo. Los vaivenes del electorado son siempre dignos de atención, máxime para una fuerza populista. La reacción de la Presidenta combinó un temple enorme con la sagacidad de ampliar la agenda propia. Siempre politizando y polarizando pero buscando apoyos externos, consagró cambios institucionales notables, ajenos a su imaginario años atrás. La Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual hasta la demasiado demorada Asignación Universal por Hijo, pasando por la reestatización del sistema previsional fueron jugadas tremendas, arriesgadas, progresistas que importan (en los hechos más que en el discurso) autocríticas y correcciones de gran nivel.
En su sube y baja, el kirchnerismo quedó con menos apoyos difusos y más consistencia ideológica. También congregó militantes, en especial jóvenes, promovió organización y se consagró más a disputar el debate mediático.
En trance de mayor debilidad, jugó doble contra sencillo. En eso está ahora, siendo por lejos la primera minoría política, la que saldría puntera en la primera vuelta electoral, la que tiene mayor capacidad de movilización y de “calle”, la que imanta más adhesiones de artistas, trabajadores de la cultura y bloggers.
Con ese patrimonio, importante y aún no suficiente para lograr la proeza de tres mandatos consecutivos, llega la muerte de Néstor Kirchner.
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Desafíos: El inventario se hace interminable, acaso por impericia del cronista pero también porque hablar de Kirchner es sumirse en todas las controversias de ayer, de los próximos meses o años. Sin agotar la enumeración, cabe consignar entre los aciertos el aumento del presupuesto educativo y el matrimonio igualitario. Y entre los errores, la erosión del Indec, tan contradictoria con la tendencia general de defensa del Estado y lo público.
Un líder como Kirchner es irreemplazable y, al unísono, no tiene reposo. No sólo porque el hombre era poco afecto a parar sino porque los grandes referentes siguen batallando después de muertos.
Su lugar vacante potencia la ambición de sus adversarios, la barbarie gorila que ya empezó aflorar, el odio de una derecha recalcitrante que esta nota prefiere apenas mentar. En ese aspecto el adiós de Kirchner parece, por ahora, más semejante al de Evita, por el odio de “los otros”, que al de Perón.
La Presidenta, en un momento cruel de su vida, afronta el enorme desafío de proseguir sin su compañero de vida y de luchas. También pierde a un político fundamental, a quien todos respetaban o temían o valoraban. A un alquimista que sabía contener, motivar y conducir a dirigentes, militantes y personas de a pie.
El tándem funcionó con dificultades pero era un bastión, que en los últimos tiempos había logrado el ascenso muy parejo de ambos (con leve supremacía de la Presidenta) en imagen positiva e intención de voto.
Sobreponerse al dolor personal y a la pérdida política, mantener la gobernabilidad, contener a la fuerza propia y sumar parecen retos gigantescos. En más de tres años la Presidenta ha combinado, más vale, aciertos y falencias, aunque siempre demostró aptitud para remontar las cuestas más adversas.
Cuando Kirchner advino al poder, lo informó Horacio Verbitsky en este diario, José Claudio Escribano le dio un ultimátum y un programa, que el entonces presidente rechazó de volea. Ayer, en La Nación comenzaron a pasarle letra a la presidenta Cristina para que desista de su proyecto. La primera vez creían lo que hacían, ahora es pura parada. Todos saben que ella sostendrá sus principios y su norte.
Cuando las corporaciones, sus adversarios políticos y algunas personas vulgares festejan, el cronista recuerda a uno de ellos, el ex presidente Eduardo Duhalde. En 2003, dos periodistas de Página/12 le preguntamos si Kirchner sería su Chirolita. Duhalde respondió “los que dicen eso no lo conocen. Y menos la conocen a Cristina”. Ahora, hay menos motivos para dudar de su templanza y su vocación de militante y dirigente.
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Dolor: Es una sandez hablar de un potencial veredicto de “la historia”. La historia es política: en la Argentina no se han saldado debates sobre Rosas o Perón, menos se llegará a la unanimidad sobre Kirchner.
Confrontativo, por vocación, por estilo y porque gobernar es definir conflictos y aún atizarlos, Kirchner fue llorado ayer y seguirá siendo llorado por muchos pero no por todos. Ayer una muchedumbre colmó la Plaza de Mayo, espontánea y sufriente, en esa Capital de la que desconfiaba y que jamás lo apoyó.
Entre los que lo lloran la mayoría son humildes, muchos son jóvenes que recuperaron la sed por militar. Lo lloran las Madres de Plaza de Mayo, las Abuelas, los integrantes de la comunidad gay, cantidad de artistas y trovadores populares.
Su nombre será bandera y todos ellos tratarán de llevarla a la victoria, a la continuidad, a la coherencia.
Se lo llora y ya se lo añora en la redacción de este diario, que clamó desde su primer día por banderas que en su gobierno se plasmaron en conquistas, leyes, procesos y condenas a genocidas.
Ya lo extraña este cronista, que lo conoció en su labor profesional, lo respetó y quiso más de lo que marca la regla de la ortodoxia del “periodismo independiente”. Lo que nunca impidió discusiones, críticas o señalamientos que forman parte de la lógica del trabajo y de la política.
A la Presidenta, a su familia, a sus compañeros y a los que lo lloran van el abrazo y el saludo en un cierre tan heterodoxo como sentido.
Mario Wainfeld
Pagina 12, 28 de octubre de 2010
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Biografias
viernes 12 de noviembre de 2010
Cine Cosmos
Reabre el mítico cine Cosmos, un símbolo cultural porteño
Fue adquirido por la UBA. La inauguración será el martes. Había cerrado en 2008.
Desde los años 60, fue el cine donde pasaban las películas soviéticas. Más adelante cerró y fue templo evangélico y discoteca. Reabrió para dedicarse al cine arte, hasta que a fines de 2008 sus proyectores se apagaron. Pero no para siempre: el martes, a las 18, reabre el Cine Cosmos, que ahora será el Cosmos UBA, porque fue comprado por la Universidad de Buenos Aires para dedicarlo al cine independiente.
Hace un año, la UBA adquirió el edificio art-decó de Corrientes 2046, vecino del Centro Cultural Ricardo Rojas, por US$ 2,5 millones. La historia del lugar se remonta a 1929, cuando inauguraron el cine teatro Cataluña, con 1.200 localidades. En esa sala dio sus primeros pasos Clemente Lococo, más tarde dueño del Opera.
En 1955, Isaac Argentino Vainikoff compró al Cataluña para exhibir las películas de su distribuidora de cine soviético Artkino . El empresario tenía una larga historia de peleas con los censores, que no querían “propaganda comunista”. Al tiempo, Vainikoff cerró el cine para renovarlo y reabrirlo el 30 de agosto de 1966. Lo llamó Cosmos 70, porque tenía un proyector de 70 milímetros . Pronto tuvo su primer traspié, cuando el gobierno de Onganía ordenó que les secuestraran la película checa Los amores de una rubia , de Milos Forman.
El primer gran éxito del cine fue otro filme checo, La tienda de la calle mayor , de Ján Kadár y Elmar Klos, que estuvo 23 semanas en cartel. Otro hito fue cuando, durante la presidencia de facto de Videla, fueron autorizados a pasar durante sólo un día El acorazado Potemkin , de Sergei Eisenstein.
Fueron 6.000 personas a verla y, con el tiempo, la repusieron y estuvo meses en cartel. Después de todo, era la película favorita del almirante Rojas, que iba al Cosmos para ver filmes de ballet.
Milagrosamente, el cine sobrevivió a la dictadura, pero en 1987, después de proyectar Solaris , de Tarkovsky, cerró por diez años. Fue entonces que lo ocuparon el Pastor Giménez primero y la discoteca Halley después . Isaac Vainikoff y su hijo Luis lo reabrieron en 1997, en el antiguo pullman del primer piso. Con la baja en los espectadores, el Cosmos cerró en 2008.
“Cuando lo compró la universidad tenía pérdidas de agua, faltaba el techo, y las salas estaban muy deterioradas –cuenta Oscar García, secretario de Extensión Universitaria de la UBA–.
Lo arreglamos manteniendo su estilo de los 70 . También revela que en un oficina hallaron antiguos fotogramas de películas soviéticas y carpetas escritas en ruso. “Parecía una dependencia de la KGB”, bromea.
El martes, el cine renacerá como Cosmos UBA. En honor a su pasado, la sala principal, para 144 espectadores, se llamará “Eisenstein”. Para la reapertura, allí proyectarán “La guerra de un solo hombre”, de Edgardo Cozarinsky. La otra sala, de 30 butacas, fue bautizada “Cataluña”. “Desde 2011, el cine volverá a ser una sala del BAFICI”, dice García. El programador será el escritor Juan José Becerra: “La idea es armar una oferta de cine independiente, sobre todo de películas latinoamericanas que no tuvieron pantalla –explica–. También cine universitario. Para el invierno vamos a dar un ciclo de cine arte infantil. Nos interesa el público joven”.
Nora Sánchez
04 de Noviembre de 2010
Fue adquirido por la UBA. La inauguración será el martes. Había cerrado en 2008.
Desde los años 60, fue el cine donde pasaban las películas soviéticas. Más adelante cerró y fue templo evangélico y discoteca. Reabrió para dedicarse al cine arte, hasta que a fines de 2008 sus proyectores se apagaron. Pero no para siempre: el martes, a las 18, reabre el Cine Cosmos, que ahora será el Cosmos UBA, porque fue comprado por la Universidad de Buenos Aires para dedicarlo al cine independiente.
Hace un año, la UBA adquirió el edificio art-decó de Corrientes 2046, vecino del Centro Cultural Ricardo Rojas, por US$ 2,5 millones. La historia del lugar se remonta a 1929, cuando inauguraron el cine teatro Cataluña, con 1.200 localidades. En esa sala dio sus primeros pasos Clemente Lococo, más tarde dueño del Opera.
En 1955, Isaac Argentino Vainikoff compró al Cataluña para exhibir las películas de su distribuidora de cine soviético Artkino . El empresario tenía una larga historia de peleas con los censores, que no querían “propaganda comunista”. Al tiempo, Vainikoff cerró el cine para renovarlo y reabrirlo el 30 de agosto de 1966. Lo llamó Cosmos 70, porque tenía un proyector de 70 milímetros . Pronto tuvo su primer traspié, cuando el gobierno de Onganía ordenó que les secuestraran la película checa Los amores de una rubia , de Milos Forman.
El primer gran éxito del cine fue otro filme checo, La tienda de la calle mayor , de Ján Kadár y Elmar Klos, que estuvo 23 semanas en cartel. Otro hito fue cuando, durante la presidencia de facto de Videla, fueron autorizados a pasar durante sólo un día El acorazado Potemkin , de Sergei Eisenstein.
Fueron 6.000 personas a verla y, con el tiempo, la repusieron y estuvo meses en cartel. Después de todo, era la película favorita del almirante Rojas, que iba al Cosmos para ver filmes de ballet.
Milagrosamente, el cine sobrevivió a la dictadura, pero en 1987, después de proyectar Solaris , de Tarkovsky, cerró por diez años. Fue entonces que lo ocuparon el Pastor Giménez primero y la discoteca Halley después . Isaac Vainikoff y su hijo Luis lo reabrieron en 1997, en el antiguo pullman del primer piso. Con la baja en los espectadores, el Cosmos cerró en 2008.
“Cuando lo compró la universidad tenía pérdidas de agua, faltaba el techo, y las salas estaban muy deterioradas –cuenta Oscar García, secretario de Extensión Universitaria de la UBA–.
Lo arreglamos manteniendo su estilo de los 70 . También revela que en un oficina hallaron antiguos fotogramas de películas soviéticas y carpetas escritas en ruso. “Parecía una dependencia de la KGB”, bromea.
El martes, el cine renacerá como Cosmos UBA. En honor a su pasado, la sala principal, para 144 espectadores, se llamará “Eisenstein”. Para la reapertura, allí proyectarán “La guerra de un solo hombre”, de Edgardo Cozarinsky. La otra sala, de 30 butacas, fue bautizada “Cataluña”. “Desde 2011, el cine volverá a ser una sala del BAFICI”, dice García. El programador será el escritor Juan José Becerra: “La idea es armar una oferta de cine independiente, sobre todo de películas latinoamericanas que no tuvieron pantalla –explica–. También cine universitario. Para el invierno vamos a dar un ciclo de cine arte infantil. Nos interesa el público joven”.
Nora Sánchez
04 de Noviembre de 2010
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Barrio de Balvanera,
Museos y Lugares Historicos
Banco Nacion
Los otros tesoros del Banco Nación
Secreta Buenos Aires Para algunos, la gran puerta de entrada de Buenos Aires es el ancho Río de la Plata. Otros la ubican en alguna cabecera ferroviaria, en la Terminal de Omnibus o en el Aeroparque Jorge Newbery. Pero si de grandes puertas se trata, la Ciudad tiene unas que, por ubicación, tamaño y estructura, se destacan: son las ocho que muestra el imponente edificio central del Banco de la Nación Argentina.
Instaladas en esa espectacular obra inaugurada oficialmente hace 66 años y que se luce frente a la Plaza de Mayo, las puertas realizadas en hierro y bronce se accionan con un sistema electromecánico manejado con una central de relojes. Y moverlas en cada apertura o cierre demanda unos cinco minutos. ¿Por qué? La respuesta es muy simple: cada una tiene un peso que varía entre las diez y las diecisiete toneladas. Es decir: tanto como uno de esos gigantescos camiones que, cargados, circulan cada día a unos metros de allí, por la vecina y transitada avenida Eduardo Madero.
Pero aunque llamen la atención, las puertas no son el único tesoro de ese edificio que ocupa toda la manzana delimitada por la avenida Rivadavia y las calles Reconquista, Bartolomé Mitre y 25 de Mayo. Pensada a fines de los años 30 por el arquitecto Alejandro Gabriel Bustillo Madero (1889-1982), la obra posee 40 metros de altura medidos desde el nivel de la calle y unos 100.000 metros cuadrados de superficie cubierta.
Por fuera, el edificio está recubierto de una piedra especial traída desde la zona de Balcarce. Adentro, en cambio, las paredes exhiben una superficie hecha con mármol travertino y los pisos son de granito. En los despachos se lucen revestimientos confeccionados con maderas de cedro y caoba. También hay otros dos datos asombrosos que sirven para darle dimensión a la obra: los corredores de todo el edificio suman unos cinco kilómetros y se calcula que existen unas 1.600 puertas.
Y como si todo esto no fuera suficiente para otorgarle categoría de obra maestra, la sede principal del Banco Nación tiene algo mucho más impactante aún: su cúpula central. Considerada en el nivel de las más imponentes del mundo (entre las que se destacan la de San Pedro, en el Vaticano; la del Capitolio, en Washington; y la del Duomo de Florencia, en Italia), la bóveda porteña tiene 36 metros de altura y 50 de diámetro.
La estructura corona la convergencia de cuatro diagonales que en la planta baja salen desde cada esquina de la construcción y desembocan en un gran salón sin columnas, rodeado apenas por ocho pilares que se encargan de recibir toda la carga del edificio, calculada en más de 50.000 toneladas.
Los datos asombrosos de semejante construcción se completan con las estructuras del segundo subsuelo, donde están las casi 12.000 cajas de seguridad y el gran tesoro del banco, un gigantesco cuadrado de 50 por 50 metros y cuatro de altura. Según datos del propio Bustillo, esa estructura está apoyada en pilares de casi un metro y rodeado de paredes que adentro contienen láminas de hierro ondulado, para evitar perforaciones. Además, en caso de incendio, el tesoro se inunda en menos de quince minutos.
Es, esa zona del subsuelo, la que algunos denominan “el hueco de las ánimas”, como se conocía al gran terreno donde está ahora el banco. Allí, en tiempos de la colonia había existido un enterratorio. Y dicen que, cada tanto, por el lugar circulan algunos fantasmas de los muchos que transitan Buenos Aires. Pero esa es otra historia.
Eduardo Parise
Clarin, 25 de octubre de 2010
Secreta Buenos Aires Para algunos, la gran puerta de entrada de Buenos Aires es el ancho Río de la Plata. Otros la ubican en alguna cabecera ferroviaria, en la Terminal de Omnibus o en el Aeroparque Jorge Newbery. Pero si de grandes puertas se trata, la Ciudad tiene unas que, por ubicación, tamaño y estructura, se destacan: son las ocho que muestra el imponente edificio central del Banco de la Nación Argentina.
Instaladas en esa espectacular obra inaugurada oficialmente hace 66 años y que se luce frente a la Plaza de Mayo, las puertas realizadas en hierro y bronce se accionan con un sistema electromecánico manejado con una central de relojes. Y moverlas en cada apertura o cierre demanda unos cinco minutos. ¿Por qué? La respuesta es muy simple: cada una tiene un peso que varía entre las diez y las diecisiete toneladas. Es decir: tanto como uno de esos gigantescos camiones que, cargados, circulan cada día a unos metros de allí, por la vecina y transitada avenida Eduardo Madero.
Pero aunque llamen la atención, las puertas no son el único tesoro de ese edificio que ocupa toda la manzana delimitada por la avenida Rivadavia y las calles Reconquista, Bartolomé Mitre y 25 de Mayo. Pensada a fines de los años 30 por el arquitecto Alejandro Gabriel Bustillo Madero (1889-1982), la obra posee 40 metros de altura medidos desde el nivel de la calle y unos 100.000 metros cuadrados de superficie cubierta.
Por fuera, el edificio está recubierto de una piedra especial traída desde la zona de Balcarce. Adentro, en cambio, las paredes exhiben una superficie hecha con mármol travertino y los pisos son de granito. En los despachos se lucen revestimientos confeccionados con maderas de cedro y caoba. También hay otros dos datos asombrosos que sirven para darle dimensión a la obra: los corredores de todo el edificio suman unos cinco kilómetros y se calcula que existen unas 1.600 puertas.
Y como si todo esto no fuera suficiente para otorgarle categoría de obra maestra, la sede principal del Banco Nación tiene algo mucho más impactante aún: su cúpula central. Considerada en el nivel de las más imponentes del mundo (entre las que se destacan la de San Pedro, en el Vaticano; la del Capitolio, en Washington; y la del Duomo de Florencia, en Italia), la bóveda porteña tiene 36 metros de altura y 50 de diámetro.
La estructura corona la convergencia de cuatro diagonales que en la planta baja salen desde cada esquina de la construcción y desembocan en un gran salón sin columnas, rodeado apenas por ocho pilares que se encargan de recibir toda la carga del edificio, calculada en más de 50.000 toneladas.
Los datos asombrosos de semejante construcción se completan con las estructuras del segundo subsuelo, donde están las casi 12.000 cajas de seguridad y el gran tesoro del banco, un gigantesco cuadrado de 50 por 50 metros y cuatro de altura. Según datos del propio Bustillo, esa estructura está apoyada en pilares de casi un metro y rodeado de paredes que adentro contienen láminas de hierro ondulado, para evitar perforaciones. Además, en caso de incendio, el tesoro se inunda en menos de quince minutos.
Es, esa zona del subsuelo, la que algunos denominan “el hueco de las ánimas”, como se conocía al gran terreno donde está ahora el banco. Allí, en tiempos de la colonia había existido un enterratorio. Y dicen que, cada tanto, por el lugar circulan algunos fantasmas de los muchos que transitan Buenos Aires. Pero esa es otra historia.
Eduardo Parise
Clarin, 25 de octubre de 2010
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Nuevas Reservas
La Argentina suma dos nuevas áreas protegidas
La Nacion, 24 de octubre de 2010
En Salta se creará la Reserva Nacional General Pizarro (será cedida a la Administración de Parques Nacionales por la provincia) y en Santa Fe se transformará en parque nacional una zona de islas, pastizales, bosques ribereños, flora y fauna a 50 km de Rosario.
La Reserva Pizarro fue creada a fines de 1995, comprende 25.000 hectáreas y constituye la única en nuestro país que resguarda una muestra de la biodiversidad del quebrachalchaqueño y la Selva de Yungas en forma continua.
El área permite conservar sectores de transición entre la selva pedemontana de las Yungas y del Chaco semiárido, dos de las regiones naturales más amenazadas por el avance de la frontera agropecuaria.
En Santa Fe, por su parte, el espacio protegido se denominará Parque Nacional Islas de Santa Fe, a 50 kilómetros al norte de Rosario, sobre el río Paraná.
La Nacion, 24 de octubre de 2010
En Salta se creará la Reserva Nacional General Pizarro (será cedida a la Administración de Parques Nacionales por la provincia) y en Santa Fe se transformará en parque nacional una zona de islas, pastizales, bosques ribereños, flora y fauna a 50 km de Rosario.
La Reserva Pizarro fue creada a fines de 1995, comprende 25.000 hectáreas y constituye la única en nuestro país que resguarda una muestra de la biodiversidad del quebrachalchaqueño y la Selva de Yungas en forma continua.
El área permite conservar sectores de transición entre la selva pedemontana de las Yungas y del Chaco semiárido, dos de las regiones naturales más amenazadas por el avance de la frontera agropecuaria.
En Santa Fe, por su parte, el espacio protegido se denominará Parque Nacional Islas de Santa Fe, a 50 kilómetros al norte de Rosario, sobre el río Paraná.
jueves 11 de noviembre de 2010
Carlos Gardel
Revelan cartas inéditas de Gardel
También recuperaron fotos y documentos originales. Son 160 y el Zorzal las escribió entre 1932 y 1935. Las editarán en un libro.
Querida viejita: aquí me tenés como siempre, muy contento porque sé que estás bien y contenta. ( ...) Yo gracias a Dios (toco madera), me encuentro muy bien de salud, de espíritu y de trabajo, todo muy importante en estos tiempos. Bueno mamita, ya sabés, saludá a todos de mi parte. De mi viejita no puedo decir nada pues cada vez la encuentro más guapa y fuerte, total todavía nos quedan 50 años de vida a cada uno”.
La carta está fechada en Nueva York, el 13 de febrero de 1935. Está escrita a máquina, pero la despedida es a puño y letra. El que escribe es Carlos Gardel, a cuatro meses de su muerte. Es una carta inédita y una de las “joyitas” de “Archivo Gardel”, el libro que se presentó ayer en la Legislatura porteña y que en pocos días estará a la venta. La publicación reúne fotos, unas 160 cartas y contratos que fueron encontrados en 2008 por casualidad en el sótano de la casa de Córdoba de Armando Defino, su apoderado y albacea.
“Hay un total de 160 documentos manuscritos y mecanografiados de los intercambios epistolares de Gardel, que a veces escribía él mismo y otras dictaba a un secretario y firmaba al pie. Gardel las despachó entre 1932 y 1935”, apunta Enrique Espina Rawson, presidente del Centro de Estudios Gardelianos. Para el compilador, los documentos son indispensables para conocer “al verdadero Gardel” . La presentación se dio en el marco de la conmemoración de los 120 años del nacimiento del “Zorzal criollo”, que se cumplen en diciembre.
El libro, de 304 páginas, incluye una foto inédita tomada en Buenos Aires cuando Carlos Gardel tenía alrededor de tres años y el cabello casi hasta los hombros, otra imagen inédita del cantante con su familia durante una visita a la ciudad francesa de Toulouse –donde nació el 11 de diciembre de 1890–, contratos originales con la cinematográfica Paramount y la discográfica RCA-Victor, así como la contabilidad de los giros de dinero del artista desde Estados Unidos a Buenos Aires.
¿Una perlita? Un sugestivo telegrama que la actriz Mona Maris le mandó el 16 de junio de 1934 a Gardel para decirle que estuvo enferma, que lo extraña mucho y rogarle que le escriba “cualquier cosita”. Maris y Gardel se conocieron cuando filmaron “Cuesta abajo”, en 1934. Siempre se dijo que la pareja vivió un romance.
Todos los documentos que ahora están reunidos en el libro fueron encontrados en Río Ceballos, provincia de Córdoba, dentro de baúles que durante décadas permanecieron tapados bajo unas lonas en el sótano de la casa de Adela Blasco, viuda de Defino. En 2008, luego del fallecimiento de la mujer, sus hijas decidieron vender la casa y fueron a limpiarla. La sorpresa fue que encontraron una valija que decía “cosas de Gardel”. Allí estaban las 160 cartas, además de las fotos, contratos y telegramas que hoy forman “Archivo Gardel”, junto a otros documentos que conserva el Centro de Estudios Gardelianos.
Espina Rawson, autor del libro junto al diseñador gráfico uruguayo Alfredo Echániz –yerno de Blasco–, asegura que los documentos estaban tan bien embalados que los encontraron en perfectas condiciones. “Es que Defino era muy meticuloso y guardaba todo. Buscamos esos documentos durante muchos años”, explica. El libro estará a la venta en los próximos días, editado por Proa Editores, y su precio rondaría los $ 300
Victoria De Masi
Clarin, 19 de Octubre de 2010
También recuperaron fotos y documentos originales. Son 160 y el Zorzal las escribió entre 1932 y 1935. Las editarán en un libro.
Querida viejita: aquí me tenés como siempre, muy contento porque sé que estás bien y contenta. ( ...) Yo gracias a Dios (toco madera), me encuentro muy bien de salud, de espíritu y de trabajo, todo muy importante en estos tiempos. Bueno mamita, ya sabés, saludá a todos de mi parte. De mi viejita no puedo decir nada pues cada vez la encuentro más guapa y fuerte, total todavía nos quedan 50 años de vida a cada uno”.
La carta está fechada en Nueva York, el 13 de febrero de 1935. Está escrita a máquina, pero la despedida es a puño y letra. El que escribe es Carlos Gardel, a cuatro meses de su muerte. Es una carta inédita y una de las “joyitas” de “Archivo Gardel”, el libro que se presentó ayer en la Legislatura porteña y que en pocos días estará a la venta. La publicación reúne fotos, unas 160 cartas y contratos que fueron encontrados en 2008 por casualidad en el sótano de la casa de Córdoba de Armando Defino, su apoderado y albacea.
“Hay un total de 160 documentos manuscritos y mecanografiados de los intercambios epistolares de Gardel, que a veces escribía él mismo y otras dictaba a un secretario y firmaba al pie. Gardel las despachó entre 1932 y 1935”, apunta Enrique Espina Rawson, presidente del Centro de Estudios Gardelianos. Para el compilador, los documentos son indispensables para conocer “al verdadero Gardel” . La presentación se dio en el marco de la conmemoración de los 120 años del nacimiento del “Zorzal criollo”, que se cumplen en diciembre.
El libro, de 304 páginas, incluye una foto inédita tomada en Buenos Aires cuando Carlos Gardel tenía alrededor de tres años y el cabello casi hasta los hombros, otra imagen inédita del cantante con su familia durante una visita a la ciudad francesa de Toulouse –donde nació el 11 de diciembre de 1890–, contratos originales con la cinematográfica Paramount y la discográfica RCA-Victor, así como la contabilidad de los giros de dinero del artista desde Estados Unidos a Buenos Aires.
¿Una perlita? Un sugestivo telegrama que la actriz Mona Maris le mandó el 16 de junio de 1934 a Gardel para decirle que estuvo enferma, que lo extraña mucho y rogarle que le escriba “cualquier cosita”. Maris y Gardel se conocieron cuando filmaron “Cuesta abajo”, en 1934. Siempre se dijo que la pareja vivió un romance.
Todos los documentos que ahora están reunidos en el libro fueron encontrados en Río Ceballos, provincia de Córdoba, dentro de baúles que durante décadas permanecieron tapados bajo unas lonas en el sótano de la casa de Adela Blasco, viuda de Defino. En 2008, luego del fallecimiento de la mujer, sus hijas decidieron vender la casa y fueron a limpiarla. La sorpresa fue que encontraron una valija que decía “cosas de Gardel”. Allí estaban las 160 cartas, además de las fotos, contratos y telegramas que hoy forman “Archivo Gardel”, junto a otros documentos que conserva el Centro de Estudios Gardelianos.
Espina Rawson, autor del libro junto al diseñador gráfico uruguayo Alfredo Echániz –yerno de Blasco–, asegura que los documentos estaban tan bien embalados que los encontraron en perfectas condiciones. “Es que Defino era muy meticuloso y guardaba todo. Buscamos esos documentos durante muchos años”, explica. El libro estará a la venta en los próximos días, editado por Proa Editores, y su precio rondaría los $ 300
Victoria De Masi
Clarin, 19 de Octubre de 2010
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Homero Manzi
Pompeya, barrio de Manzi
Si uno quiere encontrar datos para adentrarse en la vida cotidiana de la ciudad y su gente, la poesía del tango siempre es referencia ineludible. Y vale tanto para antes como para ahora. Por eso, si se trata de conocer cómo era el barrio de Nueva Pompeya y qué se mantiene aún en esa zona del sur porteño, hay que recurrir a la obra de Homero Manzi, un santiagueño nacido en Añatuya pero que supo reflejar y querer a Buenos Aires como pocos.
Manzi, poeta por sobre todo, dejó tres obras –luego convertidas en tangos memorables– en las que están las imágenes de lo que era ese territorio de frontera en el que convivían la ciudad y el “barro y pampa” con su “perfume de yuyos y de alfalfa”. Esos poemas son Barrio de tango (1942), Sur (1948) y Manoblanca (1941). A los dos primeros les puso música Aníbal Troilo; al otro, Antonio De Bassi.
En la historia de estos versos hay un dato clave. Entre 1921 y 1923, el poeta (entonces un adolescente) fue alumno pupilo en el Colegio Luppi, una institución que desde 1897 y hasta 1927 funcionó en la pequeña manzana triangular de las calles Tabaré, Esquiú y Lanza (hoy Homero Manzi). En el primer piso de ese edificio estaban las habitaciones que ocupaban los jóvenes. Y desde allí Manzi vio, en directo y sin interferencias, ese paisaje que volcó en sus obras. Claro, en ese tiempo no había Internet para navegar ni LCD para recibir imágenes y aquella ventana era su atalaya hacia el mundo que lo rodeaba. Hoy, sobre el bar El Buzón, queda parte de aquel colegio.
La “esquina del herrero” era la de Centenera casi Tabaré. Entonces no existía la actual cortada Colombo Leoni (apellido del histórico director del colegio Luppi) donde estaba el portón en el que se veía a “las chatas entrando al corralón”. Cuentan que en ese taller del tropero Antonio Musladino trabajaban cuatro herreros: Manolo, Armando, Gumersindo y Norberto.
Justamente Oscar, uno de los hijos de Musladino, es el personaje que Manzi tomó para Manoblanca , el carrerito que apuraba a sus caballos para llegar hasta Centenera y Tabaré, el lugar donde “esta noche me esperan sus ojos” y actual sede del museo que lleva el nombre de ese tango. Manoblanca se llamaba uno de los ruanos que tiraban “la chata celeste con las dos iniciales pintadas a mano” (el otro era Porteñito), aunque otra leyenda dice que así apodaban a Oscar Musladino porque por su poca afición al trabajo tenía la mano blanca; es decir: sin callosidades.
El “paredón” era el de la curtiembre que se mantiene sobre Centenera al 3300, aunque para otros es el que está en Esquiú al 1300. El “farol balanceando en la barrera” podía verse a metros de Centenera y la actual Perito Moreno, casi junto a los terraplenes del ferrocarril que paraban la inundación. Allí también quedaba impregnado en el aire “el misterio de adiós que siembra el tren”.
Un poco más cerca del colegio, en Centenera y Corrales, estaba el almacén y despacho de bebidas La Laguna que, desde 1890, tenía la familia Serventi. Esa era “la luz de almacén” que el Manzi adolescente miraba desde su ventana. Enfrente, en la actualidad está el Centro de Gestión y Participación Comunal 4.
Hoy Pompeya ya no tiene carros, farolitos a kerosén ni “sapos redoblando en la laguna”, aunque conserva lugares de leyenda como el Barrio La Colonia. Pero esa es otra historia.
Clarin, 18 de octubre de 2010
Eduardo Parise
Si uno quiere encontrar datos para adentrarse en la vida cotidiana de la ciudad y su gente, la poesía del tango siempre es referencia ineludible. Y vale tanto para antes como para ahora. Por eso, si se trata de conocer cómo era el barrio de Nueva Pompeya y qué se mantiene aún en esa zona del sur porteño, hay que recurrir a la obra de Homero Manzi, un santiagueño nacido en Añatuya pero que supo reflejar y querer a Buenos Aires como pocos.
Manzi, poeta por sobre todo, dejó tres obras –luego convertidas en tangos memorables– en las que están las imágenes de lo que era ese territorio de frontera en el que convivían la ciudad y el “barro y pampa” con su “perfume de yuyos y de alfalfa”. Esos poemas son Barrio de tango (1942), Sur (1948) y Manoblanca (1941). A los dos primeros les puso música Aníbal Troilo; al otro, Antonio De Bassi.
En la historia de estos versos hay un dato clave. Entre 1921 y 1923, el poeta (entonces un adolescente) fue alumno pupilo en el Colegio Luppi, una institución que desde 1897 y hasta 1927 funcionó en la pequeña manzana triangular de las calles Tabaré, Esquiú y Lanza (hoy Homero Manzi). En el primer piso de ese edificio estaban las habitaciones que ocupaban los jóvenes. Y desde allí Manzi vio, en directo y sin interferencias, ese paisaje que volcó en sus obras. Claro, en ese tiempo no había Internet para navegar ni LCD para recibir imágenes y aquella ventana era su atalaya hacia el mundo que lo rodeaba. Hoy, sobre el bar El Buzón, queda parte de aquel colegio.
La “esquina del herrero” era la de Centenera casi Tabaré. Entonces no existía la actual cortada Colombo Leoni (apellido del histórico director del colegio Luppi) donde estaba el portón en el que se veía a “las chatas entrando al corralón”. Cuentan que en ese taller del tropero Antonio Musladino trabajaban cuatro herreros: Manolo, Armando, Gumersindo y Norberto.
Justamente Oscar, uno de los hijos de Musladino, es el personaje que Manzi tomó para Manoblanca , el carrerito que apuraba a sus caballos para llegar hasta Centenera y Tabaré, el lugar donde “esta noche me esperan sus ojos” y actual sede del museo que lleva el nombre de ese tango. Manoblanca se llamaba uno de los ruanos que tiraban “la chata celeste con las dos iniciales pintadas a mano” (el otro era Porteñito), aunque otra leyenda dice que así apodaban a Oscar Musladino porque por su poca afición al trabajo tenía la mano blanca; es decir: sin callosidades.
El “paredón” era el de la curtiembre que se mantiene sobre Centenera al 3300, aunque para otros es el que está en Esquiú al 1300. El “farol balanceando en la barrera” podía verse a metros de Centenera y la actual Perito Moreno, casi junto a los terraplenes del ferrocarril que paraban la inundación. Allí también quedaba impregnado en el aire “el misterio de adiós que siembra el tren”.
Un poco más cerca del colegio, en Centenera y Corrales, estaba el almacén y despacho de bebidas La Laguna que, desde 1890, tenía la familia Serventi. Esa era “la luz de almacén” que el Manzi adolescente miraba desde su ventana. Enfrente, en la actualidad está el Centro de Gestión y Participación Comunal 4.
Hoy Pompeya ya no tiene carros, farolitos a kerosén ni “sapos redoblando en la laguna”, aunque conserva lugares de leyenda como el Barrio La Colonia. Pero esa es otra historia.
Clarin, 18 de octubre de 2010
Eduardo Parise
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Barrio de Pompeya
Cronicas de Tierra del Fuego
Con el timón al sur
Crónica de un viaje por las gélidas aguas del fin del mundo, siguiendo las huellas del naturalista inglés Charles Darwin. Desde Ushuaia hacia la Patagonia chilena a bordo de un crucero de expedición que atraviesa el canal de Beagle, el estrecho de Magallanes y el mítico cabo de Hornos, entre glaciares y fiordos.
En bahía Wulaia existió uno de los más grandes asentamientos de pueblos originarios.
Ushuaia luce espléndida desde la cubierta, aun con el manto de niebla que cubre la ciudad. La brisa del fin del mundo acompaña el vuelo de las gaviotas que revolotean alrededor de la embarcación, hasta que el estruendo del claxon rompe el silencio reinante y anuncia la partida. Nos internamos en el canal de Beagle, rumbo sur, hacia el mítico cabo de Hornos.
Es hora de las presentaciones de rigor: el capitán y la tripulación del Vía Australis –uno de los cruceros de expedición que realiza la travesía desde Ushuaia a Punta Arenas, en Chile– nos dan la bienvenida a bordo. Son alrededor de las nueve y media de la noche ¿o de la tarde? y por las ventanillas del salón comedor entra una luz que desorienta. Es que por estas latitudes el atardecer se hace rogar. En la hoja de ruta está marcada la hora exacta de la puesta del sol para las 21.55, y del amanecer para las 04.53.
La noche es movidita, y durante ese breve lapso de oscuridad despertamos de un sobresalto: la embarcación se sacude violentamente. Entramos en mar abierto camino al primer destino en este itinerario de tres noches. El cabo de Hornos es el punto más austral del mundo antes de la Antártida, y le ha quitado el sueño a más de un explorador, comenzando por Charles Darwin, el naturalista inglés que hace 150 años cambió el rumbo de la ciencia con sus ideas acerca de la evolución de las especies.
Darwin recorrió estos pagos australes entre 1833 y 1834, a bordo de la fragata HMS Beagle, capitaneada por el experto Robert Fitz Roy, y es aquí donde comenzó a desarrollar sus revolucionarias teorías mediante la observación de especies para él exóticas de la Patagonia. Hoy en día, el mismo derrotero del naturalista y otros intrépidos exploradores y corsarios de antaño se puede realizar a bordo de navíos seguros y confortables, a años luz de los que navegaron Fernando de Magallanes, William Drake o el propio Darwin, quienes arriesgaban todo contra viento y marea en aquellos viajes por la geografía indómita de una Patagonia virgen.
En el fiordo Alacalufe, se abordan los zodiacs para llegar al pie del glaciar Nena.
EL CABO MAS TEMIDO “Su atención por favor, estimados pasajeros: nos estamos aproximando al cabo de Hornos. Si las condiciones climáticas lo permiten, el desembarco será a las siete. El desayuno para madrugadores está servido en el salón Yámana”, anuncia la voz de una tripulante por los altoparlantes.
Son las seis, hay que levantarse, vestirse con un montón de ropa abrigadísima, sumarle el chaleco salvavidas, y aguardar hasta que el capitán decida si es posible o no desembarcar en el cabo. Darwin lo intentó y no pudo; el clima le jugó una mala pasada y su sueño de poner un pie allí quedó trunco. Así plasmó su profundo desencanto en el diario de viaje: “Parece que el cabo de Hornos exige que le paguemos tributo, y antes de cerrar la noche nos envía una espantosa tempestad” y al aproximarnos de nuevo a tierra al día siguiente, percibimos este famoso promontorio, envuelto en brumas y rodeado de un verdadero huracán de viento y agua. Inmensas nubes oscurecen el cielo, las sacudidas del viento y granizo nos asedian con tan ruda violencia que el capitán decide guarecerse en el abra Wigwam, un excelente puertecillo situado a poca distancia, y allí echamos el ancla precisamente el día de Nochebuena”.
En la cubierta, el viento helado contribuye al difícil despertar. Está nublado, y los guías de expedición se alejan en los botes zodiac hacia la escarpada costa para determinar si pisaremos la leyenda o no. Vuelven con buenas noticias: vamos a desembarcar.
Bajar no es nada fácil; el agua está a cuatro grados y caerse no es recomendable. El hombre que hace las veces de barman a bordo aguarda enfundado en un traje de neoprene y sumergido hasta el cuello para sostener los botes. El oleaje es fuerte y el descenso requiere una técnica repetida una y otra vez por los guías, que ayudan a sostener a cada pasajero.
Luego hay que subir una escalera de 160 peldaños que parece sin fin. Pero qué importa, ya estamos en cabo firme. Este lugar fue descubierto en 1616 por una expedición holandesa organizada por Isaac Le Maire, y declarado Reserva de la Biosfera por la Unesco en junio de 2005. Es un punto estratégico donde las aguas del Atlántico y el Pacífico se chocan y se funden, formando enormes olas que en tiempos remotos hicieron naufragar, sin dejar rastro alguno, a varios navegantes que se aventuraban en estos mares.
El viento sacude con violencia y se hace extremadamente difícil andar. Comienza a granizar y hay que caminar de espaldas para que las piedras no lastimen el rostro. Recorremos una larga pasarela de madera rumbo al monumento al cabo de Hornos, la escultura de hierro de un albatros –ave insignia de los hombres de mar– inaugurada en el año 1992 por iniciativa de la sección chilena de la cofradía de los “Cap Horniers” (la asociación que reúne a los capitanes que al mando de un barco hayan cruzado el meridiano del cabo de Hornos). Las ráfagas, de más de 30 nudos (70 kilómetros por hora), apenas permiten sacar las cámaras y arriesgar una instantánea bajo la célebre obra de arte.
En punta Espolón, al otro lado de la isla, se encuentra el faro más austral del planeta. Allí, en medio de la desolación reinante, vive una familia chilena –con televisión e Internet satelital– que tiene a su cargo tareas de control de tráfico, una oficina postal y la venta de souvenirs.
El crucero Vía Australis navega por las heladas aguas del extremo sur.
EL NATURALISTA Y LOS ABORIGENES Por la tarde, luego de una interesante charla acerca de Darwin en Patagonia, en la que el guía Rodrigo Fuentes repasa exhaustivamente la actividad del científico en el mismo sitio donde navegamos, desembarcamos en bahía Wulaia. Es un hermoso sitio, rodeado de leyendas sobre el que fue uno de los más grandes asentamientos de pueblos originarios de la región, el mismo en donde el naturalista inglés tuvo contacto con los yámanas por primera vez. Nómades y canoeros, las tribus subsistían gracias a la pesca y la caza de lobos marinos, mientras sus mujeres se arrojaban a las gélidas aguas completamente desnudas a bucear en busca de moluscos. Se embadurnaban el cuerpo con grasa y aceite de lobo o ballenas para protegerse del frío, aunque también se cubrían con pieles de animales.
Durante su viaje anterior, Fitz Roy había llevado cuatro nativos a Inglaterra en un intento por “civilizarlos”. Les dieron los nombres de York Minster, Fuegia Basket, Jemmy Button y Boat Memory. El “objetivo”, en parte, fue logrado mientras vivieron en suelo inglés. Aprendieron el idioma, fueron evangelizados, se vistieron a la usanza local y llegaron a tomar el té con los reyes. Pero de vuelta en Tierra del Fuego recuperaron sus viejas costumbres, como la de andar desnudos, y desaparecieron entre los suyos sin dejar rastro alguno.
La primera impresión que tuvo Darwin al observarlos de regreso en su hábitat fue de espanto, al punto que les dedicó una brutal descripción en su bitácora: “En verdad que nunca había visto criaturas más abyectas y miserables. En la costa oriental llevan capas de guanaco, y en la occidental se cubren con pieles de foca... Estos desgraciados salvajes tienen el cuerpo achaparrado, el rostro deforme, cubierto de pintura blanca, la piel sucia y grasienta, los cabellos enmarañados, la voz discordante y los gestos violentos. Cuando se los ve cuesta trabajo creer que son seres humanos, habitantes del mismo mundo que nosotros”. Tiempo después, sin embargo, el científico se retractaría.
El clima cambia repentinamente por estas latitudes, y la tarde se presenta un tanto más soleada y agradable que la hostil mañana. El desembarco en la bahía es más simple que en el cabo. Una vieja casona, que fue el hogar de una familia granjera hasta principios de siglo XX, es hoy un centro de interpretación.
Hay dos alternativas para recorrer este paraje donde reina el bosque magallánico, poblado de lengas, coihues, canelos y helechos, y sobrevolado por una gran cantidad de albatros, cormoranes y gaviotas: aventurarse en un trekking hasta lo más alto, donde se obtiene una hermosa panorámica y se puede llegar a observar una pareja de castores en su castorera, o disfrutar de una caminata más suave por la costa. Como broche final de la visita, un whisky con verdadero hielo glaciar bajo un bondadoso sol austral.
El monumento al cabo de Hornos, donde las aguas del Atlántico y el Pacífico se chocan.
RUMBO A LOS GLACIARES Navegando nuevamente por el estrecho canal de Beagle, donde el oleaje es mucho menor, la segunda noche se presenta más serena y el sueño más fácil de conciliar. No es necesario madrugar, ya que solo desembarcaremos por la tarde, pero la actividad a bordo no cesa: una charla sobre el estrecho de Magallanes, una clase de nudos marineros y una introducción al vino chileno por parte del maître amenizan la mañana.
Pasado el mediodía, el Vía Australis se interna en el Seno Chico, que lleva hacia el punto de un nuevo desembarco, la entrada del fiordo Alacalufe. Abordamos los zodiacs para llegar al pie de los imponentes glaciares Piloto y Nena. El agua está llena de bloques de hielo a la deriva y Rodrigo, el guía, se esfuerza en recogerlos para abastecer el bar.
A medida que nos adentramos en el fiordo, varios cormoranes que anidan en sus paredones de piedra revolotean alrededor. Llevan comida para sus pichones, que están aprendiendo a volar. Los botes se estacionan a pocos metros de los imponentes y milenarios glaciares, probablemente destinados a desaparecer a causa del calentamiento global, aunque algunos científicos sostienen que su lenta extinción es parte de un ciclo natural.
Cada tanto suceden pequeños desprendimientos. Los guías piden calma para poder escuchar, justamente, los sonidos del silencio, tan abrumador como la impresión que causa estar en este rincón de fría belleza. Un rato después, volvemos a bordo. Por la noche somos agasajados con una suculenta cena de despedida, con centolla, congrio y otras delicias marinas. Más tarde habrá un brindis y el tradicional remate de la carta de navegación original.
La isla Magdalena, hogar de una colonia de unos 85.000 pingüinos de Magallanes.
LA ISLA DE LOS PINGÜINOS El Vía Australis surca el estrecho de Magallanes rumbo a Punta Arenas, destino final de esta travesía. Según indica el itinerario, el sol despuntará en el horizonte a las 4.53. Este cronista se ve en la obligación de presenciar al menos un amanecer en el fin del mundo y está de pie en la cubierta a las 4.30 de la mañana, tiritando de frío. El esfuerzo vale la pena, un sol amarillo furioso surge en el horizonte austral.
A las 6.00, la voz del oficial de turno invita gentilmente a un café y a asistir a las instrucciones pertinentes para el descenso. El último sitio por visitar es la isla Magdalena, hogar de una colonia de unos 85.000 pingüinos de Magallanes, además de gran cantidad de cormoranes, caiquenes, skúas, gaviotas, carancas, palomas antárticas y bandurrias.
La isla está protegida por la Corporación Nacional Forestal, encargada de velar por la vida animal y silvestre en territorio chileno. El cielo está limpio, de un celeste intenso, y desde el crucero se divisa el faro rojo y blanco donde funciona un centro de interpretación ambiental, rodeado de miles de pingüinos que se ven como pequeños puntitos negros.
Otra vez abordar los zodiacs, vientito en la cara, el agua helada que salpica cada tanto. En un breve lapso estamos con los pies en tierra firme, cara a cara con estas entrañables aves que visten de frac. Nos explican que pueden estresarse si hay demasiada cercanía, pero no parecen muy preocupados por la presencia humana mientras caminamos entre ellos dentro de su territorio. Algunos juguetean entre sí, parecen cortejarse; otros se refugian en sus nidos y cuidan celosamente de sus crías y huevos del acecho de las temibles skúas, atentas a cualquier descuido. Y otros tantos caminan con su modo tan particular y simpático, bamboleándose a un lado y otro.
Los guías comienzan a llamar: es hora de volver a la embarcación, Punta Arenas está cerca y hay horario marcado para llegar. Desde el barco avistamos los coloridos techos de la ciudad continental más austral del globo. La travesía por los intrincados canales patagónicos y sus paisajes de ensueño llega a su fin, dejando atrás la senda marítima que hace 150 años sirvió de inspiración a Darwin para una de las teorías científicas más revolucionarias de la historia
Guido Piotrkowski
Pagina 12, 17 de octubre de 2010
Crónica de un viaje por las gélidas aguas del fin del mundo, siguiendo las huellas del naturalista inglés Charles Darwin. Desde Ushuaia hacia la Patagonia chilena a bordo de un crucero de expedición que atraviesa el canal de Beagle, el estrecho de Magallanes y el mítico cabo de Hornos, entre glaciares y fiordos.
En bahía Wulaia existió uno de los más grandes asentamientos de pueblos originarios.
Ushuaia luce espléndida desde la cubierta, aun con el manto de niebla que cubre la ciudad. La brisa del fin del mundo acompaña el vuelo de las gaviotas que revolotean alrededor de la embarcación, hasta que el estruendo del claxon rompe el silencio reinante y anuncia la partida. Nos internamos en el canal de Beagle, rumbo sur, hacia el mítico cabo de Hornos.
Es hora de las presentaciones de rigor: el capitán y la tripulación del Vía Australis –uno de los cruceros de expedición que realiza la travesía desde Ushuaia a Punta Arenas, en Chile– nos dan la bienvenida a bordo. Son alrededor de las nueve y media de la noche ¿o de la tarde? y por las ventanillas del salón comedor entra una luz que desorienta. Es que por estas latitudes el atardecer se hace rogar. En la hoja de ruta está marcada la hora exacta de la puesta del sol para las 21.55, y del amanecer para las 04.53.
La noche es movidita, y durante ese breve lapso de oscuridad despertamos de un sobresalto: la embarcación se sacude violentamente. Entramos en mar abierto camino al primer destino en este itinerario de tres noches. El cabo de Hornos es el punto más austral del mundo antes de la Antártida, y le ha quitado el sueño a más de un explorador, comenzando por Charles Darwin, el naturalista inglés que hace 150 años cambió el rumbo de la ciencia con sus ideas acerca de la evolución de las especies.
Darwin recorrió estos pagos australes entre 1833 y 1834, a bordo de la fragata HMS Beagle, capitaneada por el experto Robert Fitz Roy, y es aquí donde comenzó a desarrollar sus revolucionarias teorías mediante la observación de especies para él exóticas de la Patagonia. Hoy en día, el mismo derrotero del naturalista y otros intrépidos exploradores y corsarios de antaño se puede realizar a bordo de navíos seguros y confortables, a años luz de los que navegaron Fernando de Magallanes, William Drake o el propio Darwin, quienes arriesgaban todo contra viento y marea en aquellos viajes por la geografía indómita de una Patagonia virgen.
En el fiordo Alacalufe, se abordan los zodiacs para llegar al pie del glaciar Nena.
EL CABO MAS TEMIDO “Su atención por favor, estimados pasajeros: nos estamos aproximando al cabo de Hornos. Si las condiciones climáticas lo permiten, el desembarco será a las siete. El desayuno para madrugadores está servido en el salón Yámana”, anuncia la voz de una tripulante por los altoparlantes.
Son las seis, hay que levantarse, vestirse con un montón de ropa abrigadísima, sumarle el chaleco salvavidas, y aguardar hasta que el capitán decida si es posible o no desembarcar en el cabo. Darwin lo intentó y no pudo; el clima le jugó una mala pasada y su sueño de poner un pie allí quedó trunco. Así plasmó su profundo desencanto en el diario de viaje: “Parece que el cabo de Hornos exige que le paguemos tributo, y antes de cerrar la noche nos envía una espantosa tempestad” y al aproximarnos de nuevo a tierra al día siguiente, percibimos este famoso promontorio, envuelto en brumas y rodeado de un verdadero huracán de viento y agua. Inmensas nubes oscurecen el cielo, las sacudidas del viento y granizo nos asedian con tan ruda violencia que el capitán decide guarecerse en el abra Wigwam, un excelente puertecillo situado a poca distancia, y allí echamos el ancla precisamente el día de Nochebuena”.
En la cubierta, el viento helado contribuye al difícil despertar. Está nublado, y los guías de expedición se alejan en los botes zodiac hacia la escarpada costa para determinar si pisaremos la leyenda o no. Vuelven con buenas noticias: vamos a desembarcar.
Bajar no es nada fácil; el agua está a cuatro grados y caerse no es recomendable. El hombre que hace las veces de barman a bordo aguarda enfundado en un traje de neoprene y sumergido hasta el cuello para sostener los botes. El oleaje es fuerte y el descenso requiere una técnica repetida una y otra vez por los guías, que ayudan a sostener a cada pasajero.
Luego hay que subir una escalera de 160 peldaños que parece sin fin. Pero qué importa, ya estamos en cabo firme. Este lugar fue descubierto en 1616 por una expedición holandesa organizada por Isaac Le Maire, y declarado Reserva de la Biosfera por la Unesco en junio de 2005. Es un punto estratégico donde las aguas del Atlántico y el Pacífico se chocan y se funden, formando enormes olas que en tiempos remotos hicieron naufragar, sin dejar rastro alguno, a varios navegantes que se aventuraban en estos mares.
El viento sacude con violencia y se hace extremadamente difícil andar. Comienza a granizar y hay que caminar de espaldas para que las piedras no lastimen el rostro. Recorremos una larga pasarela de madera rumbo al monumento al cabo de Hornos, la escultura de hierro de un albatros –ave insignia de los hombres de mar– inaugurada en el año 1992 por iniciativa de la sección chilena de la cofradía de los “Cap Horniers” (la asociación que reúne a los capitanes que al mando de un barco hayan cruzado el meridiano del cabo de Hornos). Las ráfagas, de más de 30 nudos (70 kilómetros por hora), apenas permiten sacar las cámaras y arriesgar una instantánea bajo la célebre obra de arte.
En punta Espolón, al otro lado de la isla, se encuentra el faro más austral del planeta. Allí, en medio de la desolación reinante, vive una familia chilena –con televisión e Internet satelital– que tiene a su cargo tareas de control de tráfico, una oficina postal y la venta de souvenirs.
El crucero Vía Australis navega por las heladas aguas del extremo sur.
EL NATURALISTA Y LOS ABORIGENES Por la tarde, luego de una interesante charla acerca de Darwin en Patagonia, en la que el guía Rodrigo Fuentes repasa exhaustivamente la actividad del científico en el mismo sitio donde navegamos, desembarcamos en bahía Wulaia. Es un hermoso sitio, rodeado de leyendas sobre el que fue uno de los más grandes asentamientos de pueblos originarios de la región, el mismo en donde el naturalista inglés tuvo contacto con los yámanas por primera vez. Nómades y canoeros, las tribus subsistían gracias a la pesca y la caza de lobos marinos, mientras sus mujeres se arrojaban a las gélidas aguas completamente desnudas a bucear en busca de moluscos. Se embadurnaban el cuerpo con grasa y aceite de lobo o ballenas para protegerse del frío, aunque también se cubrían con pieles de animales.
Durante su viaje anterior, Fitz Roy había llevado cuatro nativos a Inglaterra en un intento por “civilizarlos”. Les dieron los nombres de York Minster, Fuegia Basket, Jemmy Button y Boat Memory. El “objetivo”, en parte, fue logrado mientras vivieron en suelo inglés. Aprendieron el idioma, fueron evangelizados, se vistieron a la usanza local y llegaron a tomar el té con los reyes. Pero de vuelta en Tierra del Fuego recuperaron sus viejas costumbres, como la de andar desnudos, y desaparecieron entre los suyos sin dejar rastro alguno.
La primera impresión que tuvo Darwin al observarlos de regreso en su hábitat fue de espanto, al punto que les dedicó una brutal descripción en su bitácora: “En verdad que nunca había visto criaturas más abyectas y miserables. En la costa oriental llevan capas de guanaco, y en la occidental se cubren con pieles de foca... Estos desgraciados salvajes tienen el cuerpo achaparrado, el rostro deforme, cubierto de pintura blanca, la piel sucia y grasienta, los cabellos enmarañados, la voz discordante y los gestos violentos. Cuando se los ve cuesta trabajo creer que son seres humanos, habitantes del mismo mundo que nosotros”. Tiempo después, sin embargo, el científico se retractaría.
El clima cambia repentinamente por estas latitudes, y la tarde se presenta un tanto más soleada y agradable que la hostil mañana. El desembarco en la bahía es más simple que en el cabo. Una vieja casona, que fue el hogar de una familia granjera hasta principios de siglo XX, es hoy un centro de interpretación.
Hay dos alternativas para recorrer este paraje donde reina el bosque magallánico, poblado de lengas, coihues, canelos y helechos, y sobrevolado por una gran cantidad de albatros, cormoranes y gaviotas: aventurarse en un trekking hasta lo más alto, donde se obtiene una hermosa panorámica y se puede llegar a observar una pareja de castores en su castorera, o disfrutar de una caminata más suave por la costa. Como broche final de la visita, un whisky con verdadero hielo glaciar bajo un bondadoso sol austral.
El monumento al cabo de Hornos, donde las aguas del Atlántico y el Pacífico se chocan.
RUMBO A LOS GLACIARES Navegando nuevamente por el estrecho canal de Beagle, donde el oleaje es mucho menor, la segunda noche se presenta más serena y el sueño más fácil de conciliar. No es necesario madrugar, ya que solo desembarcaremos por la tarde, pero la actividad a bordo no cesa: una charla sobre el estrecho de Magallanes, una clase de nudos marineros y una introducción al vino chileno por parte del maître amenizan la mañana.
Pasado el mediodía, el Vía Australis se interna en el Seno Chico, que lleva hacia el punto de un nuevo desembarco, la entrada del fiordo Alacalufe. Abordamos los zodiacs para llegar al pie de los imponentes glaciares Piloto y Nena. El agua está llena de bloques de hielo a la deriva y Rodrigo, el guía, se esfuerza en recogerlos para abastecer el bar.
A medida que nos adentramos en el fiordo, varios cormoranes que anidan en sus paredones de piedra revolotean alrededor. Llevan comida para sus pichones, que están aprendiendo a volar. Los botes se estacionan a pocos metros de los imponentes y milenarios glaciares, probablemente destinados a desaparecer a causa del calentamiento global, aunque algunos científicos sostienen que su lenta extinción es parte de un ciclo natural.
Cada tanto suceden pequeños desprendimientos. Los guías piden calma para poder escuchar, justamente, los sonidos del silencio, tan abrumador como la impresión que causa estar en este rincón de fría belleza. Un rato después, volvemos a bordo. Por la noche somos agasajados con una suculenta cena de despedida, con centolla, congrio y otras delicias marinas. Más tarde habrá un brindis y el tradicional remate de la carta de navegación original.
La isla Magdalena, hogar de una colonia de unos 85.000 pingüinos de Magallanes.
LA ISLA DE LOS PINGÜINOS El Vía Australis surca el estrecho de Magallanes rumbo a Punta Arenas, destino final de esta travesía. Según indica el itinerario, el sol despuntará en el horizonte a las 4.53. Este cronista se ve en la obligación de presenciar al menos un amanecer en el fin del mundo y está de pie en la cubierta a las 4.30 de la mañana, tiritando de frío. El esfuerzo vale la pena, un sol amarillo furioso surge en el horizonte austral.
A las 6.00, la voz del oficial de turno invita gentilmente a un café y a asistir a las instrucciones pertinentes para el descenso. El último sitio por visitar es la isla Magdalena, hogar de una colonia de unos 85.000 pingüinos de Magallanes, además de gran cantidad de cormoranes, caiquenes, skúas, gaviotas, carancas, palomas antárticas y bandurrias.
La isla está protegida por la Corporación Nacional Forestal, encargada de velar por la vida animal y silvestre en territorio chileno. El cielo está limpio, de un celeste intenso, y desde el crucero se divisa el faro rojo y blanco donde funciona un centro de interpretación ambiental, rodeado de miles de pingüinos que se ven como pequeños puntitos negros.
Otra vez abordar los zodiacs, vientito en la cara, el agua helada que salpica cada tanto. En un breve lapso estamos con los pies en tierra firme, cara a cara con estas entrañables aves que visten de frac. Nos explican que pueden estresarse si hay demasiada cercanía, pero no parecen muy preocupados por la presencia humana mientras caminamos entre ellos dentro de su territorio. Algunos juguetean entre sí, parecen cortejarse; otros se refugian en sus nidos y cuidan celosamente de sus crías y huevos del acecho de las temibles skúas, atentas a cualquier descuido. Y otros tantos caminan con su modo tan particular y simpático, bamboleándose a un lado y otro.
Los guías comienzan a llamar: es hora de volver a la embarcación, Punta Arenas está cerca y hay horario marcado para llegar. Desde el barco avistamos los coloridos techos de la ciudad continental más austral del globo. La travesía por los intrincados canales patagónicos y sus paisajes de ensueño llega a su fin, dejando atrás la senda marítima que hace 150 años sirvió de inspiración a Darwin para una de las teorías científicas más revolucionarias de la historia
Guido Piotrkowski
Pagina 12, 17 de octubre de 2010
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Provincia de Tierra del Fuego
martes 2 de noviembre de 2010
Nuevos Hoteles de la Cadena Alvear
El Alvear se convertirá en cadena
Abrirá un hotel en el centro, inspirado en el arte, y otro en Puerto Madero, con lujosas residencias privadas
Nave insignia del turismo de lujo y tradicional punto de encuentro para la alta sociedad, el Alvear Palace Hotel expandirá por primera vez sus dominios más allá de su área de influencia, Recoleta. Y lo hará transformándose en cadena hotelera, con sendas inversiones que superan los US$ 100 millones en el centro porteño y en Puerto Madero.
Respaldado por una marca de gravitación en el consumo de alta gama, el Grupo Alvear (GA), de la familia Sutton, inaugurará a fines de 2011, en el corazón del circuito del arte, en Suipacha 1036, la primera de sus "filiales", el Alvear Art Hotel: un edificio de impronta contemporánea de 18.000 m2 y 15 pisos, que sumará 141 habitaciones premium , spa, pileta climatizada y un neurálgico restó.
El nuevo portento, dominado por un diseño suntuoso, pero despojado, con predominio de mármol en contraste con maderas satinadas en tonos plata, se orienta al segmento corporativo con sensibilidad por el arte y el diseño. Su tarifa será entre un 10 y un 20% más económica que la del Alvear Palace, que va desde US$ 400 a 8000, para la Suite Royale.
A la inversión edilicia de US$ 30 millones, que comenzó en el marco recesivo de mediados de 2009 y ahora, con la fachada terminada, avanza con los interiores, se le sumarán las obras de arte que desde hace un año elige personalmente en remates el patriarca del grupo, David Sutton.
Sin definiciones aún sobre la personalidad artística del hotel, dos visiones, empero, pugnan por imponerse: una vanguardista y otra más clásica y sosegada, que incluye un recorrido histórico por el arte argentino. Hay consenso, no obstante, en que el arte se integrará naturalmente al hotel, con el protagonismo excluyente de la producción nacional, en interiores diseñados por Francisco López Bustos.
"En la ciudad, hay una demanda adicional de alta hotelería. El turismo es un mercado creciente en el mundo y en el país. Y la Argentina suma una oferta variada de destinos, con el atractivo de que a los extranjeros les encanta pasar por Buenos Aires", explica Andrés Kalwill, director de Nuevos Desarrollos de G.A.
Kalwill asume que la apuesta a gran escala está aunada a una visión de largo plazo, una amortización para nunca antes de los siete años, y la amenaza recurrente de que alguna crisis aceche. Pura historia argentina, dice. "Pero la experiencia muestra que la rentabilidad hotelera de lujo se cifra en la escala de los emprendimientos", justifica.
El grupo ostenta una trayectoria de peso en el rubro inmobiliario: reformuló las Galerías Pacífico, construyó el Village Caballito y edificó numerosas viviendas en el país y en Punta del Este.
Como gerenciador hotelero, además de compartir con IRSA el management del Llao Llao, desde 1985 fue comprando uno a uno los inmuebles de un conglomerado de propiedad horizontal por entonces en quiebra, hasta conformar el actual Hotel Alvear. El proyecto incluyó el reciclado de los interiores Luis XV de ese edificio de 1932 de 30.000 m2 y 197 habitaciones que, entonces, debían transitarse con paraguas por su avanzado deterioro. Hoy, todavía 15 propietarios particulares hacen uso de sus suites y departamentos privados.
Pero la marca Alvear redoblará su apuesta con una segunda "sucursal", el Alvear Hotel & Residences, una inversión de US$ 75 millones, en un predio de 3300 m2 en el Dique 2 de Puerto Madero, a pasos de las torres El Faro, sobre la calle Aimé Paine.
Será un edificio "moderno, pero atemporal", de 33 pisos, con dos gramáticas edilicias diferenciadas: hasta el piso 19, con fachada de concreto, se desarrollará el hotel de 146 habitaciones y servicios cinco estrellas. Los pisos 20 y 21 contendrán el spa de uso común y un centro para eventos con capacidad para 1200 personas. En los pisos subsiguientes, con tipología de curtain wall vidriada, se sucederán las 49 residencias de 55 a 140 m2.
"La idea surgió de una frase recurrente entre nuestros huéspedes: «¡Cómo me gustaría vivir en el Alvear!», recuerda Kalwill. "Y la respuesta fue inmediata. Vendimos el 70% de las residencias en forma privada a inversores y referidos, a más de US$ 6000 por metro cuadrado."
El Alvear no es el primero en amalgamar hotelería y residencias. Lo hizo antes Alan Faena con su hotel en Puerto Madero; el Sofitel de Cardales, con casas particulares dentro de su sosiego bucólico, y ahora el Intercontinental, en Nordelta.
En lo que sí promete llegar en pole position es con su propuesta gastronómica y bar en altura, reservados a los pisos 31 y 32, con ascensor directo desde la PB: en voz baja, el único chef que suma 15 estrellas Michelin entre los 20 restaurantes que regentea, el francés Alain Ducasse, estudia la propuesta porteña. Habrá que esperar a 2013, cuando se inaugure la torre, para degustar los mismos platos que hoy se sirven en los hoteles parisinos Plaza Athénee y Louis XV y hasta en el popular restó Jules Verne, en el segundo piso de la Torre Eiffel.
Loreley Gaffoglio
La Nacion, 13 de octubre de 2010
Abrirá un hotel en el centro, inspirado en el arte, y otro en Puerto Madero, con lujosas residencias privadas
Nave insignia del turismo de lujo y tradicional punto de encuentro para la alta sociedad, el Alvear Palace Hotel expandirá por primera vez sus dominios más allá de su área de influencia, Recoleta. Y lo hará transformándose en cadena hotelera, con sendas inversiones que superan los US$ 100 millones en el centro porteño y en Puerto Madero.
Respaldado por una marca de gravitación en el consumo de alta gama, el Grupo Alvear (GA), de la familia Sutton, inaugurará a fines de 2011, en el corazón del circuito del arte, en Suipacha 1036, la primera de sus "filiales", el Alvear Art Hotel: un edificio de impronta contemporánea de 18.000 m2 y 15 pisos, que sumará 141 habitaciones premium , spa, pileta climatizada y un neurálgico restó.
El nuevo portento, dominado por un diseño suntuoso, pero despojado, con predominio de mármol en contraste con maderas satinadas en tonos plata, se orienta al segmento corporativo con sensibilidad por el arte y el diseño. Su tarifa será entre un 10 y un 20% más económica que la del Alvear Palace, que va desde US$ 400 a 8000, para la Suite Royale.
A la inversión edilicia de US$ 30 millones, que comenzó en el marco recesivo de mediados de 2009 y ahora, con la fachada terminada, avanza con los interiores, se le sumarán las obras de arte que desde hace un año elige personalmente en remates el patriarca del grupo, David Sutton.
Sin definiciones aún sobre la personalidad artística del hotel, dos visiones, empero, pugnan por imponerse: una vanguardista y otra más clásica y sosegada, que incluye un recorrido histórico por el arte argentino. Hay consenso, no obstante, en que el arte se integrará naturalmente al hotel, con el protagonismo excluyente de la producción nacional, en interiores diseñados por Francisco López Bustos.
"En la ciudad, hay una demanda adicional de alta hotelería. El turismo es un mercado creciente en el mundo y en el país. Y la Argentina suma una oferta variada de destinos, con el atractivo de que a los extranjeros les encanta pasar por Buenos Aires", explica Andrés Kalwill, director de Nuevos Desarrollos de G.A.
Kalwill asume que la apuesta a gran escala está aunada a una visión de largo plazo, una amortización para nunca antes de los siete años, y la amenaza recurrente de que alguna crisis aceche. Pura historia argentina, dice. "Pero la experiencia muestra que la rentabilidad hotelera de lujo se cifra en la escala de los emprendimientos", justifica.
El grupo ostenta una trayectoria de peso en el rubro inmobiliario: reformuló las Galerías Pacífico, construyó el Village Caballito y edificó numerosas viviendas en el país y en Punta del Este.
Como gerenciador hotelero, además de compartir con IRSA el management del Llao Llao, desde 1985 fue comprando uno a uno los inmuebles de un conglomerado de propiedad horizontal por entonces en quiebra, hasta conformar el actual Hotel Alvear. El proyecto incluyó el reciclado de los interiores Luis XV de ese edificio de 1932 de 30.000 m2 y 197 habitaciones que, entonces, debían transitarse con paraguas por su avanzado deterioro. Hoy, todavía 15 propietarios particulares hacen uso de sus suites y departamentos privados.
Pero la marca Alvear redoblará su apuesta con una segunda "sucursal", el Alvear Hotel & Residences, una inversión de US$ 75 millones, en un predio de 3300 m2 en el Dique 2 de Puerto Madero, a pasos de las torres El Faro, sobre la calle Aimé Paine.
Será un edificio "moderno, pero atemporal", de 33 pisos, con dos gramáticas edilicias diferenciadas: hasta el piso 19, con fachada de concreto, se desarrollará el hotel de 146 habitaciones y servicios cinco estrellas. Los pisos 20 y 21 contendrán el spa de uso común y un centro para eventos con capacidad para 1200 personas. En los pisos subsiguientes, con tipología de curtain wall vidriada, se sucederán las 49 residencias de 55 a 140 m2.
"La idea surgió de una frase recurrente entre nuestros huéspedes: «¡Cómo me gustaría vivir en el Alvear!», recuerda Kalwill. "Y la respuesta fue inmediata. Vendimos el 70% de las residencias en forma privada a inversores y referidos, a más de US$ 6000 por metro cuadrado."
El Alvear no es el primero en amalgamar hotelería y residencias. Lo hizo antes Alan Faena con su hotel en Puerto Madero; el Sofitel de Cardales, con casas particulares dentro de su sosiego bucólico, y ahora el Intercontinental, en Nordelta.
En lo que sí promete llegar en pole position es con su propuesta gastronómica y bar en altura, reservados a los pisos 31 y 32, con ascensor directo desde la PB: en voz baja, el único chef que suma 15 estrellas Michelin entre los 20 restaurantes que regentea, el francés Alain Ducasse, estudia la propuesta porteña. Habrá que esperar a 2013, cuando se inaugure la torre, para degustar los mismos platos que hoy se sirven en los hoteles parisinos Plaza Athénee y Louis XV y hasta en el popular restó Jules Verne, en el segundo piso de la Torre Eiffel.
Loreley Gaffoglio
La Nacion, 13 de octubre de 2010
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Barrio de Puerto Madero,
Barrio de Recoleta,
Barrio de Retiro,
Hoteleria
Hotel Alvear: Roof Garden
Comenzó el desmantelamiento del Roof Garden, un ícono porteño
Con pesar y hasta con melancolía, comenzó en agosto pasado en la más estricta de las reservas el desmantelamiento del Roof Garden del Alvear, la sucesión de célebres salones, dispuestos como un jardín de invierno, en el undécimo piso del hotel.
Ese recinto, testigo del devenir social porteño más glamoroso, mutará en una gran terraza con pileta semicubierta y en bar temático, sumándole al hotel un espacio abierto del que carecía y que demandaba su clientela.
En el piso inferior, el 10°, se sucederán 20 lujosas suites, que demandarán dos años de obras y US$ 4 millones de inversión.
Icono arquitectónico y refugio recurrente para las castas con linaje, no hubo gala, cena filantrópica o acontecimiento social de relevancia que no se hubiera festejado allí alguna vez.
El Roof Garden fue sin dudas el salón más convocante del Alvear y uno de los más requeridos de la ciudad. Pero también fue una caja de resonancia que inexorablemente perturbaba el descanso de los huéspedes. ¿La razón? La estructura de hierro que sostiene al hotel amplificaba la transmisión acústica. Por eso, durante años, cuando las celebraciones copaban el recinto, se bloqueaban las reservas de las habitaciones para los pisos de abajo.
Sucedió cuando Susana Giménez celebró su casamiento, por ejemplo.
El proyecto de desmantelamiento no era algo nuevo. Desde hacía tiempo, se barajaba esa opción, pero el valor patrimonial y simbólico de ese recinto casi mágico postergaba su erradicación.
La Nacion, 13 de octubre de 2010
Con pesar y hasta con melancolía, comenzó en agosto pasado en la más estricta de las reservas el desmantelamiento del Roof Garden del Alvear, la sucesión de célebres salones, dispuestos como un jardín de invierno, en el undécimo piso del hotel.
Ese recinto, testigo del devenir social porteño más glamoroso, mutará en una gran terraza con pileta semicubierta y en bar temático, sumándole al hotel un espacio abierto del que carecía y que demandaba su clientela.
En el piso inferior, el 10°, se sucederán 20 lujosas suites, que demandarán dos años de obras y US$ 4 millones de inversión.
Icono arquitectónico y refugio recurrente para las castas con linaje, no hubo gala, cena filantrópica o acontecimiento social de relevancia que no se hubiera festejado allí alguna vez.
El Roof Garden fue sin dudas el salón más convocante del Alvear y uno de los más requeridos de la ciudad. Pero también fue una caja de resonancia que inexorablemente perturbaba el descanso de los huéspedes. ¿La razón? La estructura de hierro que sostiene al hotel amplificaba la transmisión acústica. Por eso, durante años, cuando las celebraciones copaban el recinto, se bloqueaban las reservas de las habitaciones para los pisos de abajo.
Sucedió cuando Susana Giménez celebró su casamiento, por ejemplo.
El proyecto de desmantelamiento no era algo nuevo. Desde hacía tiempo, se barajaba esa opción, pero el valor patrimonial y simbólico de ese recinto casi mágico postergaba su erradicación.
La Nacion, 13 de octubre de 2010
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Barrio de Recoleta,
Hoteleria
Lavalle: Cines
La calle de los cines se queda sin luces
Con el cierre del Atlas y el Normandie, sólo quedan dos salas en la peatonal, de las 15 que tuvo en su época de oro
Hace dos meses, llamó la atención el cierre del cine Suipacha, en la última década y media conocido como complejo Tita Merello. Sin embargo, el hecho sólo generó la reacción de un grupo cinéfilo que se ocupó del tema en Facebook y una presentación en la Legislatura porteña respaldada por Miguel Angel Onaindia. Nadie, desde entonces, parece haberse tomado en serio el tema de rescatarlo, ni siquiera aprovechando el reciclaje peatonal de la calle en la que se levanta. Pero la noticia no termina aquí: a pocos metros de allí sorprenden ahora los carteles escritos a mano que anuncian el cierre, en simultáneo, de otras dos salas de gran envergadura, el Atlas y el Normandie, las únicas sobrevivientes en la vereda impar de la peatonal, hecho que tuvo lugar entre gallos y medianoche, en los últimos días de septiembre.
Sorprende, sí, pero no tanto: en los últimos años, el tramo de Lavalle que va de Florida a Carlos Pellegrini no sólo profundizó la decadencia de su paisaje, sino que se convirtió en un camino lapidado: en esos cuatrocientos metros abundan, en el suelo, grandes placas negras que recuerdan en bajorrelieve (con algunos errores y omisiones) la ubicación original de las salas cinematográficas que la convirtieron en "la calle de los cines". Al tiempo que esto ocurre, en otras zonas de la ciudad se multiplican exponencialmente las salas 3D (el único complejo que aún sobrevive en la peatonal, el Monumental, tiene una).
El Atlas, diseñado por el recordado arquitecto tucumano Alberto Prebisch junto con José Luis Cuesta, en 1966, con su fachada de cemento, aluminio anodizado y cristal, fue construido en el predio que anteriormente ocupó el Metropol. Puede albergar a 1900 personas y cuenta con una pantalla curva de 23,15 metros de ancho por 10,20 de alto, la más grande del país durante casi cuatro décadas (hasta la aparición del Imax, con una de 22 por 16, en el complejo Norcenter). En la parte inferior de su gran hall, alberga un bar y un microcine, y, en los pisos superiores, las oficinas de la Sociedad Anónima Cinematográfica, la empresa que guía su destino. Allí se estrenaron grandes películas extranjeras, desde Cómo robar un millón de dólares (en su inauguración en 1967) hasta nacionales, como El santo de la espada ( 1969).
En los últimos tiempos, se lo acopló al Normandie, conformando un complejo de ocho salas para cerca de 3000 espectadores. Es importante recordar que en 1936 Prebisch fue el autor del Obelisco, y un año más tarde, del cine-teatro Gran Rex, también sobre la calle Corrientes, de estilo racionalista (otra sala perdida para el cine).
Sobreviven en la peatonal céntrica (que llegó a tener 15 cines, cantidad parecida a la que ostentaba la calle Corrientes), dos multipantallas identificados con la marca Monumental, uno el original con estilo Art Déco y el otro ubicado a 50 metros, originalmente llamado Electric.
Si bien la S.A.C. dejó de operar las dos salas, trascendió que su política es dejar la puerta abierta para alguna otra empresa que quiera gerenciarlas, como ha ocurrido con otros cines que fueran suyos.
En las últimas tres décadas, la calle Lavalle fue testigo del cierre definitivo de los otras once salas, de las cuales sólo una, la del Iguazú, por reciclarse como templo evangélico, conserva su fachada e interior tal como fue concebida. Casi un milagro.
Claudio D. Minghetti
La Nacion, 13 de octubre de 2010
Con el cierre del Atlas y el Normandie, sólo quedan dos salas en la peatonal, de las 15 que tuvo en su época de oro
Hace dos meses, llamó la atención el cierre del cine Suipacha, en la última década y media conocido como complejo Tita Merello. Sin embargo, el hecho sólo generó la reacción de un grupo cinéfilo que se ocupó del tema en Facebook y una presentación en la Legislatura porteña respaldada por Miguel Angel Onaindia. Nadie, desde entonces, parece haberse tomado en serio el tema de rescatarlo, ni siquiera aprovechando el reciclaje peatonal de la calle en la que se levanta. Pero la noticia no termina aquí: a pocos metros de allí sorprenden ahora los carteles escritos a mano que anuncian el cierre, en simultáneo, de otras dos salas de gran envergadura, el Atlas y el Normandie, las únicas sobrevivientes en la vereda impar de la peatonal, hecho que tuvo lugar entre gallos y medianoche, en los últimos días de septiembre.
Sorprende, sí, pero no tanto: en los últimos años, el tramo de Lavalle que va de Florida a Carlos Pellegrini no sólo profundizó la decadencia de su paisaje, sino que se convirtió en un camino lapidado: en esos cuatrocientos metros abundan, en el suelo, grandes placas negras que recuerdan en bajorrelieve (con algunos errores y omisiones) la ubicación original de las salas cinematográficas que la convirtieron en "la calle de los cines". Al tiempo que esto ocurre, en otras zonas de la ciudad se multiplican exponencialmente las salas 3D (el único complejo que aún sobrevive en la peatonal, el Monumental, tiene una).
El Atlas, diseñado por el recordado arquitecto tucumano Alberto Prebisch junto con José Luis Cuesta, en 1966, con su fachada de cemento, aluminio anodizado y cristal, fue construido en el predio que anteriormente ocupó el Metropol. Puede albergar a 1900 personas y cuenta con una pantalla curva de 23,15 metros de ancho por 10,20 de alto, la más grande del país durante casi cuatro décadas (hasta la aparición del Imax, con una de 22 por 16, en el complejo Norcenter). En la parte inferior de su gran hall, alberga un bar y un microcine, y, en los pisos superiores, las oficinas de la Sociedad Anónima Cinematográfica, la empresa que guía su destino. Allí se estrenaron grandes películas extranjeras, desde Cómo robar un millón de dólares (en su inauguración en 1967) hasta nacionales, como El santo de la espada ( 1969).
En los últimos tiempos, se lo acopló al Normandie, conformando un complejo de ocho salas para cerca de 3000 espectadores. Es importante recordar que en 1936 Prebisch fue el autor del Obelisco, y un año más tarde, del cine-teatro Gran Rex, también sobre la calle Corrientes, de estilo racionalista (otra sala perdida para el cine).
Sobreviven en la peatonal céntrica (que llegó a tener 15 cines, cantidad parecida a la que ostentaba la calle Corrientes), dos multipantallas identificados con la marca Monumental, uno el original con estilo Art Déco y el otro ubicado a 50 metros, originalmente llamado Electric.
Si bien la S.A.C. dejó de operar las dos salas, trascendió que su política es dejar la puerta abierta para alguna otra empresa que quiera gerenciarlas, como ha ocurrido con otros cines que fueran suyos.
En las últimas tres décadas, la calle Lavalle fue testigo del cierre definitivo de los otras once salas, de las cuales sólo una, la del Iguazú, por reciclarse como templo evangélico, conserva su fachada e interior tal como fue concebida. Casi un milagro.
Claudio D. Minghetti
La Nacion, 13 de octubre de 2010
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Barrio de San Nicolas,
Cultura,
Deportes y Recreacion
Confiteria El Molino
Soplan buenos vientos para el Molino
Un dictamen que unifica proyectos de varios diputados fue aprobado por unanimidad en la Comisión de Cultura. La iniciativa prevé concesionar la planta baja, el primer piso y los subsuelos.
La Confitería del Molino, cerrada desde 1997.
La tradicional Confitería del Molino podría abrir nuevamente sus puertas y recuperar su esplendor original. Ayer, la Comisión de Cultura de la Cámara de Diputados dio el primer paso en ese sentido al aprobar en forma unánime un proyecto destinado a expropiar el edificio ubicado en la esquina de Callao y Rivadavia, donde funcionó la confitería porteña hasta 1997. Ahora deberá tratarse en la Comisión de Presupuesto y Hacienda para llegar a debatirse en el recinto. Con luz verde, la iniciativa podría culminar con la recuperación del lugar y detener el deterioro que sufre desde que apagó sus luces hace más de una década.
Desde su cierre, se presentaron varios proyectos de ley que intentaron poner en valor el edificio, ubicado frente al Congreso, y cuyo conjunto arquitectónico fue declarado Monumento Histórico Nacional. Sin embargo, algunos quedaron en comisiones y otros perdieron estado parlamentario. Ninguno de ellos logró discutirse en el recinto. En esta oportunidad, la iniciativa que tuvo dictamen favorable es el resultado de la unificación de varias propuestas. El despacho contó con las firmas de 19 legisladores que integran la comisión, entre ellos, Juan Carlos Vega, Cecilia Merchán y Fernanda Gil Lozano.
“El dictamen no sólo avanza en la expropiación sino que, al mismo tiempo, garantiza la puesta en valor de esta confitería que ha sabido ser un símbolo de vida cultural y política de Buenos Aires”, manifestó el diputado Roy Cortina, presidente de la Comisión de Cultura y autor junto a Ricardo Alfonsín de uno de los proyectos presentados. Cortina adelantó que la iniciativa podría “tratarse antes de fin de año en la Comisión de Presupuesto y el año que viene discutirse en el recinto”.
El proyecto aprobado se basó, además, en otras tres propuestas: de los diputados Héctor Piemonte, Fernando Iglesias, Elisa Carrió y Gil Lozano; de Jorge Coscia (mandato cumplido), de Margarita Ferra de Bartol y Juan Carlos Gioja. El presidente de la comisión subrayó en diálogo con Página/12 el “trabajo de consenso” para lograr el dictamen. “Tiene origen en muchos bloques, está descontaminado de la disputa de oficialismo y oposición”, manifestó.
La iniciativa declara de “utilidad pública y sujeto de expropiación” el edificio Del Molino, la confitería por la que pasaron personalidades relevantes de la política, como Alfredo Palacios y Lisandro de la Torre y de la cultura como Carlos Gardel y Oliverio Girondo. Incluso, allí la cantante pop estadounidense Madonna participó en 1996 de la grabación del video de la canción “Love don’t live here anymore”.
El proyecto también establece que el Poder Ejecutivo deberá “concesionar los tres subsuelos, la planta baja y el primer piso del inmueble expropiado, para uso exclusivo como confitería, restaurante, elaboración de productos de panadería, pastelería y helado, salón de fiestas y usos complementarios” permitidos por la normativa vigente.
En ese proceso, se deberá garantizar la “conservación integral” de las características de estilo, ornamentos y decoración originales de la confitería, inaugurada en 1917 por Cayetano Brenna, un prestigioso pastelero italiano.
Los pisos segundo, tercero, cuarto y quinto del edificio, que constituyen un ejemplo de la arquitectura del estilo art nouveau y de la vanguardia, serían destinados al Congreso para la creación de un espacio de promoción cultural, realización de actividades educativas, artísticas y de extensión legislativa.
El proyecto prevé además la creación de una comisión bicameral especial para el seguimiento y control de los trabajos de restauración y de la puesta en valor del inmueble expropiado, de la planificación y la ejecución de las actividades culturales a desarrollarse.
La confitería construida por Francisco Terencio Gianotti –constructor además de la Galería Güemes– se convirtió en un espacio cultural, donde se podrían “desarrollar actividades de extensión legislativa, promoción del federalismo, vinculación con la ciudadanía y difusión de los valores democráticos”, precisó Cortina.
A lo largo de los años, el edificio cambió de dueños y sufrió incluso un incendio durante 1930, después del cual fue reconstruido. En la década del ’90 comenzaron a decaer sus ventas y en 1997 cerró. Ahora, la iniciativa busca recuperar un edificio de “características históricas únicas en la zona”.
Soledad Arréguez Manozzo.
Pagina 12, 14 de Octubre de 2010
Un dictamen que unifica proyectos de varios diputados fue aprobado por unanimidad en la Comisión de Cultura. La iniciativa prevé concesionar la planta baja, el primer piso y los subsuelos.
La Confitería del Molino, cerrada desde 1997.
La tradicional Confitería del Molino podría abrir nuevamente sus puertas y recuperar su esplendor original. Ayer, la Comisión de Cultura de la Cámara de Diputados dio el primer paso en ese sentido al aprobar en forma unánime un proyecto destinado a expropiar el edificio ubicado en la esquina de Callao y Rivadavia, donde funcionó la confitería porteña hasta 1997. Ahora deberá tratarse en la Comisión de Presupuesto y Hacienda para llegar a debatirse en el recinto. Con luz verde, la iniciativa podría culminar con la recuperación del lugar y detener el deterioro que sufre desde que apagó sus luces hace más de una década.
Desde su cierre, se presentaron varios proyectos de ley que intentaron poner en valor el edificio, ubicado frente al Congreso, y cuyo conjunto arquitectónico fue declarado Monumento Histórico Nacional. Sin embargo, algunos quedaron en comisiones y otros perdieron estado parlamentario. Ninguno de ellos logró discutirse en el recinto. En esta oportunidad, la iniciativa que tuvo dictamen favorable es el resultado de la unificación de varias propuestas. El despacho contó con las firmas de 19 legisladores que integran la comisión, entre ellos, Juan Carlos Vega, Cecilia Merchán y Fernanda Gil Lozano.
“El dictamen no sólo avanza en la expropiación sino que, al mismo tiempo, garantiza la puesta en valor de esta confitería que ha sabido ser un símbolo de vida cultural y política de Buenos Aires”, manifestó el diputado Roy Cortina, presidente de la Comisión de Cultura y autor junto a Ricardo Alfonsín de uno de los proyectos presentados. Cortina adelantó que la iniciativa podría “tratarse antes de fin de año en la Comisión de Presupuesto y el año que viene discutirse en el recinto”.
El proyecto aprobado se basó, además, en otras tres propuestas: de los diputados Héctor Piemonte, Fernando Iglesias, Elisa Carrió y Gil Lozano; de Jorge Coscia (mandato cumplido), de Margarita Ferra de Bartol y Juan Carlos Gioja. El presidente de la comisión subrayó en diálogo con Página/12 el “trabajo de consenso” para lograr el dictamen. “Tiene origen en muchos bloques, está descontaminado de la disputa de oficialismo y oposición”, manifestó.
La iniciativa declara de “utilidad pública y sujeto de expropiación” el edificio Del Molino, la confitería por la que pasaron personalidades relevantes de la política, como Alfredo Palacios y Lisandro de la Torre y de la cultura como Carlos Gardel y Oliverio Girondo. Incluso, allí la cantante pop estadounidense Madonna participó en 1996 de la grabación del video de la canción “Love don’t live here anymore”.
El proyecto también establece que el Poder Ejecutivo deberá “concesionar los tres subsuelos, la planta baja y el primer piso del inmueble expropiado, para uso exclusivo como confitería, restaurante, elaboración de productos de panadería, pastelería y helado, salón de fiestas y usos complementarios” permitidos por la normativa vigente.
En ese proceso, se deberá garantizar la “conservación integral” de las características de estilo, ornamentos y decoración originales de la confitería, inaugurada en 1917 por Cayetano Brenna, un prestigioso pastelero italiano.
Los pisos segundo, tercero, cuarto y quinto del edificio, que constituyen un ejemplo de la arquitectura del estilo art nouveau y de la vanguardia, serían destinados al Congreso para la creación de un espacio de promoción cultural, realización de actividades educativas, artísticas y de extensión legislativa.
El proyecto prevé además la creación de una comisión bicameral especial para el seguimiento y control de los trabajos de restauración y de la puesta en valor del inmueble expropiado, de la planificación y la ejecución de las actividades culturales a desarrollarse.
La confitería construida por Francisco Terencio Gianotti –constructor además de la Galería Güemes– se convirtió en un espacio cultural, donde se podrían “desarrollar actividades de extensión legislativa, promoción del federalismo, vinculación con la ciudadanía y difusión de los valores democráticos”, precisó Cortina.
A lo largo de los años, el edificio cambió de dueños y sufrió incluso un incendio durante 1930, después del cual fue reconstruido. En la década del ’90 comenzaron a decaer sus ventas y en 1997 cerró. Ahora, la iniciativa busca recuperar un edificio de “características históricas únicas en la zona”.
Soledad Arréguez Manozzo.
Pagina 12, 14 de Octubre de 2010
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Arquitectura de Buenos Aires,
Barrio de Balvanera
Edificio Menéndez Behety
Seis estatuas en diagonal al Obelisco
Cada día, frente a ellas, pasan miles de personas. Pero como otras muchas imágenes de la ciudad, son casi desconocidas para la gran mayoría. Es cierto que no están son tan evidentes y para verlas hay que levantar la mirada. Por eso, las seis estatuas que adornan el frente del bello Edificio Menéndez Behety, a metros de la Plaza de Mayo, merecen que hoy se ponga la lupa sobre esa obra poco resaltada entre los monumentos de gran calidad que tiene Buenos Aires.
A decir verdad, las estatuas encaramadas sobre unas columnas de 20 metros son quizá lo que más resalta en ese conjunto arquitectónico realizado en 1926 en la avenida Presidente Roque Sáenz Peña, a la que los porteños simplemente conocen como Diagonal Norte.
Para ubicarlas hay que llegar hasta el número 547 de esa diagonal y descubrir su imponencia. Vistas de frente, la primera desde la izquierda representa a Poseidón, aquel dios del Mar que los griegos evitaban hacer enojar porque decían que si golpeaba el piso con su tridente era capaz de producir terremotos.
En la otra punta, a la derecha, está la imagen de Hermes, el mensajero de los dioses, conocido como dios del Comercio, pero también de los ladrones, los tramposos y los viajeros.
Las otras cuatro estatuas son alegorías femeninas que representan a la Industria (a su lado se destaca un gran engranaje dentado), a la Agricultura (mantiene unas espigas con su brazo izquierdo), a la Ganadería (está junto a una oveja) y a la Navegación (sostiene un ancla). Pensado en 1925 por el ingeniero civil y arquitecto Arturo Prins (1877-1939), el Edificio Menéndez Behety fue realizado un año después para esa familia tan identificada con las grandes estancias de la Patagonia. En el hall de entrada de la planta baja todavía están en forma impecable las puertas de bronce y vidrio, las paredes revestidas con mármol, una gran escalera y tres ascensores de hierro y madera.
El edificio tiene dos sótanos, planta baja, entrepiso, siete pisos y una azotea que, en 1971, se convirtió en octavo piso ya que se le agregaron construcciones. Como es costumbre en muchos edificios porteños, se modificó la planta baja donde están las dependencias de un banco. En el resto de la construcción hay distintas oficinas (entre ellas la de la Estancia María Behety S.A.) y el Consulado General de Chile. En otros tiempos allí estuvo la sede de la embajada de Grecia.
Lo que se mantuvo sin modificaciones es la altura del edificio porque tiene directa relación con la continuidad edilicia que la Diagonal Norte conserva en toda su extensión, desde la Plaza de Mayo hasta la Plaza Lavalle.
Creada en los años 20 a imagen y semejanza de los grandes bulevares que impuso Georges Eugène Haussmann (1809-1891) en París, la diagonal porteña mantiene una línea de edificación establecida en sesenta y siete metros y medio, algo poco común en una ciudad donde el verbo demoler se aplica sin misericordia.
Esa línea fue clave para establecer la altura del Obelisco, que alguna vez también corrió el riesgo de ser demolido: construido en 1936, tiene sesenta y siete metros y medio para no desentonar en esa imagen de conjunto. Para el final, un párrafo sobre un mito urbano creado en torno a Arturo Prins. Entre los muchos edificios que proyectó figura el neogótico que está a metros de Las Heras y Pueyrredón, una sede la Facultad de Ingeniería. Se dijo que Prins se suicidó porque, por un error de cálculo, el edificio no pudo terminarse. En realidad fue por problemas económicos y es falso que el arquitecto se haya suicidado. Pero eso es otra historia.
Eduardo Parise
Clarin, 11 de Octubre de 2010
Cada día, frente a ellas, pasan miles de personas. Pero como otras muchas imágenes de la ciudad, son casi desconocidas para la gran mayoría. Es cierto que no están son tan evidentes y para verlas hay que levantar la mirada. Por eso, las seis estatuas que adornan el frente del bello Edificio Menéndez Behety, a metros de la Plaza de Mayo, merecen que hoy se ponga la lupa sobre esa obra poco resaltada entre los monumentos de gran calidad que tiene Buenos Aires.
A decir verdad, las estatuas encaramadas sobre unas columnas de 20 metros son quizá lo que más resalta en ese conjunto arquitectónico realizado en 1926 en la avenida Presidente Roque Sáenz Peña, a la que los porteños simplemente conocen como Diagonal Norte.
Para ubicarlas hay que llegar hasta el número 547 de esa diagonal y descubrir su imponencia. Vistas de frente, la primera desde la izquierda representa a Poseidón, aquel dios del Mar que los griegos evitaban hacer enojar porque decían que si golpeaba el piso con su tridente era capaz de producir terremotos.
En la otra punta, a la derecha, está la imagen de Hermes, el mensajero de los dioses, conocido como dios del Comercio, pero también de los ladrones, los tramposos y los viajeros.
Las otras cuatro estatuas son alegorías femeninas que representan a la Industria (a su lado se destaca un gran engranaje dentado), a la Agricultura (mantiene unas espigas con su brazo izquierdo), a la Ganadería (está junto a una oveja) y a la Navegación (sostiene un ancla). Pensado en 1925 por el ingeniero civil y arquitecto Arturo Prins (1877-1939), el Edificio Menéndez Behety fue realizado un año después para esa familia tan identificada con las grandes estancias de la Patagonia. En el hall de entrada de la planta baja todavía están en forma impecable las puertas de bronce y vidrio, las paredes revestidas con mármol, una gran escalera y tres ascensores de hierro y madera.
El edificio tiene dos sótanos, planta baja, entrepiso, siete pisos y una azotea que, en 1971, se convirtió en octavo piso ya que se le agregaron construcciones. Como es costumbre en muchos edificios porteños, se modificó la planta baja donde están las dependencias de un banco. En el resto de la construcción hay distintas oficinas (entre ellas la de la Estancia María Behety S.A.) y el Consulado General de Chile. En otros tiempos allí estuvo la sede de la embajada de Grecia.
Lo que se mantuvo sin modificaciones es la altura del edificio porque tiene directa relación con la continuidad edilicia que la Diagonal Norte conserva en toda su extensión, desde la Plaza de Mayo hasta la Plaza Lavalle.
Creada en los años 20 a imagen y semejanza de los grandes bulevares que impuso Georges Eugène Haussmann (1809-1891) en París, la diagonal porteña mantiene una línea de edificación establecida en sesenta y siete metros y medio, algo poco común en una ciudad donde el verbo demoler se aplica sin misericordia.
Esa línea fue clave para establecer la altura del Obelisco, que alguna vez también corrió el riesgo de ser demolido: construido en 1936, tiene sesenta y siete metros y medio para no desentonar en esa imagen de conjunto. Para el final, un párrafo sobre un mito urbano creado en torno a Arturo Prins. Entre los muchos edificios que proyectó figura el neogótico que está a metros de Las Heras y Pueyrredón, una sede la Facultad de Ingeniería. Se dijo que Prins se suicidó porque, por un error de cálculo, el edificio no pudo terminarse. En realidad fue por problemas económicos y es falso que el arquitecto se haya suicidado. Pero eso es otra historia.
Eduardo Parise
Clarin, 11 de Octubre de 2010
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